De pronto, casi sin darnos cuenta, resulta que estamos en un mundo de matones. Se sabe, es ese estado de cosas donde impera el más fuerte, el que grita más, el que tiene el poder, la sartén por el mango (y el mango también). Ese estado de cosas donde no hace falta convencer o tener la razón, donde argumentar está de más. Sólo se necesita poseer la fuerza y la osadía necesarias para imponerse.
¿Y cuándo no fue así?, sería una lógica reacción al párrafo anterior y razón no les faltará a quienes lancen la pregunta. La historia del mundo podría contarse como un largo rosario de conflictos, ambiciones y violencia. Qué fueron si no el Imperio Romano, la conquista de América y las guerras mundiales del siglo XX. La historia del mundo podría contarse por los millones de víctimas que dejaron esos hechos que, ahora, leemos en los libros o en Wikipedia.
Pero en esa historia más reciente también encontramos intentos por establecer un orden mundial consensuado con la creación de organismos donde se dirimieran civilizadamente los conflictos. Una respuesta a los más de 70 millones de muertos que dejó la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) al que se considera el conflicto bélico más mortífero de la historia de la humanidad.
Así, surgieron la Organización para las Naciones Unidas (1945), la Organización de los Estados Americanos (1948) y la Unión Europea (1991). Tres casos que, al menos durante unos 70 años, podrían considerarse “de éxito” aún a despecho de conflictos focalizados fruto de la Guerra Fría en Corea (1950), Vietnam (1955), las guerrillas latinoamericanas desde mediados de 1960 y el siempre combustible Oriente Medio.
Justamente esos organismos, antes respetados y considerados, son las principales víctimas de esta nueva era de matones en la que cada vez hay menos respeto por las instituciones y las reglas acordadas en esos ámbitos. Los más poderosos parecen estar desatados, conscientes de que lo que cuenta es la fuerza bruta.
Qué ha sido sino la última invasión de Rusia a Ucrania que provocó una guerra que lleva más de dos años. O la respuesta de Israel al ataque terrorista de Hamas que ya ha causado unas 60 mil muertes en la Franja de Gaza. Lo mismo que el bombardeo de Estados Unidos a instalaciones nucleares del régimen de Irán. La fuerza se impone a cualquier razón despreciando, incluso, cualquier motivación humanitaria.
El mundo de los matones se desarrolla, otra vez, como una más o menos sorda pulseada entre Occidente (Estados Unidos y Europa) y Oriente (China y Rusia) que buscan extender globalmente su influencia política, económica y cultural. Por caso, para China y Rusia los valores occidentales de la democracia y los derechos humanos son relativos, aplicables según la idiosincrasia de cada sociedad.
El desencanto con los resultados de la democracia liberal, el resentimiento ante las desigualdades de la globalización, el impacto de la revolución tecnológica en los empleos más tradicionales y las crecientes demandas de múltiples sectores de la sociedad hicieron emerger liderazgos con tintes mesiánicos que alteraron la cultura política.
Para el respetado analista venezolano Moisés Naim, vivimos tiempos de ansiedad colectiva y desconfianza en las instituciones que generan las condiciones ideales para que prosperen los charlatanes. “ Siempre han existido. Son los influencers de la historia, pero ahora están empoderados por la tecnología” dice. Sería lo que italiano Giuliano da Empoli llama “los ingenieros del caos”.
Naim alerta, entonces, sobre el auge y expansión de los populismos de distinto signo en momentos en que el fracaso es una característica fundamental de la gobernabilidad. De hecho, son los propios gobiernos los que para mantener la estabilidad política y económica recurren a las tres p: “populismo, polarización y posverdad”.
A menudo cualquier cosa que suceda en la OEA o la ONU suena a algo lejano, que tiene poco que ver con nuestra vida cotidiana. Es más, cada vez sentimos mayor desconfianza sobre lo que surge de esos ámbitos. Sin embargo, Europa puede jactarse de estar atravesando desde finales del siglo XX uno de sus más extensos períodos de paz, prosperidad y estabilidad.
Habrá que estar atentos, entonces, a la deriva europea donde acechan los nacionalismos, el antieuropeísmo y una versión de la actual batalla por la mente de las personas que podría hacer tambalear esa unidad que comenzó siendo económica, pero, lentamente, se fue transformando en una forma de ser continental.
Quizás sea la última frontera de matones y charlatanes.
* El autor es periodista. [email protected]