El Ministerio de Economía publicó un estudio sobre las devaluaciones relevantes que sufrió la economía argentina desde la década del 50 en adelante. Sus autores son Esteban Bertuccio, Juan Manuel Telechea y Pablo Wahren.
El Ministerio de Economía publicó un estudio sobre las devaluaciones relevantes que sufrió la economía argentina desde la década del 50 en adelante. Sus autores son Esteban Bertuccio, Juan Manuel Telechea y Pablo Wahren.
Una de las principales conclusiones del trabajo, que se puede encontrar en la página web del Ministerio, es que, en general, “la devaluación fue eficaz para equilibrar las cuentas externas. Sin embargo, lejos de resolver los problemas de fondo detrás de la escasez de divisas, esta mejoría, siempre transitoria, se produjo a partir de la retracción del Producto Bruto Interno (PBI) que indujo a una menor demanda de bienes importados”.
A su vez, al encarecer el costo de los bienes transables con el exterior, la devaluación “generó incrementos de precios que actuaron en detrimento de los ingresos de los sectores asalariados, induciendo parte del ajuste externo por la vía de una menor actividad económica”.
Más adelante, el estudio agrega que “los episodios de devaluación súbita han sido traumáticos y han generado consecuencias negativas para los sectores asalariados y, por esta vía, sobre la actividad económica”. Señala que las devaluaciones que predominaron en la historia argentina reciente, “tuvieron tres características”: se produjeron luego de largos períodos de acumulación de desequilibrios externos, comerciales al principio y más tarde financieros; “no tuvieron en cuenta sus consecuencias sobre los salarios y la distribución del ingreso y, en general, no fueron compensadas por políticas progresivas” y no lograron corregir los problemas estructurales de la economía argentina.
Este estudio fue elaborado antes de la brusca devaluación del peso en enero de 2014. Por eso ahora el interrogante que surge es justamente si las conclusiones de las devaluaciones anteriores no llevan a inferir que también en esta ocasión la devaluación podría mejorar la balanza comercial, por el encarecimiento de las importaciones, pero tendrá un impacto negativo sobre la actividad económica, sobre los precios y sobre los ingresos de los trabajadores y jubilados.
Esto ya se está viendo en la inflación ascendente, mientras se busca que las paritarias tengan un techo que asegure una caída del salario real (caso docente), en tanto la producción industrial y otras actividades vienen mostrando índices negativos.
Es que el objetivo de toda devaluación es disminuir el valor de la fuerza de trabajo y los costos en general, licuar el gasto público asociado a salarios y jubilaciones y, en el caso argentino, reducir la factura de subsidios, lo que implica también un menor poder adquisitivo de trabajadores, jubilados y clase media. Por ese mecanismo se busca generar divisas para afrontar los vencimientos de deuda y retomar más adelante el ciclo económico sobre la base del abaratamiento de los “costos argentinos”.
El estudio señala que las devaluaciones de 1955 a 1975 estuvieron impulsadas por crisis en el comercio exterior y que las de 1976-2002 se debieron a las recurrentes crisis financieras, motivadas por la acumulación de deuda externa, tanto pública como privada. “Como factor común, la insuficiencia de divisas atraviesa ambos períodos”.
En la situación actual, la escasez de divisas se debe a la enorme factura importadora, tanto por energía como por autos y electrodomésticos, al creciente déficit fiscal y a la crisis de financiamiento interno y externo. Argentina tiene déficit en las cuentas externas, pérdida de reservas con “cepo cambiario”, déficit fiscal aun con el auxilio emisor del Banco Central.
Para pagar la deuda externa y el rojo fiscal, el Tesoro Nacional se “apropió” de las reservas y de la emisión del Banco Central y dio mayor impulso a una inflación que se realimenta ahora de la mayor devaluación del peso, del fuerte incremento de la tasa de interés y del alza mensual de los precios de los combustibles.
Muchas de las devaluaciones anteriores fueron seguidas de otras porque generaron toda suerte de bicicletas financieras y dispararon de tal manera la inflación que, en pocas semanas, quedaron absorbidos los efectos de la primera depreciación del peso. Las subas de los precios de enero y febrero y los que se están sintiendo en marzo, ya absorbieron buena parte de la reciente devaluación, cuando aún falta que se firmen la gran mayoría de las paritarias.
Éste es el desafío del equipo económico que todavía tiene pendiente en su agenda arreglar algún mecanismo de pago al Club de París, resolver el tema de los fondos buitre, acordar con el FMI, ajustar las tarifas de servicios públicos, pagar casi U$S 4.000 millones del cupón PBI, y esperar que, con estas muestras de “buen comportamiento”, se destraben créditos externos.