Hubo un tiempo en que ese nombre ocupó el lugar de la esperanza. Un tiempo en el que con solo pronunciarlo nos referíamos a un mundo parecido al soñado, a un espacio liberado en favor de la revolución de la justicia.
Hubo un tiempo en que ese nombre ocupó el lugar de la esperanza. Un tiempo en el que con solo pronunciarlo nos referíamos a un mundo parecido al soñado, a un espacio liberado en favor de la revolución de la justicia.
Luego, ese nombre se vertebró con el mundo comunista, ahí ya las cosas se volvieron más complejas, la libertad quedaba prisionera de una ideología. Y luego, el personaje de Fidel fue ocupando el lugar único y se iniciaban las dudas sobre la necesidad y las limitaciones de un personalismo que se asemejaba a una dictadura.
Tanto denostar y enfrentar a las dictaduras de derechas para terminar edificando las de izquierda, y la dictadura se ocupaba de educarnos para exportar la violencia. Difícil imaginar el número de vidas jóvenes entregadas al sueño de exportar esa experiencia de la Isla al continente.
El guevarismo se convirtió en una militancia arrolladora, hasta que con el paso del tiempo terminara como decoración de ropas juveniles. La imagen del Che fue el aporte nacional a aquella patriada, hasta Cooke intentó convencer a Perón de que el futuro pasaba por esos rumbos. Perón era un hombre con demasiada formación como para caer en esas tentaciones.
Cuba intentó convertirse en la cuna de una revolución que en el camino al socialismo se dedicó a eliminar la libertad. Fidel nos despidió con un discurso de esos de larga oratoria en la Facultad de Derecho, una multitud de jóvenes escucharon con admiración las memorias gloriosas de un rotundo fracaso.
Y lo digo desde el dolor porque alguna vez lo imaginé posible, y lo digo desde la duda de si no fue esa ideología el camino al triunfo de los duros del capitalismo. Porque eso es difícil de negar, el fracaso de Cuba significó un triunfo para sus detractores, y después de la caída del Muro, su presencia era más simbólica que real.
El socialismo logró sus mayores éxitos en aquellos países donde pudo compartir sus objetivos con la democracia. La socialdemocracia fue capaz de otorgar a sus pueblos derechos que no pudo aportar la revolución. La historia demuestra que el reformismo, con sus limitaciones, fue un camino mucho más exitoso que la revolución.
Cuba terminó siendo la patria de los revolucionarios en un mundo donde triunfó el reformismo. Los proyectos de las guerrillas cobraron millares de vidas sin llegar nunca a acercarse al poder.
La visita del Che a Bolivia implicaba un implante cultural tan innecesario como incomprensible para un pueblo que iba a gestar a su propio Evo Morales. Ninguna guerrilla estuvo nunca cercana a la toma del poder, todas ellas pagaron con vidas humanas sus honestas intenciones.
Cuba es sin duda la demostración concreta del fracaso del marxismo. Y en nuestro caso, cómo no reivindicar que ya en aquellos tiempos elegimos la apuesta a una tercera posición, la voluntad superadora de aquella consigna tan cuestionada y tan premonitoria, “ni yanquis ni marxistas”.
Visité la Isla hace muy poco, era mi sexto viaje, decidí que fuera el último, me costó asumir que no encontraba mejorías, que, muy por el contrario, esa experiencia transitaba por el camino del amargo fracaso que genera la conciencia del sinsentido.
No logré hablar con nadie que no expresara su frustración; con algún militante del partido pudimos hablar de todo menos de política, respetar su experiencia ya ocupaba el espacio del respetable silencio. Nadie se refería como ayer al futuro, parecía que ese sueño había llegado con su triste realidad de pesadilla.
Un día provoqué a un cubano en Miami y supo darme una lúcida respuesta. Me dijo: “Yo vivo con los gringos, tengo casa y carro, no me falta nada, hace un par de años me autorizaron a visitarlos, ellos sí que no tienen nada, ¡pero la alegría se la quedaron ellos!”
En este último viaje ya no encontré más esa alegría, volvían los negocios y el comercio, las propiedades y las divisas, todo era un retorno al peor capitalismo, a ese que al nacer impone lo peor de una sociedad, la más despiadada ambición.
Hasta algún tonto fanático y negador querrá ver un triunfo en este fin del bloqueo. Un dictador anciano y una experiencia en retroceso, una isla que intentó exportar revoluciones y hoy se ocupa de buscar inversores.
Me contarán de la educación y de la salud, hay cifras valiosas, pero con solo recorrer las calles de su pueblo se percibe una tristeza de final de fiesta. Y, como dice un amigo, México fue el único país que no rompió relaciones con Cuba y evitó así que la Isla le exportara la frustración y la violencia que implicaba la guerrilla.
Algunos festejan ese fracaso, a mí me duele, pero ya nadie puede negarlo.
Por Julio Bárbaro - Periodista. Ensayista. Ex diputado nacional. - Especial para Los Andes