En las áreas relacionadas con la comunicación, la educación y el entretenimiento, vale decir en las que son parte de la cultura en su sentido más amplio, se podría interpretar la política kirchnerista con el siguiente teorema: "Cuando se pretende arreglar algo que anda mal sólo con dinero, lo único que se logra es empeorarlo".
Con la crisis de 2001, la educación, el deporte, los medios y demás áreas que forman la industria cultural se encontraban carentes de recursos y de políticas; y a muchas de ellas la implosión del país amenazó con hacerlas desaparecer o reducirlas a su mínima expresión.
Frente a ello es innegable que el kirchnerismo, desde sus orígenes, intentó gestar una reforma cultural ya que buscó apuntalarse en los referentes de dichas actividades para conformar su identidad política. Por eso se interesó tanto en cooptar intelectuales, periodistas, académicos, artistas e incluso influir todo lo posible en el mundo del deporte, sobre todo en el más popular: el fútbol. Y para eso, puso muchos, pero muchos, recursos económicos.
En eso se distinguió de la mayoría de los gobiernos anteriores, que -más allá de declamaciones- a la educación y la cultura no le aportaron económicamente nada significativo. Es que nadie vio como Kirchner el papel preponderante de la industria cultural en un proyecto político.
Lamentablemente, su ambiciosa reforma cultural ha tenido escasos logros porque deja poco como herencia, a pesar de las enormes movilizaciones y eventos que se hicieron en estos años. En nuestra opinión, el gran error se debe a la aplicación estricta de ese teorema recién enunciado, que el kirchnerismo parece haberlo aplicado sin excepción.
Menos educación para todos. En educación aumentó mucho el presupuesto, aportó libros, computadoras, mejoró algunos sueldos y varias otras cosas positivas más. Sin embargo, los datos son contundentes: en esta década la educación retrocedió en casi todas sus mediciones, excepto en inclusión porque se antepuso de manera extrema la contención por sobre la promoción, bajándose las exigencias, algo que ya venía de antes pero que ahora se profundizó, con lo que lo único que se logró es que entren más alumnos pero que se reciban menos.
En las pruebas internacionales de calidad educativa y en comparación con los demás países latinoamericanos nos va mal y cada vez peor. Hasta ocurrió algo insólito: en un gobierno con un proyecto estatista, y donde se intentó ideologizar como nunca la educación, la tendencia predominante es el crecimiento de la matrícula privada por sobre la estatal.
Mientras los K se pasaron criticando la privatización de la educación, que según ellos había intentado antes el menemismo y ahora casi todos sus opositores, paradójicamente en la década K todos los que pueden se pasan al sector privado (incluso en los sectores más humildes), no necesariamente porque vayan a aprender más sino porque creen encontrar allí un orden mínimo que se va perdiendo en las escuelas de gestión estatal.
En síntesis, a pesar de haber puesto mucha más plata, tenemos una educación cada vez peor. Y los estatistas fueron los más grandes privatizadores.
Menos periodismo para todos. En las políticas de comunicación ocurrió otro tanto, pero por razones muy distintas. De a poco fue creciendo en el kirchnerismo la idea de que sus principales opositores ya no eran los políticos tradicionales sino los medios de comunicación privados, reflotando viejas teorías de entreguerras y posguerra que postulaban la manipulación total de los públicos por las nuevas tecnologías de información y comunicación.
En la lógica K, instrumentos tan poderosos como los medios, manejados por intereses sectoriales, se convierten en el verdadero poder y por ende en el gobierno de facto de las sociedades que no son capaces de controlarlos, estatizarlos o censurarlos.
Así hablaba León Trotsky en 1923, cuando todavía era uno de los jefes de la revolución soviética en Rusia: "El hecho de que hasta ahora no hayamos intervenido en el cine demuestra lo despistados e incultos que hemos sido, por no decir completamente estúpidos. El cine es un instrumento que se impone por sí mismo, es el mejor instrumento de propaganda".
Esa misma teoría, con la ideología opuesta, sostendrían los fascistas y los nazis, que convirtieron a la industria cultural en su gran obsesión para la dominación totalitaria de las masas.
El ilustrado pensador marxista Theodor Adorno pensaba que el cine era un gran retraso cultural, porque adormecía y estupidizaba a las masas. Por eso decía: "En cada una de mis idas al cine salgo un poco más estúpido y más maligno a pesar del perfecto estado de alerta sobre mí mismo".
