15 de junio de 2014 - 00:00

Con amigos como Boudou, ¿quién necesita enemigos?

Así como el gran novelista Osvaldo Soriano escribió su recordada novela “No habrá más penas ni olvido”, en la que los peronistas de los años 70 se traicionaban y se mataban entre ellos, si hoy viviera podría escribir un segundo tomo llamado “La novela de

La historia que cuenta “No habrá más penas ni olvido”, la magnífica novela de Osvaldo Soriano adaptada al cine por Héctor Olivera y Roberto Cossa, ocurre en un pequeño pueblito -Colonia Vela- durante la última presidencia de Perón.

El delegado municipal es acusado por la derecha peronista de infiltrado en el movimiento. Pero como el funcionario se resiste a dejar el puesto, el intendente Guglielmini trae a un grupo de matones para expulsar al delegado y al resto de los “subversivos”.

Lo que ocurre es una masacre en la que unos y otros se matan entre sí al grito de “Viva Perón”. Al final de la historia, el intendente se da cuenta de que en Buenos Aires lo acusarán a él de ser el responsable de tamaño baño de sangre, entonces le pide al presidente del PJ local, un tal Suprino, que se haga responsable de las muertes porque, argumenta, “primero está la patria, luego el movimiento y por último los hombres”. Entonces Suprino, al ver cómo su superior lo quiere traicionar, le pasa con la camioneta por arriba.

La historia se repite, primero como tragedia, segundo como farsa. Un drama similar está aconteciendo en el peronismo kirchnerista por estos días, pero con otra densidad histórica, más historietística: lo de Colonia Vela, y en general todo lo que pasó en el peronismo de los 70, fue una tragedia, mientras que lo que hoy ocurre es una farsa.

Para narrar los acontecimientos de los 70, Osvaldo Soriano enfoca su novela como una comedia dramática, vale decir se ríe para no llorar. Hoy, de re-escribir su historia adaptándola al presente, solamente se reiría.

Como el lector deducirá, esa novela a reescribir es la de Amado Boudou, cuya historia hasta ahora cumple inexorablemente -como si en la Argentina el tiempo fuera circular- los mismos contenidos que los de “No habrá más penas ni olvido”. Veamos.

Después del patético escándalo que el Vicepresidente y sus amigos de juerga marplatenses armaron con Ciccone, la fábrica de hacer billetes, ahora Amado ha tomado la decisión, como el intendente Guglielmini, de considerar su Suprino al “nariga” José María Núñez Carmona, transformarlo en el chivo expiatorio de lo que ambos están imputados.

Para eso decidió acusarlo de ser un amigo traicionero que se cortó solo ante la ignorancia inocente del Vice. Se ignora si Boudou le pidió al nariga que se entregara para salvar la patria y el movimiento, como hizo Guglielmini con Suprino, o si directamente lo entregó sin avisarle. Pero en un caso u otro falta aún el capítulo final del culebrón: ver si Núñez Carmona lo pasa por encima al Amado con su camioneta o si éste se termina salvando de la venganza del ex amigo despechado.

Lo cierto es que el Vicepresidente ha hecho un vuelco trascendental en su defensa. Antes, todo el affaire Ciccone era sólo un invento de los medios concentrados, o sea que no existía más que en la imaginación de los conspiradores de siempre. En cambio, ahora, aunque la prensa canalla siga acicateando el tema, el delito parece que existía de verdad, sólo que él no tiene nada que ver. Entonces aparecen un montón que sí tienen que ver.

El asunto es difícil de entender, pero intentémoslo. Veamos de qué modo pretende  Boudou contar la historia.

La novela de Amado. Parece que como Eduardo Duhalde se quería quedar con la fabricación de moneda (en un país con la inflación que tenemos, fabricar billetes es más redituable que ser propietario de esos billetes) alguien de muy arriba le dio al Amado Boudou, cuando era ministro, la misión estratégica de abortar la intentona duhaldista (en la que parece que Daniel Scioli tenía y tiene algo que ver a través de una empresa competidora de Ciccone).

Como Amado tenía mucho que hacer en tanto ministro de Economía, le dijo a su amigo Núñez Carmona que lo ayudara con el encargo, pero éste allí nomás lo traicionó y se alió con los Ciccone y con Raúl Moneta para quedarse ellos con la fábrica en vez de simplemente impedir que los duhalde-sciolistas se impusieran en el negociado.

Así, mientras Boudou peleaba denodadamente en Europa y EEUU para defender los intereses nacionales contra las intereses imperiales y del FMI, su mejor amigo contrataba a un desconocido llamado Alejandro Vandenbroele y lo ponía al frente de una empresa que en realidad era un sello de papel a partir del cual Moneta le prestaría la plata a los Ciccone para recuperar la misma empresa que habían quebrado. Mientras Boudou creía que su amigo estaba peleando contra la fábrica impresora duhaldista, el infiel del nariga se hacía de una fábrica propia convirtiendo las sanas intenciones políticas del Amado en una trapisonda financiera a espaldas del buenudo y confiado ministro.

Desesperado, cuando Boudou descubrió la tramoya habló con la Presidenta y entre ambos decidieron eliminar de raíz la maniobra de Núñez, Moneta y Ciccone estatizando la fábrica y de ese modo confiscarle otra propiedad a las corporaciones y devolverla al seno del pueblo. No sin antes sacarse de un plumazo de encima al primer juez, al primer fiscal y al primer procurador que investigaban el tema, porque parece que los tres también respondían a la runfla traicionera.

Y entonces todo volvió a la normalidad, ahora los billetes serían nacionales y populares y los villanos fueron derrotados.

Cuando un amigo se va, pasa a ser el chivo expiatorio. No es que el Vicepresidente haya declarado este novelón esta semana ante el juez, porque si no, de un modo u otro, se implicaría. En lo formal él sigue insistiendo con que jamás tuvo nada que ver con el affaire, pero tanto en su indagatoria como en la entrevista que concedió a TN, buscó insinuar subliminalmente que así ocurrieron las cosas, como las contamos en esta nota.

Es que al verificar que la existencia de la estafa por la cual se hizo quebrar y luego se salvó de la quiebra a la misma empresa mediante una combinatoria entre intereses privados y negociados de funcionarios públicos, ya había sido completamente probada por el juez, el Amado decidió dejar de negar el delito pero endilgárselo a otros. Para eso deberá probar que fue víctima de una gran traición orquestada contra él por sus propios amigos.

Estamos frente a un material que en manos de Osvaldo Soriano hubiera dado lugar a una gran novela a través de la cual mostrar las miserias de estos tiempos y estos tipos tan venales.

Lo cierto es que por ahora, mientras las cosas no se sigan complicando aún más (lo cual es harto previsible), los culpables a que el Vicepresidente busca endilgar su probable responsabilidad en el ilícito son su mejor amigo que ya no lo es más y un empresario incapacitado siquiera de poder hablar, debido a una grave enfermedad.

En síntesis, por el momento Amado Boudou busca salvarse culpando a alguien que está por debajo de él y a un empresario que no puede defenderse, pero ese es sólo el comienzo. Nuestro Guglielmini de los años 2000 le está insinuando al poder en serio que la rueda de la traición puede cambiar de rumbo y así como ahora se dirige hacia abajo y hacia el costado, muy bien mañana puede ir hacia arriba. O sea que habrá penas y no habrá olvido.

Por Carlos Salvador La Rosa - [email protected]

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