Resignada, Cristina aceptó dejar la campaña electoral bonaerense en manos de Scioli e Insaurralde. Y que los gobernadores del resto de las provincias hagan sus propias campañas, las cuales sólo consisten en provincializarlas todo lo posible a ver si pueden hacer que sus votantes olviden a la principal culpable de la fuga de votos: esa misma señora que hace apenas dos años fue la máxima responsable del impresionante caudal de sufragios que sacó el peronismo en todo el país.
Cristina no cree en ninguno de los cambios que Scioli e Insaurralde quieren provocar en el gobierno para intentar perder por poco en octubre (la única módica ilusión que hoy por hoy cobija el peronismo).
No cree en ninguno pero los acepta a todos siempre y cuando sean puro verso o, en el peor de los casos, variaciones coyunturales como los gendarmes “electorales” que llevan en masa a Buenos Aires hasta el 27 de octubre, a ver si pueden vencer a Massa. O como el aumento del piso del impuesto a las Ganancias hasta que lo que se pierde hoy en recaudación se recupere apenas suba la inflación.
Pero Cristina no es dama de resignarse. Por ahora disimula sus intenciones un poco para conformar a su tropa, mejor dicho a la tropa peronista que cada día va teniendo más ganas de cambiar de jefatura. Sin embargo, como Penélope -la reina de Ítaca que esperaba el regreso de Ulises tejiendo de día un vestido que destejía de noche- Cristina acepta que los peronchos tejan toda la semana una oferta electoral que diga todo lo contrario de lo que ella piensa, para los domingos escribir la suficiente cantidad de tuits con los cuales destejer lo que los pobres candidatos oficialistas tejieron los días anteriores.
De ese modo, sin decirle que no a Scioli, Insaurralde o los gobernadores que quieren salvar las papas negándola todo lo posible, ella se consuela en su soledad confiada en que así como todos la culpan del estrepitoso fracaso de las PASO (donde más de 7 de cada 10 argentinos votaron lo que tenían a mano en su pago para expresarse en contra de ella), el 27 de octubre los culpables serán los que quisieron negar a su gobierno para seguir en el gobierno.
De ese modo, Cristina se ilusiona con que si en octubre se pierde de nuevo, perdidos por perdidos, los que no puedan saltar al cálido seno de los ganadores deberán seguirla a ella, quien continuará por más. Y si Néstor tenía razón, ella logrará lo que logró él en 2009, cuando luego de perder por paliza, duplicó la apuesta profundizando todo lo que lo llevó a perder para, al fin, con su sacrificio personal, lograr que dos años después Cristina volviera a ganar, y por muerte. Con esa esperanza en su cabecita, Cristina desteje los domingos lo que los desesperados peronistas tejen semana tras semana.
Así, cuando sus candidatos luchan por llegar menos maltrechos al 27 de octubre, Cristina pelea por el día después, cuando propondrá seguir yendo por todo y con todos los que ahora está obligada a ocultar o mandar de viaje por ser piantavotos de marca mayor, los Boudou, los Moreno, los Kunkel, las Conti. También los y las de La Cámpora, toditos.
Entretanto, para matar el tiempo, Cristina se divierte peleando vía tuits con Obama o acusando a Piñera de ser un mentiroso y estafador por decir que para ser presidente de Chile había vendido LAN, cuando en realidad no vendió nada, dice ella, poniendo como ejemplo de purismo y probidad el modo en que ella y su marido gobernaron.
Y mientras anda librando por el mundo neoliberal las peleas que por 45 días no podrá librar en su Argentina nacional y popular, en su movediza cabecita se amontonan todas las variedades posibles de golpistas y destituyentes que andan sueltos por el país. Los que con su dinero, su prensa, su justicia, sus corporaciones, sus monopolios, sus aliados imperiales y su perfidia, han logrado lavar el cerebro del 75% de los argentinos transformándolos en cómplices de golpistas. Un golpismo compuesto, así, por 30 millones de argentinos, al que ella comenzará a desmontar cuando convenza a los suyos que o van por más aunque pierdan, o sino los malos van a ir por todos ellos. Sin olvido ni perdón.
Cristina está persuadida -y así lo dice en sus tuits- que nunca desde 1983 ningún presidente fue tan atacado como ella. Tiene muy en claro que debió luchar nada menos que contra una Mesa de Enlace oligárquica, un arzobispo que era el jefe espiritual de toda la oposición hasta que se hizo bueno cuando lo eligieron Papa, una Corte de Justicia que nació buena hasta que se hizo mala y, por supuesto, la madre de todos los demonios: la prensa canalla.
Todos esos enemigos juntos son, para ella, mucho más malvados, poderosos y destituyentes que las “pavaditas” que debió enfrentar Raúl Alfonsín: tres conatos de golpe militar (cuando el Ejército aún tenía poder de fuego e ilusiones de volver al poder), un ataque terrorista a un cuartel militar con muertos de ambos lados y trece paros generales cuando los paros generales eran paros generales, tanto que luego a Menem, casualmente (o causalmente) no le hicieron ninguno.
A veces parece que Cristina quisiera que de verdad le hicieran un golpe, porque se la pasa insinuando aquello de lo que no existe la menor evidencia. Aunque precisamente por eso es fácil insinuar, porque no hay peligro alguno.
“Destituyente” es una delirante palabra inventada por los cráneos de “Carta Abierta” (esos intelectuales progres que en diez años de gobierno K no han descubierto ni aceptado que exista un solo caso de corrupción, mientras que durante el menemismo denunciaban una corrupción por día).
“Destituyente” es una palabra para acusar de golpista a la más mínima crítica hacia el gobierno. A toda y en todos los casos, salvo la que el gobierno valore por ser crítica constructiva, o sea aquella que como máximo le diga “chas chas poto”.
“Destituyente” es una palabra con la que se puede jugar porque es un golpismo que no golpea con balas de verdad como en los ’70 ni con intenciones serias de acabar con la democracia como en los ’80, cuando ésta era recién renacida y frágil. No como ahora, que es mayor de edad y fuerte, sobre todo por abajo, en el seno de pueblo.
Ahora los golpes se hacen con “balas de tinta”, por lo cual, luchando contra esas balas que no producen ni un moretón uno puede creerse parte de un gobierno revolucionario, sin peligro alguno y cobrando buenos dividendos por ello.
En realidad, lo único que se logra con ese golpismo para todo uso es una intolerancia democrática discursiva, donde ni siquiera se discuten intereses ni menos ideas. Sólo se dirimen viejos odios disfrazados de nuevos programas, que no pasan más allá de alguna estatización para salvar una empresa quebrada o para conseguir caja, o de la formación de un nuevo capitalismo paraestatal, tan igual de peor o peor que el que supuestamente se viene a cuestionar. Lo demás es un verso épico en el que no se cambia nada estructuralmente.
Mientras que un programa revolucionario en serio sería el de recuperar la movilidad social y los mínimos niveles de pobreza que tenía la Argentina hasta inicios de los años ’70. Nada más ni nada menos que eso.
Pero nada de eso podrá ser posible porque Cristina sigue jugando a ser Penélope. La que desteje de noche lo que sus candidatos tejen de día. La que destejió en estos últimos dos años todo lo que su marido y ella misma tejieron los dos años anteriores para llegar a ser votada por el 54% de los argentinos y con una imagen positiva de más del 75%. Ese mismo 75% al que hoy ella considera golpista.