15 de agosto de 2025 - 00:10

Ciento Setenta y Cinco

Tenía además de sus dotes militares que demostró como organizador de ejércitos, conductor y en el choque del combate, una visión de hombre de Estado. Es que San Martín es un hombre del siglo de la ilustración como lo muestran sus lecturas y sus acciones como estratega y en el ejercicio del gobierno. Recordamos esta semana los 175 años de su fallecimiento, citando sus más significativas palabras.

Este 17 de agosto se cumplen 175 años del fallecimiento del general José de San Martín, en la ciudad de Boulogne Sur Mer en Francia, país en el que vivió los últimos veinte años de su vida y que llamaba su segunda patria.

En nuestro país el uso faccioso de la historia es una constante y también la figura de San Martín ha sido utilizada para los que pretenden llevar agua para su molino de las pequeñas querellas pueblerinas sin entender que estamos ante un personaje de dimensiones que nos exceden para limitarlo al cáncer del faccionalismo.

Por eso es mejor dejar que San Martín nos hable directamente por lo que escribió y que muestra que este soldado que supo del combate a los 13 años de edad en una campaña en el norte de África tenía además de sus dotes militares que demostró como organizador de ejércitos, conductor y en el choque del combate, una visión de hombre de Estado. Es que San Martín es un hombre del siglo de la ilustración como lo muestran sus lecturas y sus acciones como estratega y en el ejercicio del gobierno.

Percibe como estratega que hacer otra campaña en el Alto Perú donde el grueso de la población está acostumbrado al sometimiento y en las elites los sentimientos revolucionarios son dudosos; en carta a Godoy Cruz advierte que no hay vinculación de intereses ni de sentimientos entre el Alto Perú y los territorios argentinos.: “No hay verdad más demostrable que la separación de Alto Perú de las Provincias Bajas”.

Le indignan las revueltas en plena guerra de la independencia como las de 1816 en Santiago del Estero y en Salta: “Con esta gente haremos un país, uno de salteadores”, escribe.

En la proclama a las Provincias del Río de la Plata que da en Valparaíso antes de su embarque con el Ejército Unido al Perú ratifica su pensamiento: “Vuestra situación no admite disimulo, diez años de constantes sacrificios sirven hoy de trofeo a la anarquía, la gloria de haberlo hecho es mi pesar actual cuando se considera su propio fruto. Habéis trabajado un precipicio con vuestras propias manos y acostumbrados a su vista, ninguna sensación de horror es capaz de deteneros. El genio del mal os ha inspirado el delirio de la federación. Esta palabra está llena de muertes y no significa sino ruina y devastación. Pensar en establecer el gobierno federativo en un país casi desierto, lleno de celos y de antipatías locales, escaso de saber y de experiencia en los negocios públicos, desprovisto de rentas, es un plan cuyos peligros no permiten infatuarse ni aún con el placer efímero que causan siempre las ilusiones de la novedad (..) Si dóciles a la experiencia de diez años de conflictos no días a vuestros deseos una dirección más prudente, temo que cansados de la anarquía suspiréis al fin por la opresión y recibáis el yugo del primer aventurero feliz que se presente, quien lejos de fijar vuestros destinos, no hará más que prolongar vuestra incertidumbre".

"Yo os dejo con el profundo sentimiento que causa la perspectiva de vuestra desgracia, porque me habéis acriminado aún de no haber contribuido a aumentarla, porque este hubiera sido el resultado si yo hubiese tomado una parte activa en la guerra contra los federalistas, mi ejército era el único que conservaba su moral y me exponía a perderla abriendo una campaña en que el ejemplo de la licencia armase mis tropas contra el orden. En tal caso era preciso renunciar a la empresa de libertar al Perú y suponiendo que la suerte de las armas me hubiera sido favorable en la guerra civil y habría tenido que llorar la victoria con los mismos vencidos. No el general San Martín jamás derramará la sangre de sus compatriotas…”

En el Perú muestra, en sus cartas a los jefes realista La Serna y Canterac, sus deseos de evitar derramamientos de sangre: “Yo solo llego al campo de batalla cuando se me cierran todos los otros caminos para llegar al templo de la paz”. En otra carta escribe: “Tenemos la responsabilidad de la gloria mayor a que puede aspirar un hombre: asegurar la felicidad de nuestros países, sin sangre y sin lágrimas”.

Su compromiso con la educación se observa en la fundación de escuelas y bibliotecas. Cuando funda la de Lima donando más de quinientos libros de su biblioteca personal dice: “Convencido sin duda el gobierno español de que la ignorancia es la columna más firme del despotismo puso las más fuertes trabas a la educación del americano, manteniendo su pensamiento encadenado para impedir que adquiriese el conocimiento de su dignidad. Semejante sistema era muy adecuado a su política, pero los gobiernos libres que se han erigido sobre las ruinas de la tiranía deben adoptar otro enteramente distinto, dejando seguir a los hombres y a los pueblos su natural impulso hacia la perfectibilidad”.

* El autor es presidente de la Academia Argentina de la Historia miembros de la comisión directiva del Instituto Argentino de Historia Militar.

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