19 de octubre de 2013 - 21:40

Crisis de identidad en las universidades

En todos lados se cuecen habas. A continuación, un informe sobre lo mal que andan las universidades en los EEUU.

¿El valor de un diploma universitario se mide mejor por el ingreso que tiene su titular cinco o diez años después de recibirlo? ¿La universidad es un trampolín a la riqueza? Estas son las preguntas que el presidente Barack Obama planteó implícitamente con su reciente propuesta para que el gobierno federal examine los ingresos de los graduados al calificar a las escuelas con el fin de encaminar a los estudiantes hacia las mejores.

¿El tiempo pasado en una tienda o en casa con los hijos es comparable con el tiempo pasado en las aulas? ¿Cómo podría contar en la obtención de un título? Hay administradores universitarios que piensan así y que están tratando de subir sus índices de graduación -el porcentaje de estudiantes que recorre todo el camino universitario- dando créditos por experiencias fuera de las aulas, para que los estudiantes encuentren un camino más corto y menos costoso hacia un título.

Algunos gobiernos estatales y educadores ven la difusión masiva de los cursos abiertos on line como una excelente forma de inscribir a más jóvenes en la universidad a precios accesibles. Pero hay pocas evidencias hasta ahora de que ése sea el mejor enfoque, especialmente en el caso de los estudiantes que se esfuerzan al máximo por incorporar los estudios superiores en su vida.

De por sí, los estudios superiores en los que participan muchos jóvenes estadounidenses dejan mucho que desear. La revista Time recientemente publicó un reportaje de portada acerca de la experiencia universitaria en Estados Unidos. Y como debía ser, lo inició señalando los escalofriantes resultados de una encuesta realizada el año pasado entre recién graduados.
 
Ésta reveló, por ejemplo, que 62% de ellos no sabía que el mandato legislativo es de dos años en la Cámara de Representantes y de seis años en el Senado. No pueden decirme que la calidad de los hombres y mujeres que enviamos al Congreso en Washington no se ve afectada por una ignorancia tan profunda y generalizada sobre lo que hacen ahí y cómo funciona el sistema (o, más bien, cómo no funciona).

Aunque vamos dando bandazos de una crisis a otra -el debate sobre Siria, el cierre del gobierno- y eso oscurece todos los demás asuntos, una de las cuestiones más importantes en la vida de Estados Unidos hoy por hoy es la crisis de identidad de la educación superior, la búsqueda de lo que debe de llevar a cabo, a quién debe de servir y cómo debe de ajustarse o no. Es muy probable que nuestra competitividad global dependa de las respuestas a esas preguntas.

Y si piensa que ya somos competitivos tal como estamos, entonces vea los resultados de otra encuesta, publicada la semana pasada por la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico. Este estudio midió las habilidades de los estadounidenses de 16 a 65 años de edad y encontró que en gran medida carecen de conocimientos de matemáticas, tecnología y literatura, en comparación de sus equivalentes en Japón y los países del norte de Europa.

De los 23 países que evaluó la organización, Estados Unidos no estuvo ni siquiera cerca de los primeros lugares. Estuvo más bien hacia el fondo, especialmente con sus jóvenes adultos, de un desempeño mediocre. Este preocupante estado de cosas es el reflejo de una brecha educativa que hemos lamentado desde hace tiempo. Es una extrapolación, en verdad. Si estudiamos poco acabamos sabiendo más poco.

"Las políticas de estudios superiores necesitan centrarse no sólo en la accesibilidad sino también en la calidad y el éxito", afirmó Michael Dannenberg, director de políticas de estudios superiores del Fondo de Educación, cuando la semana pasada le pregunté cuál era la moraleja de la encuesta de habilidades. Agregó que si bien el índice de graduación es un aspecto del éxito, "no es toda la historia".

En cualquier otro momento esta encuesta hubiera recibido mayor atención, pero el disfuncionamiento de Washington le roba el oxígeno a todas las demás discusiones. No se puede abordar el tema de la educación o la inmigración cuando estamos todo el tiempo aprobando medidas de emergencia.

El aumento de las colegiaturas, el agobiador peso de las deudas de los estudiantes y el persistente y alto índice de desempleo han hecho que educadores, políticos y otras figuras interesadas analicen e implementen métodos para que la universidad sea menos onerosa financieramente, en parte acortando el tiempo que requiere el estudiante para obtener su título.

Después de todo, las estadísticas apuntan a que un diploma universitario es el mejor amuleto contra el desempleo y el camino más seguro hacia un buen ingreso.

Y el gobierno de Obama, hay que darle el crédito, ha dejado en claro en sus propuestas recientes que no debe de pasarse por alto en este proceso la efectividad mensurable de las escuelas.

Eso fue una parte importante de la nueva política educativa que delineó en agosto, de la que Dannenberg dijo que eran "pasos pequeños" pero positivos en la dirección indicada.

Pero incluir el ingreso de los graduados como uno de los parámetros de la efectividad corresponde a una tendencia mayor, que consiste en ver a las universidades en términos pecuniarios y que fácilmente podría caer en exageraciones.

Preparar a los estudiantes para una carrera inmediata y darles las herramientas intelectuales que les servirán a lo largo de toda su vida no necesariamente son la misma cosa. Además, en muchos Estados y en muchas universidades el vigoroso impulso de inflar las inscripciones y arrear a los estudiantes hacia determinados programas amenaza con convertir a las universidades en meras escuelas técnicas.
 
"La noción es convertir la educación superior en capacitación laboral", me dijo en tono reprobatorio Bruce Ackerman, profesor de derecho y ciencias políticas en Yale. Esa sensación, agregó, fue perceptible en las recientes observaciones de Obama, de que sería prudente acortar la escuela de derecho de tres a dos años.

Ackerman agregó que cuando se considera también la proliferación de cursos on line para estudiantes desfavorecidos se empieza a ver lo que fácilmente podría llegar a ser un panorama universitario con demasiados niveles y muy incongruente, con "unas cuantas súper estrellas y luego un montón de sistemas educativos pretensiosos", que no son para nada constructivos.
Estamos en un lugar engañoso y preocupante.

En un momento en el que está profundamente en duda la capacidad de nuestro país de abordar problemas de política complicados debemos de salir airosos con un delicado acto de equilibrio. Debemos hacer que la universidad sea práctica pero no en exceso. Reducir sus costos sin rebajar sus normas y aumentar el número de títulos obtenidos sin que por eso disminuya no solo su valor en el mercado de trabajo, sino también la efectividad de la fuerza laboral del país en un mundo despiadado.

"Nuestra ventaja económica ha sido tener un alto nivel de capacitación, ser grandes y ser más flexibles que otras economías, así como atraer la mano de obra más calificada de otros países", comentó la semana pasada Anthony P. Carnevale, director del Centro de Educación y Fuerza Laboral de la Universidad de Georgetown a Richard Pérez Peña de The New York Times en un artículo sobre la reciente encuesta de habilidades. "Pero esa ventaja se está perdiendo."

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