4 de abril de 2025 - 00:00

Niños sin territorio: un análisis de la serie Adolescencia

Puede ayudarnos mucho esta serie a sentarnos un rato sin pantallas, ni las de ellos ni las nuestras, y hablar. Más abrazos, más risas compartidas, menos apuros, tender puentes es la única solución.

La serie “Adolescencia” ha despertado gran inquietud en los padres de familia. ¿Dónde están nuestros hijos? En su habitación, en el living, arriba, serán las primeras respuestas. Y físicamente es cierto. Pero ¿Están ahí? No.

Hace algunos años los padres dormíamos tranquilos cuando los hijos estaban en casa, recién entonces y luego de verlos llegar bien nuestro sueño era reparador. Para esto los adultos conectábamos con los padres de los amigos, llamábamos, pasábamos a buscarlos o nos asegurábamos con quién volvía. Era una logística complicada, y no siempre evitaba que de ese lugar partieran a otro, o tuvieran conductas que como padres no habíamos legitimado.

Sin embargo, hoy tenemos un hijo en casa, en la playa con nosotros, en la montaña, pero ¿Dónde y con quién está? La serie nos muestra una familia normal, con un niño con cara angelical diciendo “No hice nada” y un padre que le cree absolutamente. No podríamos juzgarlo, nosotros también lo hacemos. Es su papá, el niño no ha presentado nunca problemas de conducta, tiene un buen vínculo con sus padres, pese a que éstos no saben comunicarse bien con él, es a quienes llama primero, de hecho pide que esté presente todo el tiempo su padre.

Es un niño, no sólo por su cara, tiene miedo a las agujas, sufre enuresis cuando llega la policía a buscarlo. Llora todo el tiempo explicando que no hizo nada. Los adultos no le creen lo llevan a la Estación de Policía, lo interrogan, le preguntan cosas muy íntimas. Tal es así que el niño más de una vez responde si pueden preguntarle eso. Un abogado que ni siquiera escucha su versión, sólo le da una herramienta técnica, que responda sin comentarios a todo. El chico no tiene claro cuándo debe aplicar esto o no. Esta es la descripción de un niño de 13 años, tan parecido a cualquier pre adolescente de estos lugares, en las antípodas del mundo.

Desde lo psicológico está muy bien planteado, sin embargo, la profesional interroga mucho sobre el rol paterno, la masculinidad, la visión del sexo opuesto. Es lo mismo que haríamos quienes nos formamos en esta disciplina acá en nuestro país. Hasta acá tenemos un niño sin problemas, cuyas respuestas son las esperables, con un papá que recibió violencia y ha luchado para no serlo, una mamá que intenta ver bien a su familia con cosas hasta ingenuas (pregunta si la comida es buena mientras el niño habla de su cambio de declaración). No vemos una familia disfuncional más allá de lo mencionado. Ni un niño con serios problemas de conducta, amigos y hermana dentro de lo esperable, y lamentablemente un bullyng escolar naturalizado por los alumnos. Todo “normal”.

Entonces ¿Qué pasó? Y hasta ahí la serie mueve nuestra intuición intelectual para descubrir al asesino y porqué involucran al niño. Pero es cuando surge un giro inesperado el policía sabe por boca de su propio hijo que ha interpretado emojis, mensajes, etc. con mentalidad de adultos, sin entender el profundo significado cuya intertextualidad ni siquiera conocía. Pero en esa instancia también descubre a la víctima previamente hostigando al victimario, lo que obviamente no justifica su violencia, pero podría ser un móvil, ausente hasta ese momento. Surgen entonces el ciberbullyng, la exhibición de fotos íntimas por parte del receptor, las burlas y etiquetas por su corporalidad que esto conlleva. A todo este mundo incomprensible para los adultos se suma el término “incel” célibe involuntario como forma despectiva de descalificación de un compañero. Con el agravante que esto lleva implícito una presión por iniciar una vida sexual activa no cuando el chico esté maduro y desee hacerlo sino en una carrera contra el tiempo, hay que empezar ya, estés listo o no, es un mandato del grupo.

¡Ay queridos papás! Como desearía decir esto es ficción, esto ocurre en Reino Unido no acá, lamentablemente ocurre acá todos los días, con papás preocupados y atentos, pero que no pueden invadir la privacidad del adolescente, y que si lo hicieran, como ocurre con el detective de la serie, posiblemente no entenderíamos su verdadero significado.

Puede ayudarnos mucho esta serie a sentarnos un rato sin pantallas, ni las de ellos ni las nuestras, y hablar. No dar discursos de nuestras miradas, que ellos tampoco entienden, sino con una escucha activa, es decir escuchamos, acallamos ruidos interiores, ponemos oreja y corazón, no diagnosticamos, no sermoneamos, no comparamos con nuestra adolescencia. Pero luego de poner esa maravillosa herramienta deberemos avanzar. ¿Hablando mucho? No. Intentando desarrollar su juicio crítico. Su autovaloración por encima de las presiones grupales o sociales. Cuidado! No juzgamos las pantallas, son herramientas, pero damos la oportunidad de explicarnos y luego preguntar ¿Y vos que pensás de esto?. Trabajar en la empatía será la única oportunidad que nuestros hijos no sean víctimas, pero tampoco cómplices o victimarios.

Más abrazos, menos pantallas, más risas compartidas, menos apuros, tender puentes es la única solución. Les tocó una época maravillosa en posibilidades y muy triste en los vínculos humanos. Hagamos la diferencia en nuestra propia familia, es el único escudo disponible.

* La autora es Doctora en Psicología. Psicopedagoga Mat 191- Lic. Psicología Mat 1908. Magister en Psicología Social. Orientadora Familiar. Mediadora.

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