Cada ser humano cumple un destino, llena una función en la vida, está al servicio de una causa; para algunos, la felicidad se viste de bienes materiales; para otros, a la inversa, se encuentra en la entrega permanente, en la dádiva, en el prodigarse en beneficio del que más lo necesita. Muchos nacen para la ciencia y la búsqueda; otros, para el arte y la creación de belleza; algunos, para la educación de las vidas jóvenes; pero unos pocos son elegidos para ejecutar más de un destino porque aúnan en sí dos o más de esos roles: Ricardo Perotti, el conocido Profesor Perotti, fue uno de ellos porque vivió entregándose, prodigándose hacia los seres que aprendieron con él a gustar de la belleza de la música… Docente de alma, sus días empezaban viendo cómo hacer gustar a niños, adolescentes y jóvenes el mensaje escondido detrás de un ritmo, en la letra de una canción, en la armonía de una obra o en la belleza de una melodía.
Quienes lo conocieron, quienes compartieron su extensa, prolongada y fructífera labor, evocan hoy su paso rápido y ágil, cargado de su guitarra, de su charango, de sus múltiples instrumentos de percusión, de sus partituras y, en los últimos tiempos en el aula, de sus videos, de su grabador, de las producciones que, en su deseo permanente de vivenciar y hacer vivenciar la música, buscaba en la red para motivar mejor su enseñanza y hablar el mismo lenguaje que sus jóvenes discípulos.
Diversificó su tarea y la llevó fuera del recinto áulico, a grupos instrumentales, pequeños o grandes, a conjuntos vocales, a coros y ensambles que multiplicaron el designio escondido tras el pensamiento "El verdadero lenguaje universal se escribe en un pentagrama y se habla con voces e instrumentos".
Infatigable en su quehacer, nunca parecía terminar en el diseño de clases atractivas, sin buscar el aplauso de nadie, simplemente anhelando lograr en las almas vírgenes el placer estético, el goce de la belleza, la conjunción de ritmo y armonía.
Cuántos recordarán su difusión del folclore, su deseo de volver a hacer cantar nuestras viejas canciones patrias, sus ansias de que todos disfrutaran en sus clases de música de la belleza de las obras y con la percepción de los mensajes encerrados en ellas.
Cuántos evocarán, también, que él educaba para la vida: con su sonrisa permanente, su voz sonora que se oía desde lejos, transmitía no solo el valor de una figura o la altura de un sonido: corregía el saludo, el modo de presentarse, las formas correctas de expresarse, sin distinciones ni discriminación alguna. Al deponer intereses individuales, los alumnos aprendían a dar lo mejor de sí mismos en beneficio del grupo: solidaridad, compañerismo, generosidad, disciplina, trabajo en equipo. Cada estudiante era un campo para sembrar y él, el sembrador incansable…
Centenares de mendocinos aprendieron de sus enseñanzas en distintos establecimientos educacionales y se beneficiaron de su paciencia, de su nobleza, de su entrega incondicional e ilimitada. Deditos todavía tiernos aprendieron con él a ejecutar obras musicales en flautas dulces, guitarras y charangos, o marcaron el ritmo en distintos instrumentos de percusión que contagiaban a ejecutantes y al público a seguir con palmas los compases de las obras interpretadas. Cada actuación de uno de sus grupos era un "con-vivio", un encuentro, una conjunción de seres aunados por los mensajes cautivos en la música.
En los últimos días de su vida, escuchaba una y otra vez la letra de la famosa canción "Los pájaros perdidos" que, escrita por Mario Trejo y musicalizada por Astor Piazzolla, prefiguraba su partida a la eternidad: "Amo los pájaros perdidos / que vuelan desde el más allá / a confundirse con un cielo / que nunca más podré recuperar. / Vuelven de nuevo los recuerdos /, las horas jóvenes que di, / y desde el mar llega un fantasma / hecho de cosas que amé y perdí./ Todo fue un sueño /, un sueño que perdimos / como perdimos los pájaros y el mar: / un sueño breve y antiguo como el tiempo / que los espejos no pueden reflejar… ".
Hoy, a pocos días de su desaparición física, a pocas horas del Día de la Música, nos quedamos con los versos finales de esta canción suya, favorita y escuchada reiteradamente: "Vuelven los pájaros nocturnos / que vuelan ciegos sobre el mar /, la noche entera es un espejo / que me devuelve tu soledad/. Soy solo un pájaro perdido /, que vuelve desde el más allá/, a confundirse con un cielo /, que nunca más podré recuperar".
Decía Horacio, el maravilloso escritor romano, en su Oda III, 30: "Exegi monumentum aere perennius" ("He levantado un monumento más duradero que el bronce"); el decir horaciano se hace patente en los centenares de estudiantes que fueron moldeados por su labor docente incansable y que hoy, dispersos por el mundo, testimonian qué prolífica y duradera fue su tarea.
Mucho más cercano en el tiempo, lo expresa de modo magistral el escritor Galeano, al comparar el quehacer humano con el fuego: "Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tanta pasión que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca se enciende".
Último adiós emocionado al maestro que supo arder la vida suya y la de los que estuvieron cerca de él con verdadera pasión y los encendió para siempre en el camino de la belleza perenne e indubitable del arte musical.