Andábamos como Tarzán en bolas y sin documento poblando todos los lugares de ese lugar que entonces no tenía nombre, América se llamó mucho después, cuando el cartógrafo alemán Martin Waltzemuller, que editó en 1507 el mapa general del mundo, llamó a esta zona América en homenaje a Américo Vespucio y así nació la cuestión que hoy nos sostiene.
La historia es larga y tremenda, fueron muchos años de tratar de sobrevivir en una tierra generosa para algunos y terrible para otros, pero fuimos haciéndonos, grano por grano, gota por gota. Recorríamos las planicies que no conocían de mapas ni de fronteras y a veces nos juntábamos para hacernos mejores.
Nosotros bien, habíamos formados varios pueblos, algunos de significativa importancia como los Incas en el Perú, o como los Aztecas y los Mayas en Mesoamérica, y otro montón que se las arreglaban como podían para subsistir. Pero lo logramos. Teníamos nuestros problemas pero los resolvíamos a lanza y flecha y algunos pareceres distintos entre comunidades, que mantuvieron una rivalidad notoria. Más, dentro de todo, estábamos tranquilos.
Hasta que llegaron los hombres del mar. La avanzada de los europeos que primero nos descubrieron sin sospecharlo y después supusieron que era ésta una tierra donde el oro crecía como la chipica y se pusieron a buscar oro por todos lados.
Vinieron y nos hicieron repelotita, nos dejaron su cultura y sus idiomas y nos usaron como mano de obra para sus ambiciones. El mundo no recuerda un genocidio más grande que el que ellos cometieron con los habitantes de este lugar nuevo para ellos.
Y vivimos durante muchos años bajo el mandato de Reyes que nunca bajaron a América y que resolvían la vida y la muerte en ampulosos escritorios de ampulosos castillos.
Hasta que surgió de las mentes iluminadas de aquella época el deseo de libertad. Y se la jugaron los machos, enfrentaron a una de las potencias más grandes de la humanidad con la escasez de recursos que había por estos lados.
Entonces surgieron los nombres salvadores: San Martín, Bolívar, O'Higgins, Artigas y una gran cantidad de patriotas más que hicieron todo lo posible porque esta región volviese a ser propiedad de los que la habitaban.
A ellos se les llamó Libertadores de América y muchos años después impulsados por un deporte que apasionó a los americanos llamamos con ese nombre al trofeo máximo que podía conseguirse jugando al fútbol.
Pues terminamos de tirar todo por la borda, aunque ahora andemos en avión, todo lo que construyeron nuestros héroes. Por circunstancias que son de público conocimiento el partido final de la Copa Libertadores de América se va a jugar en España.
Nada menos que en España de la cual nos liberamos después de duros lances en sangrientas luchas. Aparece como una paradoja. Es como si en Inglaterra se jugara la final del Tercer Reich, un contrasentido realmente de envergadura.
Pero así ha de ocurrir, alguno de los participantes, si no tengo mal entendido son dos, levantará la copa en un estadio madrileño y rendirá honores a los que nos libertaron de España.
Como les ocurrió a muchos libertadores americanos esta es una circunstancia que se dirime en el exilio.
Deberían cambiarle el nombre, la copa debería llamarse Conquistadores de América, entonces todo estaría más ajustado a la realidad histórica.
El fútbol da para todo, inclusive para faltarle el respeto a lo que ocurrió en el pasado.