22 de septiembre de 2025 - 00:10

No hay "motosierra" que alcance

Los datos públicos siempre llegan con retraso, pero ya mostraban algo que, evidentemente, el oficialismo conocía. Esta semana se difundieron las cifras de empleo del segundo semestre de 2025 y sobresale un dato: en Mendoza hay cada vez más personas que tienen trabajo, pero buscan otro, claramente porque no llegan a fin de mes.

Da la sensación de que el “pánico político”, tal como describió el presidente Javier Milei a las últimas semanas tumultuosas en los mercados argentinos, no es una reacción a un resultado en particular. Más bien, parece la cristalización de algo que ya se venía percibiendo con fuerza en la calle. Sin embargo, muchos prefirieron no escuchar o ver sólo victorias, en vez de analizar el partido completo.

En el supuesto de que la economía determina la política, y de que Milei perdió las elecciones en la provincia de Buenos Aires porque los ciudadanos no encontraron en su vida cotidiana un reflejo concreto de esos números de la macroeconomía que se ufanaban en los discursos oficiales, a la luz del resultado actual eso parece reflejar falta de pericia, de mínima.

Los datos públicos siempre llegan con retraso, pero ya mostraban algo que, evidentemente, el oficialismo conocía. Esta semana se difundieron las cifras de empleo del segundo semestre de 2025 y sobresale un dato: en Mendoza hay cada vez más personas que tienen trabajo, pero buscan otro, claramente porque no llegan a fin de mes. Según el Indec, esa proporción pasó del 17,2% en el segundo trimestre de 2024 al 20% en el mismo período de 2025.

También subió la subocupación, es decir, quienes tienen empleo, pero trabajan menos de 8 horas. Mientras tanto, la subocupación demandante (los subocupados que buscan otro empleo) descendió levemente, del 11,8% al 11,4%.

La plata no alcanza. Con paritarias prácticamente estancadas y sin generación de empleo genuino —por múltiples causas—, la economía del mendocino de a pie no mejora. A la luz de los hechos, empeora.

El problema no es de ahora. Adeba, la Asociación de Bancos Argentinos, ya advertía en su informe de agosto de 2025, sobre los datos de julio, que la morosidad del crédito al sector privado aumentó a 2,9% en junio, acumulando siete meses consecutivos de alzas. La irregularidad de las carteras de los bancos públicos y privados se ubicó entre el 2,6% y el 3,1%, mientras que la morosidad de las financiaciones a las familias creció 0,7 puntos porcentuales en junio y 2,9 puntos en comparación con el mismo mes del año anterior. El mayor salto se observó en los créditos personales y en el uso de tarjetas de crédito.

A ese dato hay que sumarle que el costo de la financiación, en muchos casos, se duplicó en cuestión de meses o incluso días.

El problema del salto en el tipo de cambio —con su inevitable traslado a precios, como ya ocurrió en el pasado reciente— supone una derrota en lo político, considerando que era el principal estandarte del Gobierno. Pero también significa un nuevo golpe para una sociedad que ya viene profundamente castigada.

A esa misma sociedad todavía se le pide un esfuerzo más. Pero desde lo discursivo no se le habla, no se le reconoce el sacrificio, y por ahora se percibe poca empatía incluso hacia quienes adhieren al proyecto, pero hacen un esfuerzo real en el día a día. Ese esfuerzo no aparece en los números, pero se traduce en la capacidad de arreglárselas con lo que hay para, en un intento colectivo, sacar el país adelante.

A los problemas del ciudadano de a pie se le suman otros factores que profundizan la incertidumbre. La apertura de las importaciones, lejos de dinamizar la competencia, golpea de lleno a sectores productivos que ya venían debilitados.

Muchas industrias locales enfrentan dificultades para competir en precio y financiamiento, y eso se traduce en menos actividad y en riesgos concretos de pérdida de empleos. A ello se agregan las inversiones que nunca llegaron, promesas que quedaron en los discursos y que, en la práctica, se transformaron en frustración para provincias que aguardaban con expectativas la llegada de capitales capaces de reactivar sus economías.

La confianza de los consumidores tampoco ayuda: con salarios deteriorados, la inflación que erosiona mes a mes el poder de compra y tasas de financiamiento cada vez más altas, el consumo se retrae, y eso genera un círculo vicioso que termina impactando en todos los niveles.

Por ahora, incluso tomando en cuenta ciertos avances en desregulación, lo cierto es que las pymes no han sentido ningún tipo de alivio. La carga fiscal permanece en el mismo lugar y, con una economía que ya muestra signos claros de recesión, la actividad no mejora. Y sin mejoras reales, no hay motosierra que alcance.

* La autora es periodista. [email protected]

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