“Después de esto, soy Gardel. Van a tener que poner mi cuadro al lado del de San Martín”.
“Después de esto, soy Gardel. Van a tener que poner mi cuadro al lado del de San Martín”.
Palabras más o menos, a fines de 2004 eso decía Néstor Kirchner a sus ministros y asesores de confianza, por el tsunami de inversiones que esperaba acordar con el entonces presidente chino, Hu Jintao, que visitó la Argentina el 16 de diciembre de ese año.
Las negociaciones eran conducidas por el ministro de Planificación, Julio De Vido, y el secretario de Transporte, Ricardo Jaime. El gobierno habló de inversiones chinas en la Argentina por nada menos que 20.000 millones de dólares. Entre las grandilocuencias se mencionaba un megaplan de infraestructura que incluía centrales de energía, la construcción de 350.000 viviendas “en los próximos cinco años”, la construcción y puesta en marcha de un tren de Alta Velocidad Buenos Aires-Rosario-Córdoba, otros proyectos ferroviarios en el norte y el sur del país y miles de kilómetros de rutas y autopistas.
El entonces ministro de Economía, Roberto Lavagna, intentó contrarrestar la desmesura, pero fue en vano. La propia delegación china tuvo que informar al gobierno argentino que De Vido y Jaime habían estado negociando pompas de jabón con un supuesto emisario chino radicado en Macao. Hasta el agregado comercial de China en la Argentina intentó, varios meses después, explicar el “malentendido”.
El kirchnerismo sacó el mismo conejo de la galera en 2010, aunque morigeró un poco los anuncios. Esta vez eran inversiones por 10.000 millones de dólares y ya no las negociaba Jaime, eyectado del gobierno tras varios casos de dádivas y corrupción, sino su sucesor en la secretaría de Transporte, Juan Pablo Schiavi, que negoció con la China International Trust and Investment Company (Citic) un contrato para la provisión de vagones chinos para los subterráneos argentinos.
Schiavi estaba en buena posición para hacerlo: antes de saltar al kirchnerismo había sido jefe de la campaña con la que Mauricio Macri accedió, en 2007, al gobierno porteño, y conocía muy bien al principal intermediario de negocios chinos en la Argentina, Franco Macri, el papá de Mauricio, hombre que se ganó la vida rascando contratos del Estado.
Macri padre, por acuerdo con el gobierno de Néstor Kirchner, manejaba aún el Belgrano Cargas en sociedad con el líder de la Unión Ferroviaria, José Pedraza (condenado luego como autor intelectual del asesinato de Mariano Ferreyra, ocurrido en octubre de ese año) y el de los camioneros, Hugo Moyano, la trader china Sanhe Hopefull, y los locales Gabriel Romero, de Emepa, una firma de material ferroviario, y el grupo Roggio, otros dos expertos en negocios con el Estado.
Los acuerdos fueron firmados por el -a esa altura- ya canciller Héctor Timerman. De ahí proviene, por ejemplo, un crédito de 1.300 millones para la reactivación del ahora estatizado Belgrano Cargas, una cifra a todas luces exagerada.
Tan buenas noticias sufrieron un leve retraso: la presidenta Cristina Fernández iba a ir a China en enero pero, debido al conflicto por las reservas del Banco Central con su entonces presidente, Martín Redrado, postergó el viaje aduciendo que no podía dejar el país en manos de un vice tan poco confiable como Julio Cobos.
Ahora Cristina no tiene ese problema. Dejó el Ejecutivo en manos de Amado Boudou, mientras busca abrochar en Pekín acuerdos para transitar lo que resta de su gobierno, dejar en marcha un mega-negocio en manos de empresarios amigos y despejar las dudas por la demora del Congreso argentino en aprobar el “Convenio Marco de Cooperación y de Inversiones Económicas” firmado en 2013, en ocasión de la visita a Buenos Aires del presidente chino, Xi Jinping. El Convenio, de apenas diez artículos, uno más que el ominoso “Memo” con Irán, es de una vaguedad alarmante y aunque ya tiene media sanción del Senado es resistido en Diputados hasta por los sumisos legisladores kirchneristas.
Además, también se demoraron los papeles del arrendamiento por 50 años de 200 hectáreas en Neuquén para una Estación Espacial china, que igual ya empezó a construirse. Adicionalmente, la YPF Nac & Pop anunció un acuerdo de inversiones de la petrolera china Sinopec en Vaca Muerta, la promisoria formación de recursos “no convencionales”. Desde 2013, China es el principal importador de hidrocarburos del mundo.
En lo inmediato, el gobierno argentino quiere avanzar en nuevos tramos del “canje de monedas”, del que ya usó 2.700 millones de dólares, para engordar contablemente las “reservas” del BCRA. Otra prioridad son nuevas cuotas de crédito que hagan irreversible el negocio de las represas patagónicas, adjudicado a un consorcio encabezado por la china Gezhouba y la local Electroingeniería, firma de amigotes K que detenta los principales contratos de Atucha y de líneas de transporte eléctricas de alta tensión, gestos que retribuyó con la compra y kirchnerización de Radio Del Plata y haciendo punta en TV digital.
Si las obras avanzan, también se beneficiará Lázaro Báez, que antes de conocerse los proyectos compró a precio de ganga 200.000 hectáreas de desierto que quedarían anegados por los embalses de agua y le valdrían millones de compensación fiscal.
China es hoy una potencial mundial y sería necio que la Argentina no negociara con ella en las mejores condiciones posibles. La ansiedad por maquillar las reservas y asegurar negocios a los amigos no parece un buen punto de partida.
Camino de China, la presidenta escribió, en 3 tuits sucesivos: “En 1949 Mao, El Gran Timonel, dirigiendo a un gran pueblo, llegaba al final de la larga Marcha de la Revolución y empezaba otra … Convertir a un país milenario, con demografía geométrica y pobreza inenarrable en lo que es hoy, la mayor economía mundial... producto de la construcción de un modelo propio de crecimiento y desarrollo”.
Es un caluroso elogio al líder del ranking de megacriminales del siglo XX, superador de Hitler y Stalin por la escala de las matanzas y hambrunas de su propia población. Afirmar, además, que Mao fue quien empezó a convertir a China en la mayor economía mundial, es un sinsentido.
China, calculó el historiador económico Angus Madison, era la mayor economía del mundo a principios del siglo XIX, con casi un tercio del PBI mundial. Su aislamiento y guerras intestinas la llevaron al 5,8 % hacia 1949, cuando Mao concluyó la “Larga Marcha” y empezó su era de hambrunas y asesinatos, tributo a su “revolución cultural”.
Hacia 1978, la participación china en el PBI mundial había caído aún más, al
4,9 %. El gigante asiático empezó a crecer "a tasas chinas" recién entonces, con las reformas que enterraron al maoísmo.
Al menos los chinos no se ofenderán. Mientras Cristina "relata", ellos hacen buenos negocios.