"Uno menos". Daniel Parisini apodado el gordo Dan, entrevistador frecuente de Milei y militante fanático de las ideas y de la persona del presidente, festejando con esas dos palabras el fallecimiento del expresidente uruguayo Pepe Mujica.
Hoy se puede boicotear en los hechos sin escrúpulo alguno, lo mismo que se pregona con fervor en los dichos. Y eso se está instalando como un “nuevo” modo de hacer política, donde la palabra, el lenguaje, ya no interpretan ni explican nada, porque han devenido un instrumento de guerra oral a través del insulto permanente, no como excepción sino como normalidad.
"Uno menos". Daniel Parisini apodado el gordo Dan, entrevistador frecuente de Milei y militante fanático de las ideas y de la persona del presidente, festejando con esas dos palabras el fallecimiento del expresidente uruguayo Pepe Mujica.
"La paz comienza por cada uno de nosotros, por el modo en el que miramos a los demás, escuchamos a los demás, hablamos de los demás, y, en este sentido, el modo en que comunicamos tiene una importancia fundamental; debemos decir no a la guerra de las palabras y de las imágenes, debemos rechazar el paradigma de la guerra". Frase central del discurso del Papa León XIV, sobre la libertad de expresión, pronunciado en ocasión del encuentro con los representantes de los medios de comunicación reunidos en Roma para la cobertura periodística del reciente cónclave.
El domingo 26 de marzo de 2011, el gran periodista Pepe Eliaschev (ya fallecido) publicó, a través de un artículo aparecido en el diario Perfil, que tenía información acerca de que en esos precisos momentos el entonces gobierno de Cristina Kirchner estaba negociando un pacto con Irán que le daría impunidad al gobierno de ese país por su participación en los atentados a la AMIA y la embajada de Israel en los años 90.
El periodista denunció al pacto en el mismo momento en que lo estaban acordando. En réplica, todo el gobierno y su aparato comunicacional salieron a desmentirlo y a difamarlo con un énfasis tan gigantesco y una indignación tan absoluta por acusarlos de tamaña ignominia, que a Pepe Eliaschev no le creyó casi nadie. Incluso dudó de él hasta el entonces fiscal Nisman.
Pero tiempo después se descubrió que todo lo que decía el periodista era cierto, cuando el 27 de enero de 2013, Cristina anunció públicamente que se estaría por firmar con Irán exactamente el pacto que se negoció cuando Eliaschev lo denunció y que el gobierno tan enfáticamente negó.
Traemos a la memoria ese antecedente porque esa actitud para nada republicana de los poderes políticos en negar la verdad sin el menor pudor acusando a los periodistas más serios de mentir, hoy se ha multiplicado por mil.
El cierto que con lo de Irán el kirchnerismo negaba lo que estaba haciendo en el mismo momento que lo estaba haciendo, pero al menos lo hacía lo más oculto posible, tanto que sólo Eliaschev lo descubrió. Ahora estamos aún peor: el actual gobierno también niega lo que está haciendo en el mismo momento que lo está haciendo, pero ni siquiera se preocupa de ocultarlo. Simplemente dice que no está haciendo lo que todo el mundo ve que está haciendo.
Estamos llegando, entonces, a un nivel cualitativamente diferente en la mentira política, donde la palabra va desapareciendo como elemento de comunicación, salvo que se entienda como palabra a la incorporación del insulto soez y del discurso del odio, la venganza y el resentimiento en tanto las materias primas esenciales para la construcción política, impuestos desde lo más alto del poder oficial.
Durante toda la era kirchnerista, su teoría política fue que para conducir a la sociedad se debía privilegiar el conflicto por sobre el consenso. Hoy se valora más al odio en política porque ese sentimiento es más "viril" que las moderaciones de los débiles, vale decir, de los "ñoños republicanos".
Años atrás leí una frase de un autor clásico que decía más o menos lo siguiente: “Cuando absolutamente todo, hasta lo más ignominioso, tiene una explicación, es porque el demonio (el maligno, diría Milei) se ha apoderado de la tierra”.
En estos momentos, en el debate político argentino (aunque no sólo argentino) desde el poder se puede decir y explicar cualquier cosa, hasta la más evidentemente falsa, como si fuera una verdad indiscutible, mientras que quien se aferra a tener una opinión distinta a la oficial, es difamado como el peor de los mentirosos con epítetos que hasta hace poco eran irreproducibles en el discurso público, pero que hoy son parte consustancial del lenguaje político.
Hoy se puede boicotear en los hechos sin escrúpulo alguno, lo mismo que se pregona con fervor en los dichos. Y eso se está instalando como un “nuevo” modo de hacer política, de tanto que se va extendiendo.
Estamos viviendo la desaparición del valor y del sentido de la palabra como elemento de comunicación entre los seres humanos. Es su degradación absoluta: ninguna palabra quiere decir nada, o toda palabra quiere decir una cosa y la contraria, o a las dos cosas a la misma vez.
En la Argentina actual poco y nada de lo que se dice desde el poder tiene que ver con lo que se hace. Ni lo bueno ni lo malo. La palabra, el lenguaje, ya no interpretan ni explican nada, porque han devenido un instrumento de guerra oral a través del insulto permanente no como excepción sino como normalidad. Se ha naturalizado la palabra como insulto, odio y agresión movida por la pasión o el interés, pero siempre en contra de cualquier tipo de racionalidad. Y se le ha eliminado todo otro significado conceptual.
