El ascenso de Donald Trump, y con él la aparición de una política de identidad blanca tan explícita como no se había visto en Estados Unidos desde hace muchos años, ha creado una interesante división en la izquierda política respecto de lo que la política liberal podría ofrecerles a las personas que parecen intolerantes. Si es que tiene algo que ofrecer, para empezar.
Por un lado, están los liberales empeñados en considerar al “trumpismo” como un fenómeno motivado casi exclusivamente por el resentimiento racial y cultural, con algunos cuantos motivos de queja económicos para complicar las cosas. Desde esta perspectiva, el hecho de que el Partido Republicano finalmente se haya consolidado en una región otrora enteramente demócrata, como la de los Apalaches, es considerado por los demócratas casi como un alivio: por fin todos los racistas blancos están en el partido de enfrente y ya no tenemos que preocuparnos por consentirlos más.
Por otro lado, hay izquierdistas que consideran el hecho de que quienes en otro tiempo fueron demócratas ahora apoyen a Trump como una señal de que el liberalismo les ha fallado profundamente a sus bases de apoyo naturales y que temen que una coalición demócrata que fácilmente aplastara a Trump y a su movimiento sin mucho apoyo de la clase trabajadora blanca haría que se descartaran sus luchas como merecen ser descartados también el atraso y la intolerancia.
Me gusta cómo formuló la pregunta Frederik de Boer, que siempre critica a la izquierda: “¿Qué se les debe a quienes son culpables de haberse equivocado?”. Es una pregunta en la que deben meditar los liberales de todo el mundo occidental, dada la creciente brecha entre sus partidos políticos, cada vez más cosmopolitas, y una clase trabajadora inclinada más y más a la derecha.
Pero como conservador, yo agregaría otra pregunta: ¿Qué sucede cuando los intolerantes comprenden bien las cosas?
No se preocupen; estos no son los preparativos para reconciliarme con la candidatura de Donald Trump. Más bien, es una advertencia para no organizar nuestra política en torno de la pura anti-intolerancia y suponer que uno debe tener razón por el simple hecho de que en el otro lado de la discusión política haya racistas, nativistas o xenófobos.
Vamos a poner algunos ejemplos pertinentes, tomados del pasado reciente y de nuestros días.
A partir de los años sesenta, y específicamente después de la ley de derechos civiles, los liberales han insistido con que la retórica del Partido Republicano de ser duros contra la delincuencia no tiene nada que ver con la delincuencia en sí. Más bien, alegan, es un llamado apenas disfrazado para los racistas, la transferencia de la política de supremacía blanca desde “segregación hoy, segregación siempre”, hasta la paranoia por los criminales negros.
La retórica de mano dura contra la delincuencia ciertamente tiene efectos en los miedos raciales. Muchos intolerantes blancos votan por republicanos defensores de la “ley y el orden”. Pero la retórica también tiene efectos en los miedos de la inmensa ola delictiva que actualmente barre a todo el país, una ola que el gobierno liberal ha sido miserablemente impotente para detener o repeler. Y por mucho tiempo, la opinión de la élite estaba tan empeñada en no darle ninguna ayuda o consuelo a los intolerantes blancos, tan empeñada en no tomar de ninguna manera el partido de los racistas, que pasó por alto o le restó importancia al actual problema de política, la crisis que actualmente está tocando a sus puertas.
Veamos otro ejemplo. Tanto los liberales clintonianos como los conservadores de libre mercado han desdeñado desde hace mucho tiempo la ansiedad por los convenios comerciales, considerando que el miedo al libre comercio es provincia de palurdos y xenófobos, de nacionalistas como Ross Perot y de las brigadas nativistas de Pat Buchanan. Esto en cierto modo era comprensible, ya que muchos que se entusiasmaban vapuleando a México, y después a China -y que ahora se emocionan con Trump- en realidad eran intolerantes y tribales, ansiosos de encontrar un chivo expiatorio para sus cuitas en América Latina o en Asia.
Pero a fin de cuentas, ese sentimiento tribal no nos dice nada, de un modo u otro, de los méritos de las políticas mismas de comercio. Y ahora cada vez hay más evidencias de que los tribalistas ... bueno, de que los tribalistas tenían razón en tener sus sospechas; que la destrucción creativa puesta en marcha a causa de sus objeciones costó más empleos de lo que alguna vez esperaron los liberales y los conservadores de libre mercado, sin que los beneficios compensaran esa pérdida.
Lo mismo puede decirse de la ansiedad de Europa por la inmigración masiva, que por muchos años los grandes partidos de Europa se esforzaron por confinar a las márgenes políticas. Después de todo, decía su razonamiento, ya que en las filas de los escépticos de la inmigración hay tanto racista, tanto islamofóbico y tanto criptofascista, las márgenes son el sitio natural de esas ideas.
Por desgracia, algunas de las ansiedades de los nativistas resultaron más proféticas que las despreocupadas suposiciones de la élite. La inmigración masiva ahora está desestabilizando el orden liberal de Europa, creando quintas columnas islamistas y dándole fuerzas al mismo nacionalismo que el cosmopolitismo de puertas abiertas pensaba que podría marginar y pasar por alto.
Veamos un último ejemplo. En el más reciente campo de batalla de las guerras culturales, el debate sobre los derechos de las personas transexuales y transgenéricas, la izquierda está tan determinada en hacer huir en desbandada a los intolerantes que se ha enzarzado en un disputado concepto de lo que es la disforia de género y cómo manejarla en los niños, con el respaldo del poder regulatorio federal y castigando con cazas de brujas académicas a los expertos que se atrevan a diferir aunque sea ligeramente.
Ya que los intolerantes acosan a los adolescentes transgenéricos, el liberalismo ha decidido que cualquiera que difiera con los activistas transgenéricos debe de ser cómplice de esa intolerancia. Pero estamos muy lejos de contar con los datos o la experiencia suficiente para confirmar la perspectiva de los activistas. Y al adoptarla como la única alternativa a la “transfobia”, estamos corriendo el riesgo de barrer una amplia gama de fantasías infantiles y confusión adolescente en un camino fijo de transformación hormonal y quirúrgica.
Si los intolerantes están en favor, nosotros estamos en contra. Es un credo potente. Pero siempre existirá el peligro de que si lo seguimos demasiado lejos, terminemos estando en contra de la realidad misma.