12 de diciembre de 2013 - 00:18

Cuentos de la selva

Como en la mayoría de sus películas, Brian de Palma expone con brutal claridad, en su notable "Pecados de Guerra", la cifrada pulsión criminal que suele esconderse detrás del mundo de la representación social y las apariencias morales.

Al soldado Eriksson (Michael Fox) -integrante del ejército norteamericano derrotado en Vietnam- las facciones del deseo perverso se le aparecen en medio de la selva, cuando el sargento Meserve (Sean Penn), ordena a su pelotón abusar de una joven vietnamita a la que poco antes secuestraron de una aldea y que, finalmente, habrán de asesinar.

En una escena anterior, Meserve ha salvado la vida de Eriksson convirtiéndose, a los ojos de este último, en un ejemplo de benevolencia ¿Cómo, entonces, puede ahora el héroe tomar una decisión tan abominable? La respuesta que esperamos (también el soldado) aparece a poco de andar: en medio de la espesura y la lucha por la supervivencia, no hay parámetros para diferenciar el bien del mal. Mucho menos existe, entonces, quien pueda castigar los crímenes.

"Si no hay Dios -pensaba Dostoievsky- todo está permitido". Si no hay valores de referencia -decimos nosotros- ante la ausencia de los ejecutores de la ley, el monstruo de las pulsiones más recónditas y atroces puede satisfacerse a sus anchas.

Durante los últimos días, en nuestro país no hizo falta repasar este film para llegar a tal conclusión. Las escenas registradas en la ciudad de Córdoba -donde llegaron a saquear domicilios particulares de familias humildes- mostraron hasta qué punto la falta de control policial puede trocar, aún en el marco de nuestra aparentemente sólida democracia, el Estado de Derecho en ley de la selva.

Pueden discutirse muchos aspectos políticos del episodio (jurisdicciones, responsabilidades, enemistades, disputas electoralistas, etc.); se puede buscar una explicación en la falta de recursos públicos y la inflación o criticar la medida de fuerza, que no tomó en cuenta la responsabilidad que compete a la Policía.

Pero lo que nos quedó muy claro es que, en gran parte de la sociedad, no existen modelos simbólicos de conducta que puedan -ante situaciones extremas como ésta- tomar el relevo de las fuerzas de seguridad en la inhibición del deseo criminal. Saqueamos o matamos sólo porque se puede hacer, dice la voz silenciosa del monstruo.

Ahora bien, ¿en qué están los encargados de forjar con sus propias vidas, privilegiadamente públicas por decisión colectiva, la validez y viabilidad social de esos parámetros de moralidad? ¿No estarán demasiado ocupados haciendo lo contrario de lo que se espera de ellos? ¿No será que la contra ética de ganar a cualquier costo -una elección, propiedades y dinero, un debate y hasta un partido de fútbol- ya está demasiado asimilada a la lógica de funcionamiento de nuestros desvalorizados héroes?

Y lo que es peor, si la Justicia es una práctica relativa, líquida, moldeable a las necesidades de esa lógica, ¿con qué argumento se sostiene su valor universal y el principio de autoridad, inapelable como debería ser, de quien impone las reglas o hace efectivo el castigo?

Los actos vandálicos y el desprecio por la vida o la dignidad del semejante mostraron su gesto más feroz en Córdoba. Pero se manifiestan a diario en las escuelas, donde cualquier docente puede recibir una paliza de un padre disgustado y aún de los propios alumnos; en los estadios de fútbol, donde las barras disputan los negocios clandestinos a sangre y fuego; en los bailes, donde los chicos más débiles son apaleados a la vista de todos.

Todo parece estar permitido cuando el objetivo es lo único que importa. El fin justifica los medios, en la versión vulgarizada de Maquiavelo. Una doctrina que ha servido tanto para conseguir oportunidades de negocios como para fundamentar quimeras pretendidamente revolucionarias y que hoy se ha reinstalado, mezclando los dos discursos, en la prédica y la vida de los más notorios funcionarios del Estado.

Doctrina del contravalor moral que resulta tan peligrosa como las propias condiciones generales que provocan los estallidos, la barbarie y los saqueos. Porque si bien la selva ofrece el escenario, siempre hace falta un referente, como el sargento Meserve, que ordene o autorice complacientemente la consumación del crimen.

Cambiemos de película. En ésta, seguro, no hay final feliz.

Las opiniones vertidas en este espacio no necesariamente coinciden con la línea editorial de diario Los Andes.

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