Es un intento de quitarle el nombre a todas las cosas. Y, de lograrlo, ya nada tendrá explicación porque ninguna explicación poseerá valor alguno.
La estrategia de este tipo de hacer política ni siquiera es que se crea sólo en el que gobierna y se desconfíe de todos los demás, sino que no se crea en nadie. Ni siquiera importa que se crea en el que gobierna. Por eso no tiene costo alguno mentir, porque no se busca ser creíble, sino acumular poder al ser el único que dice que no hay nada en que creer. En pocas palabras, a este tipo de políticos no les preocupa tanto ser creíbles, sino que nadie lo sea. De esa forma, en territorio arrasado, el poder quedará en sus solas manos.
Así como en 2001/2 el reclamo popular de “que se vayan todos”, no tuvo encarnación en nadie, en estos tiempos, quien gobierna es la encarnación de ese reclamo. Pero eso puede estar bien para ganar una elección, no para gobernar.
Sin embargo, Milei no lo entiende así, porque mientras mejor la va en economía, más insulta, más agrede, más enemigos crea, más degrada la palabra, en lo que parece tratarse de una estrategia política: enfatizar en que ya no existe nada en que creer. Para de ese modo arrasar a todos con el fin de quedarse con todo. Pero eso es jugar al borde del abismo. Quizá hoy Milei no tenga el poder para acabar con las instituciones y las personas que agrede con sus palabras todos los días, desde la justicia (donde defiende a los peores) hasta el periodismo (donde ataca a los mejores), pero el solo hecho de intentarlo ya genera una actitud social de rechazo hacia todo y todos, hacia lo malo, pero también hacia lo que queda de bueno.
Incluso muchos de sus votantes lo aceptan y lo justifican con resignado conformismo diciendo: Milei no sabe construir, pero nosotros no lo queremos para eso, lo queremos para que destruya todo lo que dejaron los demás políticos, y luego ya vendrán los que construirán el nuevo país. En nombre de lo bueno que está haciendo en economía, hay que tolerarle todo lo que está haciendo de malo en política, piensan.
Sin embargo, esa forma de razonar es altamente peligrosa, porque implica darle un cheque en blanco al gobernante de turno. aunque sea en forma transitoria, aceptándole que porque le va bien en economía pueda hacer lo que se le venga en ganas con las instituciones del país.
Algo parecido hacían los kirchneristas “sanos” que como compartían la ideología y el rumbo económico de los Kirchner, le toleraban su corrupción o decían que no existía. Hoy los que confían en el programa económico de Milei, miran para otro lado o minimizan o dicen que son meras palabras y no hechos, las barbaridades que Milei habla de todas las instituciones. Hasta que, como pasó con los Kirchner, ya sea demasiado tarde y lo que hoy son intenciones pasen a convertirse en realidades con un par de elecciones ganadas.
¿Es tan difícil ser defensor de las realizaciones económicas que uno valora y a la vez ser implacable con los peligros institucionales con los que amenaza Milei? ¿Por qué hay que apoyar hoy lo bueno y dejar la crítica de lo malo para después? De ese modo, cuando ocurra lo malo, de ocurrir, ya será tarde y tengo mis dudas de que los que hoy dicen que lo criticarán cuando ocurra, lo hagan. Los kirchneristas “honrados” cuando descubrieron la evidencia innegable de la corrupción kirchnerista, igual lo siguieron defendiendo, o negando que fueran verdad.
Milei actúa como actúa políticamente, porque si con sus insultos, amenazas, agresiones e intimidaciones está logrando que no quede nadie con credibilidad alguna en ninguna institución de la república, en el caso de que le vaya bien con el plan económico (y le puede ir bien porque mal no le está yendo), supone que al haber desmantelado todo, él podrá quedarse con todo, porque ya no habrá nadie que le pueda discutir nada.
Si esta es la nueva forma de hacer política, no es mejor que la anterior, lo cual es una verdadera pena porque actuando así Milei puede con el tiempo perder un capital que hoy tiene y que no parece valorar: el de los que lo votaron para que no continuara el gobierno anterior, pero que ahora les gustaría seguir votándolo no tanto por lo malo que fueron los otros, sino por lo bueno que puede llegar a ser él. Todavía, de los que lo votaron “a pesar de…” casi todos lo seguirían votando si le sigue yendo bien en economía, pero nadie sabe cuándo llegará la gota que rebalsará el vaso.
Milei, así como económicamente está gobernando con gente racional, debería convocar gente similar en política. En vez de estar haciendo crecer una contradicción que tarde o temprano le puede estallar en las manos, incluso si a la economía le sigue yendo bien. Su propósito debería ser el de querer ser el mejor presidente del país, en vez de pretender quedarse él solo con el país. Lo primero es dificilísimo, pero no imposible. Lo segundo es un delirio, que ya muchos intentaron antes que él. Pero que no ocurrirá jamás. La Argentina puede tolerar a un presidente excéntrico, pero no coronar a un emperador. Los Kirchner ya fracasaron en ese mismo intento, aunque, claro está, con solo intentarlo arrasaron con el país.
* El autor es sociólogo y periodista. [email protected]