14 de septiembre de 2014 - 00:00

Cómo dirigir desde adentro

Friedman cree que si EEUU comienza a exportar el petróleo que le sobra podrá bajar los precios internacionales de dicho combustible, y con eso debilitará las pretensiones belicistas del Estado Islámico y del imperio ruso en reconstrucción.

No sé qué acción militar sería suficiente para repeler tanto al grupo militante llamado Estado Islámico como al presidente de Rusia, Vladimir Putin. Pero sí sé cuál sería necesaria. Y no es "dirigir desde atrás", concepto que no le dio resultado al presidente Barack Obama en Libia. Y tampoco se trata de dirigir una carga solitaria e impopular desde el frente, cosa que ciertamente no le funcionó el presidente George W. Bush en Irak. En realidad es cuestión de revivir la mejor estrategia estadounidense: dirigir desde adentro.

El liderazgo más efectivo en el extranjero empieza con el respeto de los demás, ganado al comprometernos a hacer en casa cosas grandiosas y difíciles que requieran la energía de todo el país, y no solo de nuestras familias militares. Así es como Estados Unidos inspira a los demás a entrar en acción.

Y la cosa que Estados Unidos necesita hacer y que tendría gran impacto es que el presidente y el Congreso levanten la prohibición autoimpuesta de exportar petróleo, lo que causaría una mella significativa en los altos precios del crudo en todo el mundo. Y combinemos eso con la tan aplazada reforma fiscal, que valore realmente nuestro ambiente y nuestra seguridad. Habría un impuesto al carbono que se compensaría totalmente reduciendo los impuestos sobre el ingreso personal, la nómina y los corporativos. Nada nos haría más fuertes ni debilitaría más a Putin y al Estado Islámico; todo al mismo tiempo.

¿Cómo es esto? Primero debemos de saber lo mucho que tienen en común Putin y el Estado Islámico. Para empezar, a los dos les gusta hacer su trabajo sucio usando máscaras pues muy en el fondo saben que lo que están haciendo es vergonzoso. El verdugo del Estado Islámico lleva una capucha. Putin miente a través de la impavidez de su rostro.

Los dos saben que sus ideas y su influencia son inaceptables por sus propios méritos, por lo que tienen que imponerlas mediante la fuerza y la intimidación: "Conviértanse al Islam o les cortamos la cabeza", dice el Estado Islámico, "Sométanse a la esfera de influencia de Rusia o los invado y arraso con su régimen", dice Putin.

Los dos están claramente motivados a emplear la fuerza por su intenso deseo de superar las humillaciones del pasado. Para Putin, es la humillación por la debilidad de Rusia a raíz del desmembramiento de la Unión Soviética en 1991, al que alguna vez llamó "la catástrofe geopolítica más grande" del siglo XX y que dejó a millones de rusos fuera del Estado ruso. Y para el Estado Islámico, es el atraso que ha dejado la modernidad a muchos países árabes e islámicos en este siglo XXI, con respecto a los índices más importantes de desarrollo humano: educación, crecimiento económico, descubrimientos científicos, alfabetización, libertad y derechos de las mujeres.

Impedir que los ucranianos ejerzan su libre voluntad es la forma que tiene Putin de mostrar la única carta que le queda a Rusia: la fuerza bruta. Decapitar a periodistas estadounidenses indefensos es la forma que tiene el Estado Islámico de decir que es tan fuerte como Estados Unidos. Los dos están buscando respeto donde no lo hay.

Tanto Putin como el Estado Islámico están empeñados en recrear un Estado de un pasado míticamente glorioso para distraer a su pueblo de su incapacidad de crear una verdadera economía. El Estado Islámico llama a esta recreación el "califato" y Putin, "Novorossiya", Nueva Rusia, como se conocía en tiempos zaristas esa región del sureste de Ucrania. Los dos están empeñados también en reescribir las reglas vigentes del sistema internacional, que ellos consideran que fueron elaboradas por Estados Unidos y Occidente para sacar provecho, en desventaja de los árabes y los rusos. Y, algo muy significativo, los dos dependen totalmente de los altos precios del petróleo y el gas para financiar su loca aventura.

La forma de derrotar a un enemigo de este tipo es actuar "loco como una cabra", asegura Andy Karsner, subsecretario de energía en el segundo gobierno de Bush y actual director ejecutivo de Manifest Energy. "Tenemos una bala que les afectaría a los dos: bajar el precio del petróleo. No creo que pudieran dedicarse de pronto a fabricar relojes electrónicos".

Estados Unidos está generando más petróleo y gas que nunca, agrega Karsner, y se trata de un mercado global. Absurdamente, el gobierno estadounidense prohíbe la exportación de crudo. "Es como si poseyéramos el banco más grande del mundo pero hubiéramos extraviado la llave de la bóveda", agregó Karsner. "Que suspendan la prohibición de exportación y que Estados Unidos influya en los precios del mercado para su propia conveniencia."

Pero eso deberá ir acompañado de una reforma fiscal que imponga una prima predecible al carbono, asegurando que nos unamos para invertir sistemáticamente en energías limpias, de modo que vayamos más allá de los combustibles fósiles, incrementemos la eficiencia y corrijamos el cambio climático. Drenar las arcas de nuestros enemigos, reforzar la seguridad, gravar el deterioro ambiental, ¿quién no estaría de acuerdo? Y si desplazamos el ingreso de los impuestos a dinero recabado por el impuesto al carbono, podremos recortar los impuestos corporativos, de nómina y personales, dar incentivos a la inversión y la contratación y desatar nuestra competitividad económica. Ésta es una estrategia que podrían apoyar tanto belicistas como pacifistas, ambientalistas y petroleros por igual.

Si el precio del crudo se desploma de 100 a solo 75 a 85 dólares por barril por levantar la prohibición, y si implementamos una reforma fiscal que revele nuestro compromiso con el crecimiento limpio, inevitablemente debilitaremos a Putin y al Estado Islámico, reforzaremos a Estados Unidos y le mostraríamos al mundo que merecemos dirigirlo pues nuevamente estamos haciendo cosas grandes y difíciles en nuestro país que nos diferencian del resto, y que no solamente estamos bombardeando países distantes y pretendiendo que eso basta para que se hagan las cosas.

¿No sería refrescante, se pregunta Karsner, que nos presentáramos en la mesa donde el mundo juega al póquer, ante Putin y el Estado Islámico, "con cuatro ases en la mano, en lugar de fanfarronear con un par de dos?"

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