Es sabido que desde que apareció el primer caso de Coronavirus en la ciudad de Wuhan, China, en noviembre pasado, la crisis desatada no tiene dimensiones claras hasta la fecha. No sabemos hasta dónde puede sumar contagios, muertes o secuelas a largo plazo en la salud de la población. Tampoco conocemos la profundidad que alcanzará la caída de la economía mundial. La reacción de los Gobiernos se ha mostrado en diferentes direcciones. En un principio, la discusión parecía reducida a “salud vs. economía”, como si fueran dos opciones distintas.
Día a día, con el correr de los casos confirmados y la mortalidad, la dicotomía se diluyó. Reducir el fenómeno a ganar o perder es ilusorio. El presente parecería estar planteando cuánto estamos dispuestos a perder. Los países que optaron por cuarentenas blandas y discrecionales, con la aparente finalidad de mantener su desempeño económico, han tenido que afrontar colapsos en sus sistemas de salud, acompañados de fuertes malestares sociales, lo que los llevó a adoptar los aislamientos preventivos con el problema ya instalado.
La sincronicidad que implica tomar decisiones en un contexto cambiante, es un gran problema ante lo vertiginoso de los sucesos en esta pandemia, de la que, a esta altura de la soirée, nadie ha podido escapar.
Los efectos esperados
La economía de la provincia ha tenido una caída promedio anual del 1,1%, entre 2016 y 2018, en términos reales. El Producto Bruto Geográfico (PBG) cayó en 2019 por lo menos ente un 1,5% y un 2,9% según las estimaciones públicas y privadas.
El sector comercio, restaurantes y hoteles es el de mayor participación del PBG, aportando cerca de un 23% de lo que producimos los mendocinos en un año. El crecimiento de éste, entre 1991 y 2018, fue del 5,4% en promedio. El valor de producción del comercio y turismo de Mendoza cayó un 2,6% entre 2016 y 2018, teniendo un dólar competitivo para el turismo receptivo. Esto viene claramente asociado a la pérdida de poder adquisitivo que resintió nuestra actividad comercial. El turismo es uno de los sectores más golpeados por la pandemia a nivel mundial y con expectativas de una prolongada recesión, por lo que es de esperar que la producción de Mendoza no repunte, en el mediano plazo.
No veníamos nada bien. La producción, en caída sostenida por cuatro años. Los precios aumentaron, devorando el poder adquisitivo. La inflación es un fenómeno que reaparece en la economía argentina desde 2001, aproximadamente, con altos y bajos, pero las tasas se aceleran bruscamente entre 2016 y 2019 con un acumulado en ese período del 293%. El desempleo en Mendoza pasó del 3,2%, en 2016, a 7,3% en 2019.
¿Política económica o social?
Las tres principales variables objetivo de la política económica no presentaban signos alentadores. Si sumamos a este análisis las trayectorias de variables secundarias como tasa de interés, tipo de cambio, saldo del comercio internacional, niveles de endeudamiento, el panorama no era más esperanzador.
Tanto la Nación como Mendoza con rapidez elevaron su stock de deuda. Por su parte el gobierno de Alfredo Cornejo aumentó un 400% el stock de deuda consolidada, y la porción de la deuda en moneda extranjera pasó de un 38% a un 60%, con lo cual cada vez que había un salto del tipo de cambio, la deuda de los mendocinos se hacía mayor.
El pago de servicios de la deuda reclama mayores ingresos fiscales, los cuales también se ven consumidos por la inflación, diezmando el poder adquisitivo de las erogaciones. Estos procesos han tenido como consecuencia cada vez más personas bajo la línea de pobreza e indigencia, sobre todo afectando a las mujeres y los niños menores de 14 años, impactando de lleno en sus trayectorias de vida, al vulnerar sus accesos efectivos a la alimentación, salud y educación.
A nivel nacional y provincial se emprendió un camino de destrucción del recurso más preciado de una economía: su mano de obra, o, mejor dicho, sus ciudadanos. Veníamos mal ¿y ahora? Esta situación no es ideológica, no responde a una elección de paradigma político. Le tocó, a Mendoza, a la Argentina y a todo el mundo.
¿Cómo se sale? ¿Qué tan rápido se vuelve a reactivar la economía? ¿Por dónde se empieza? Las recetas de menor gasto y menos Estado no han rendido los efectos prometidos. Hace décadas que esperamos el famoso derrame que se dará como consecuencia de la austeridad fiscal. El ensayo demostró nuevamente que la receta no sirve.
Esta crisis nos ha vuelto mejores; está reconciliando las opiniones de los referentes de las distintas escuelas y corrientes de pensamiento económico. El FMI respalda al país en su negociación con tenedores privados de deuda. La opinión internacional replantea nuevas formas de cooperación internacional y reconoce la necesidad de que los Estados tomen roles activos en el sostenimiento de sus estructuras de salud y otros aspectos de la política social.
Esta pandemia nos enfrenta con un problema histórico: la desigualdad. Hasta Edmund Phelps, economista ganador del Premio Nobel en 2006, reconoce que “es momento de discutir mundialmente el impuesto a la riqueza”. Tal vez no estemos de acuerdo en todo, todo el tiempo, pero, por lo pronto, reconocemos que las naciones necesitan de sus Estados para desarrollarse y, por ahora, para enfrentar la pandemia.