El "macarthismo" aplicado en los Estados Unidos en la posguerra, durante la década de 1950, por el cual se buscaba detectar la infiltración comunista en ese país, partía de la idea que la industria cultural norteamericana era una maquinaria de producir soviéticos que destruirían la cultura norteamericana si no se los extirpaba de raíz. Una especie de inquisición capitalista en lucha contra la manipulación comunista a través del cine y los medios.
El peronismo en sus primeros gobiernos, con personajes como su secretario de comunicaciones, Raúl Apold, muy influido por el control fascista sobre los medios, ejerció enorme censura en periódicos, revistas, cine, radios y la primera televisión.
Sin embargo, con el tiempo y la profusión de todo tipo de tecnologías, estas ideas simplistas y maniqueas se fueron cambiando por teorías más complejas. Fue el mismo Perón quien pragmáticamente, en su tercera presidencia, en los '70, reconoció que el control brutal en sus primeros gobiernos sobre los medios de comunicación no había tenido el menor efecto, porque ganó sin tener ninguno y lo expulsaron del gobierno teniéndolos a todos.
Oscar Landi, un pensador argentino de izquierdas muy lúcido, escribió en 1992 un gran libro sobre el tema llamado "Devórame otra vez", donde intenta explicar no tanto "lo que hizo la televisión con la gente", sino "lo que hace la gente con la televisión", incorporando al análisis de los medios la llamada teoría del receptor, donde se verifica que el espectador, el oyente o el lector no son sujetos pasivos influenciados unidireccionalmente por los medios, sino que ellos influyen también en ellos, y cada vez más, debido a la diversificación mediática.
Esa fértil línea de investigación, mucho más moderna, fue arrasada durante la década K, cuando se volvió de manera gruesa y vulgar a las viejas teorías conspirativas según las cuales una gran manipulación mediática domina la voluntad del pueblo impidiéndole pensar por sí mismo, a no ser que un Gran Hermano estatal, un gobierno que se apodere de los medios, le haga recuperar la conciencia expropiada por la prensa privada. La teoría es que frente a la manipulación de los medios sólo se puede salir manipulando desde el Estado.
Con esas ideas prediluvianas pero efectistas, el gobierno K generó un fanatismo sin antecedentes, pero no en las masas populares, sino en vastos sectores intelectuales que salieron del aislamiento universitario para saltar a las esferas del poder, sin pasar antes por la sociedad real. Por eso todas sus supuestas brillanteces teóricas devinieron meros slogans cuando las llevaron a la práctica, poniéndolas al servicio de un grupo faccioso de poder que sólo quería sacarse de encima toda opinión pública que no fuera controlada por el Estado.
De ese modo, pergeñaron una ley de medios cuyos efectos prácticos -en lo que no tenía de declamativo- consiste, si se la aplica enteramente, en anular a los medios privados y construir un inmenso multimedio estatal y paraestatal que confunde -conscientemente- comunicación con propaganda.
Para ese objetivo se puso dinero como nunca antes y hoy, si bien aún no han podido destruir a la prensa crítica, ya existe un oligopolio mediático oficial mucho más grande que cualquier grupo privado. Un oligopolio al cual se le puso dinero como el que jamás (ni siquiera el primer peronismo) gobierno alguno invirtió en propaganda. Y sin embargo, la calidad en contenidos de todos los medios en manos del Estado o paraestatales es tan mala que prácticamente carecen de público.
O sea, aquí también se gastó mucho más dinero que antes para lograr peores resultados que nunca.
Menos fútbol para todos. Lo mismo aconteció con el fútbol, el cual, para sacarle su televisación al multimedios "enemigo", fue apropiado por el Estado, pagando por la emisión una suma de dinero que nadie en el mundo pagaría, porque es imposible de recuperar.
Se transformó así al fútbol en otro instrumento de propaganda oficial pagando tanto dinero que más que hablar de estatización de su televisación estamos hablando -de hecho- de la estatización del fútbol en sí. Pero lo peor es que el fútbol, que ya andaba mal antes, desde su estatización anda mucho peor, pese a que se le puso mucho más dinero.
En síntesis, y ampliando el teorema explicado al principio: cuando se pone mucho dinero en un sector que funciona mal, sin exigirle a cambio que con los nuevos recursos se transforme profundamente, el dinero sólo amplía los vicios anteriores porque hay más recursos para empeorar las cosas. Y ni qué decir, cuando se entrega dinero para poner la cultura y el deporte al servicio total del Estado, del gobierno y del partido. Que es lo mismo que ponerlos en contra de la sociedad.