"Pedimos que no titulen con tarifazo o ajuste..." lanzó con rostro circunspecto y a la vez desafiante el joven ocupante del palacio de Hacienda. Capitanich utilizó su habitual maraña de palabras para decir lo mismo y, en la coronación de una deliberadamente torcida interpretación de lo hecho, fue la Presidenta de la Nación quien, en tono admonitorio y por cadena nacional, dijo: "Esto no tiene nada que ver con un tarifazo, tiene que ver con la equidad".
¿Será ésa la impresión que tendrán las familias cuando comiencen a recibir las facturas que llegarán entre dos y cuatro veces más altas que las actuales? En poco tiempo más deberán agregarse los incrementos que habrá en el servicio eléctrico, donde también los subsidios indiscriminados han distorsionado los valores y costos reales del suministro.
En esta desvirtuación del verdadero sentido de las palabras, el término "ajuste" ha sido demonizado como símbolo del capitalismo salvaje que pretende hacer pagar a los más débiles lo que deberían pagar los poderosos. Hay, sin embargo, una interpretación más simple y directa, menos cargada de ideología y poco utilizada: ajuste es lo contrario a desajuste. O, lo que es lo mismo, el reconocimiento de que algo se estaba haciendo mal y fue necesario corregirlo.
Al margen de esta digresión sobre el significado de las palabras, lo cierto es que desde lo alto de su soberbia el Gobierno no asume una cosa ni la otra. No acepta que serán los más débiles los que deberán pagar más, ni tampoco el error de haber instrumentado un sistema injusto de subsidios masivos, que le dio réditos políticos pero con un alto costo para la economía del país. Era esperable que más temprano que tarde llegara el día en el que la distancia entre lo imaginario y lo real comenzara a acortarse.
Acercarse a lo real por necesidad y no por convencimiento, llevó al Gobierno a modificar el sistema para determinar el índice de precios que mide la inflación. También reconocer que no era cierto que la economía había crecido el año pasado cerca del 5 sino el 3 por ciento, y de ese modo no tener que pagar 3.621 millones de dólares a los tenedores de bonos ajustables. "Con el tarifazo por la quita de subsidios, con admitir que la inflación es alta, y con menos crecimiento del que se proclamaba, el Gobierno está cometiendo un sincericidio", reconoce un ex ministro kirchnerista que aún no se ha pasado a la oposición.
Este nuevo escenario, que incluye otros factores de desgaste como la inseguridad, el aumento de la pobreza, o la falta de ejecutividad del Gobierno en el caso de las huelgas docentes en siete provincias, tiene consecuencias políticas que están a la vista: el aumento del malhumor social y una inquietud gremial que anticipa un mes de abril cargado de conflictos.
Alejamientos
"El mejor convocante al paro general del jueves 10 es el Gobierno", sostiene Hugo Moyano, al que todos los días le llegan nuevas adhesiones de dirigentes que por ahora, y sólo por ahora, se mantienen en la central obrera oficialista que encabeza Antonio Caló. El metalúrgico acaba de cerrar un acuerdo en paritarias que redondea un 29,5 por ciento de incremento salarial que se convertirá en el piso de las negociaciones de otros gremios.
Aun admitiendo que el Gobierno "está haciendo lo que tiene que hacer" para llegar con cierta tranquilidad al final del mandato de Cristina, el peronismo no kirchnerista sigue poniendo distancias y busca metodologías de acción que no dependan de la voluntad o los caprichos de la Presidenta. Luego de la fallida experiencia de la reciente reunión de gobernadores, en la que irrumpió el secretario Legal y Técnico Carlos Zannini, varios mandatarios han vuelto a comunicarse para intentar otros caminos.
Uno de ellos lo dice claramente aunque en forma reservada y sin demasiados detalles: "Ha llegado el momento de marcar diferencias". Lo hace justo ahora, cuando ella confiesa que se siente "la madre de todos los argentinos".