El día que cumplió 32 años, Michael Morton regresó del trabajo para encontrar su hogar, en Austin, Texas, rodeado de cinta amarilla de la policía.
El día que cumplió 32 años, Michael Morton regresó del trabajo para encontrar su hogar, en Austin, Texas, rodeado de cinta amarilla de la policía.
Morton saltó de su automóvil y corrió a la puerta. “¿Está bien Eric?” preguntó pensando que algo pudiera haberle pasado a su hijo de tres años. El sheriff dijo que Eric estaba bien.
¿Y Chris, la esposa de Morton?
“Chris está muerta”, respondió el sheriff.
Morton se tambaleó después de enterarse que Chris había sido aporreada en la cama de ambos, y después la policía lo arrestó a él por el asesinato.
Eric le había dicho a su abuela que él efectivamente había visto a un “monstruo de gran bigote” pegándole a su madre, pero la policía suprimió ésta y otra evidencia. El jurado deliberó durante dos horas antes de hallarlo culpable de asesinato, en 1987, siendo condenado a cadena perpetua en prisión.
“Era como si la palabra culpable aún estuviera resonando a través del juzgado cuando sentí el frío acero de las esposas cerrándose sobre mis muñecas, sensación que a lo largo del siguiente cuarto de siglo se volvería tan familiar como usar un reloj”, escribe Morton en una pasmosa memoria que fue publicada este martes.
La familia de Chris se volvió en su contra, dando por hecho que él era el asesino. Eric fue criado por la hermana de Chris y su marido, y con el tiempo Eric se cambió el nombre para que coincidiera con el de ellos. A los 15 años, le escribió a su papá para informarle que dejaría de visitarlo.
“Me hice ovillo en la litera y solo me quedé ahí tendido”, escribe Morton, “apretando y desapretando mis puños, sintiendo lágrimas calientes formándose y después cayendo, aferrando la carta contra mi pecho como si estuviera intentando expresarle todo el dolor”.
Mucho se ha escrito sobre las carencias del sistema de justicia penal de Estados Unidos, pero quizá nada más lacerante que el libro de Morton, “Getting life”; es devastador y exasperante, más asombroso que cualquier thriller legal de John Grisham, una ventana hacia un sistema disfuncional de justicia penal.
De hecho, Morton aún estaría en prisión si el trabajo de la policía se hubiera dejado a las autoridades. El día después del asesinato, el hermano de Chris, John, encontró un pañuelo ensangrentado no muy lejos del hogar de Morton que los investigadores habían pasado por alto, y lo entregó a la policía.
Morton tenía ventajas. No tenía antecedentes penales. Era blanco, de clase media, en un empleo respetable. Los errores judiciales afectan de manera desproporcionada a hombres negros e hispanos, pero, incluso así, Morton terminó encerrado en prisión durante décadas.
Después, las pruebas de ADN estuvieron disponibles, y el Proyecto Inocencia -la organización de abogados que pelea por gente como Morton- pidió pruebas en el caso de Morton. La fiscalía se resistió, pero con el tiempo se encontró ADN en el pañuelo: el ADN de Chris mezclado con el de un hombre llamado Mark Alan Norwood, quien tenía un largo historial criminal.
Lo que es más, el ADN de Norwood también fue hallado en el lugar de los hechos de un asesinato muy similar al de Chris: el de una joven mujer con un niño de tres años de edad, también muerta a golpes en su cama, tan solo un año y medio después del asesinato de Chris.
"El peor hecho sobre mi condena por el asesinato de Chris no fue mi larga sentencia", escribe Morton. "Fue el hecho de que el verdadero asesino hubiera estado libre para llevarse otra vida".
Con la evidencia del ADN, las cortes liberaron a Morton, después de 25 años en prisión, y condenaron a Norwood al poco tiempo por el asesinato de Chris. Ken Anderson, quien había perseguido a Morton y se volviera juez más adelante, renunció y sirvió una breve condena en prisión por conducta indebida.
En cuanto a Morton, está reconstruyendo su vida. Él y Eric se han unido de nuevo, y él está felizmente casado con una mujer que conoció en la iglesia. “Ahora la vida es buena, incluso en mis días malos”, me dijo Morton, entre risas. “La perspectiva lo es todo”.
Morton abriga una visión moderada de las lecciones aprendidas. La mayoría de la gente que él conoció en prisión pertenecía a ese lugar, dice, pero el sistema de justicia penal también está saturado erróneamente de personas con enfermedades mentales. En cuanto a errores judiciales tan completos como el suyo propio, supone que son inusuales pero aún más comunes de lo que nos gustaría pensar.
Mi perspectiva es que nuestro sistema de justicia penal es profundamente defectuoso. Es el sistema de salud mental por default, a veces penalizando desórdenes psiquiátricos. Es arbitrario, y el experimento de la encarcelación masiva desde los ’70 ha sido enormemente caro y crasamente injusto. Las prisiones son innecesariamente violentas, en tanto algunos estados de EEUU se niegan a aplicar medidas para reducir la violación en cárceles porque dicen que eso sería caro. Además, el sistema a veces parece enfocado en la misma medida en crear ingresos para prisiones con fines de lucro como en impartir justicia.
Finalmente, vale la pena notar que Michael Morton es capaz de presentar esta dolorosa y aguda mirada del sistema de justicia penal solo porque no fue condenado a muerte. Cuando Morton fue liberado finalmente de prisión, algunas de sus primeras palabras fueron: “Gracias a Dios que este no fue un caso capital”.