La crisis de divisas que afronta el gobierno va dejando los primeros escombros en el camino. La Casa Rosada ha abandonado el discurso del “vivir con lo nuestro” o de la “soberanía económica”. A partir de ahora, la crisis amenaza con arremeter contra las menguantes reservas con mayor enjundia, a la par de una inflación tan tórrida como el verano.
El déficit energético explica en parte, no en todo, la actual crisis de divisas que está más emparentada con la abundante emisión monetaria y los pasivos del Tesoro, que con la importación de energía.
Creer que una vez arreglado el problema energético desaparece el problema de divisas, es contar la mitad de la historia. La crisis es de confianza y tiene a la emisión monetaria disparada a la velocidad de un misil y al cepo cambiario como “salvavidas de plomo. Si el Gobierno continúa sin ajustar el gasto y no disminuye la emisión monetaria, en poco tiempo más se verá obligado a tomar medidas de una magnitud enorme”, confió un importante banquero.
Otros hombres de negocios creen que esas medidas son más bien de “mediano plazo” y que para la urgencia hay que intentar corregir algunas variables monetarias. “El Banco Central debiera inducir a una suba de tasas para la captación de depósitos en dólares y una suba de encajes, para luego hacer lo mismo con las colocaciones en pesos, para desalentar la huida hacia el paralelo”, esgrimió un operador extrabursátil.
El cuello de botella sobre las divisas está obligando al gobierno a ensayar una salida a los mercados en medio de un desajuste fenomenal de la economía y con su imagen de confianza por el piso. Así, la Anses planea vender en los mercados extranjeros algo más de 2.000 millones de dólares en bonos que el Tesoro le colocó hace dos años. Pero la operación no resulta sencilla porque en el actual momento, esos títulos van a sufrir un fuerte recorte de su valor, debido a la falta de políticas que aseguren su repago.
En una inexplicable seguidilla de yerros y en sentido contrario a su liturgia “progresista y popular”, la administración Kirchner obligó a la Anses a liquidar su portafolios de títulos para intentar apaciguar el dólar paralelo, creando una operatoria de acceso a dólares subsidiados, sólo para unos pocos, mientras mantiene el cepo cambiario para el resto de la sociedad.
La fantasía duró poco. El organismo previsional, devenido primero en una suerte de banco hipotecario y ahora en trader de bonos, liquidó activos en dólares, sumó pesos devaluados a su cartera y quedó descapitalizado, mientras el dólar paralelo que refleja la incertidumbre, la desconfianza y las expectativas inflacionarias de la población, siguió rumbo a los 12 pesos.
El cerco se va estrechando porque los caminos para conseguir dólares se van cerrando. “Esta es la consecuencia del cepo cambiario: nadie pone dólares en un lugar donde no te dejan salir”, dijo un consultor contable.
El repentino canje de Bonar XIV ofrecido por el gobierno es una señal de las dificultades que tiene el Tesoro para afrontar el pago de sus obligaciones. Sin dólares disponibles, el equipo económico apelaría a una medida extrema: la pesificación.
El gobierno estaría estudiando prohibir la realización de transacciones en dólares como una manera de desalentar el uso de divisas. Pero ya no hay tiempo para ensayos de laboratorio. El profesor Kicillof deberá extremar los cuidados en cada decisión que tome. El modelo entró en la cuenta regresiva y cruje en su estructura sólo sostenida, alguna vez, por un fenomenal aluvión de divisas que se produce muy pocas veces en un siglo y que una vez más la Argentina ha desperdiciado.