15 de noviembre de 2013 - 22:41

El complot contra Francia

El viernes 8, Standard & Poor's, la calificadora de bonos, bajó de categoría a Francia. La medida llegó a los titulares de los diarios en muchos artículos que sugieren que Francia está en crisis. Sin embargo, los mercados bostezaron: los costos de los créditos franceses, casi en niveles históricamente bajos, apenas si se movieron.

Entonces, ¿qué está pasando? La respuesta es que es necesario ver la acción de S&P en el contexto más general de la política de austeridad fiscal. Y sí, me refiero a la política, no a la economía.

Ya que la conspiración en contra de Francia -estoy siendo algo irónico, pero, de hecho, hay muchas personas tratando de ponerla en mal- es una clara demostración de que en Europa, como en Estados Unidos, realmente no les importan los déficits a los regañones fiscales. Más bien, usan los temores sobre la deuda para impulsar una agenda ideológica. Y Francia, que se niega a seguirles el juego, se ha convertido en el blanco de una incesante propaganda negativa.

Les daré una idea de qué estamos hablando. Hace un año, la revista The Economist declaró a Francia “la bomba de tiempo en el corazón de Europa”, con problemas que podrían empequeñecer a los de Grecia, España, Portugal e Italia. En enero de 2013, el editor especial sénior de CNN Money, declaró que Francia estaba “en caída libre”, un país “que se dirige hacia una Bastilla económica”. Se pueden encontrar opiniones parecidas en todas las gacetas sobre economía.

Dada tal retórica, uno se acerca a los datos franceses esperando ver lo peor. En cambio, lo que se encuentra es un país que experimenta dificultades económicas -¿quién no?- pero en general con un desempeño tan bueno o mejor que el de la mayoría de sus vecinos, con la gran excepción, hay que reconocerlo, de Alemania. El crecimiento francés reciente ha sido muy lento, pero mucho mejor que el de, por decir, los Países Bajos, todavía con calificación AAA.

Según estimaciones estándar, los trabajadores franceses fueron, de hecho, un poco más productivos que sus contrapartes alemanas hace una docena de años, y, adivinen qué, lo siguen siendo.

Entre tanto, es claro que las perspectivas fiscales francesas no parecen ser alarmantes. El déficit presupuestario ha caído drásticamente desde 2010 y el Fondo Monetario Internacional espera que la proporción de la deuda en relación al PIB sea más o menos estable en los próximos cinco años.

¿Qué hay de la carga de más largo plazo de la población que envejece? Es un problema en Francia, como lo es en todos los países acaudalados. Sin embargo, Francia tiene una tasa de natalidad más alta que la de la mayoría de Europa -en parte, debido a los programas gubernamentales que alientan los nacimientos y les facilitan la vida a las madres que trabajan- de tal forma que sus proyecciones demográficas son mucho mejores que las de sus vecinos, incluida Alemania.

Entre tanto, el asombroso sistema de atención de la salud en Francia, que proporciona alta calidad a bajo costo, va a ser una enorme ventaja fiscal más adelante.

Según las cantidades, entonces, es difícil ver por qué Francia merece cualquier oprobio en particular. De nuevo: ¿qué está pasando?

Va una pista: hace dos meses, Olli Rehn, el comisionado para asuntos económicos y monetarios de Europa -y uno de los principales promotores detrás de las duras políticas de austeridad- desestimó la aparentemente ejemplar política fiscal de Francia.

¿Por qué? Porque está basada en incrementos en los impuestos en lugar de en el recorte del gasto; y los aumentos fiscales, declaró, “destruirían el crecimiento y perjudicarían la creación de empleos”.

En otras palabras, no importa lo que dije sobre la disciplina fiscal, se supone que deberías estar desmantelando la red de seguridad.

La explicación de S&P para bajar la calificación, aunque planteada con menor claridad, se resume en lo mismo: se le estaba bajando la calificación a Francia porque “es poco probable que el enfoque actual del gobierno francés a las reformas presupuestarias y estructurales, al sistema tributario, así como a los productos, servicios y mercados laborales, incremente sustancialmente las perspectivas de crecimiento a mediano plazo de Francia”. De nuevo, no importan los números presupuestarios sino ¿dónde están los recortes fiscales y la desregulación?

Se podría pensar que Rehn y S&P basaban sus exigencias en evidencia sólida de que los recortes al gasto son, de hecho, mejores para la economía que los incrementos fiscales. Sin embargo, no es así. De hecho, una investigación en el FMI indica que cuando se trata de reducir los déficits en una recesión, lo contrario es cierto: incrementos temporales en los impuestos dañan mucho menos que los recortes al gasto.

Oh, y, cuando la gente empieza a hablar de las maravillas de “las reformas estructurales”, hay que tomarlo con muchísima sal. Principalmente, se trata de una frase en clave para referirse a la desregulación y la evidencia sobre las virtudes de ella es, sin duda, ambigua. Hay que recordar que Irlanda recibió muchos elogios por sus reformas estructurales en los 1990 y 2000; George Osborne, hoy canciller del Erario de Gran Bretaña, las calificó de “ejemplo brillante” en 2006. ¿Cuál fue el resultado de eso?

Si todo esto les resulta conocido a los lectores estadounidenses, así debería ser. Los regañones fiscales en Estados Unidos, casi invariablemente, resultan estar muchísimo más interesados en recortar a Medicare y la Seguridad Social que en realmente reducir los déficits.

Los austeros de Europa se están revelando como lo mismo en gran medida. Francia cometió el pecado imperdonable de ser fiscalmente responsable, sin infligir dolor a los pobres y desafortunados. Y debe recibir un castigo.

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