Hay quienes piensan que cosificamos al sujeto cuando afirmamos que la mente humana puede reprogramarse, ser modificada, quitarle los esquemas mentales negativos que impiden el éxito y producir otros nuevos, favorables a la concreción de los deseos positivos de vida de cada individuo. O sea que sostener que una persona puede transformarse es sinónimo de convertirlo en cosa, en objeto; algo así como una piedra o -mejor aún- un mueble susceptible de ser producido en serie.
Obviamente este gran error es producto de un análisis superficial que ha impedido -a quienes afirman tal cosificación- entender cuál es la verdadera esencia de la condición humana. El individuo está realmente transformado en objeto (cosificado) cuando no puede rebelarse a su condición de atrapado, atado, limitado por fuerzas que le son ajenas. Eso y no otra cosa es a lo que nos referimos cuando usamos el término “sujeto”. Sujeto es quien no se encuentra en condiciones para adueñarse de sus actos, puesto que está privado de movimiento: se encuentra atrapado por algo.
En nuestro trabajo de creación de pensamiento positivo y desarrollo del poder mental, lo que nosotros buscamos es que cada persona salga de esa condición de sujetado, respondiendo para ello a su condición de único e irrepetible. Para lograrlo cada uno necesita generar sus propios esquemas de pensamiento originales, que le resulten útiles en el desarrollo de aquellas potencialidades que usualmente se encuentran en estado de latencia.
El entrenamiento en reprogramación psíquica -comúnmente llamado “control mental”- permite a quien lo practica crear un pensamiento nuevo y positivo acorde con el libre albedrío que nos fue otorgado.
La cosificación del individuo, transformándolo así en “sujeto” (limitado, agarrado, atado) acontece cuando se persigue reducirlo a su aspecto animal; esto es el imperio de lo instintivo; negándole su particular dimensión espiritual, intelectual y creativa que brinda singularidad a la especie humana en la Tierra.
Obviamente que, para quien no se adentró en estos temas y por ende no los practica, desconociendo además sus resultados concretos y la enorme cantidad de trabajos científicos existentes al respecto, la cuestión ha de aparecer como digna de literatura de ficción. Pero no es así. Los esquemas de pensamiento pueden -afortunadamente- modificarse. Requiere entrenamiento, esfuerzo, dedicación perseverancia. Es cierto.
Como todo lo bueno no es fácil ni inmediato sino producto de un proceso que requiere su esfuerzo y dedicación personal. Pero en esto radica la clave de la condición humana. Nadie “es así” definitivamente. Si uno en verdad se lo propone, puede modificar hábitos nocivos dando lugar a otros benéficos. Si el interés es real la persona consigue aprovechar aquellos dones con que la vida lo ha dotado. Puesto que por más difícil que sea una situación todo problema tiene un aspecto positivo que, haciendo uso adecuado de la inteligencia, servirá para crecer.
El tema no es vivir sin problemas, cosa que sería imposible. De lo que se trata es de contar con la capacidad para resolverlos favorablemente. Porque, precisamente, tales adversidades son las que nos permiten -en la medida que tengamos la capacidad de superarlas- convertirnos en mejores personas.
El “genio de la lámpara” que nos lleve a cumplir deseos y solucionar problemas hay que buscarlo en el interior de nosotros mismos. Vive en el psiquismo de cada uno esperando que tengamos el valor para enfrentar el desafío que implica la búsqueda de originalidad.
La descosificación es el armonioso imperio de las diferencias. O lo que es lo mismo, el esencial despliegue de la condición humana.