“Serás lo que debas ser, o serás abogado”, rezaba una frase escrita en una pared junto a la imagen del general José de San Martín, que vi allá por 2010, cuando recién comenzaba a cursar y viajaba en colectivo hacia la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Cuyo.
¿Cómo no identificarme? La abogacía parecía el destino de quienes no encontrábamos otra vocación.
En ese entonces no estaba muy segura de lo que hacía puntualmente un abogado. Las materias relacionadas con la práctica llegarían recién en los años posteriores y no me podía imaginar hablando frente a un juez. ¡Ojalá hubiera tenido un deseo tan claro como algunos compañeros!
Por momentos pensaba que quizás lo mío era la docencia. Sí podía imaginarme frente a un curso lleno de estudiantes, transmitiéndoles ese conocimiento que yo estaba adquiriendo. Pensé que podía ser una forma hermosa de retribuir lo recibido.
Con los años llegaron esas materias y esos profesores que me mostraron qué “hacía” un abogado. Las oportunidades se ampliaron, esa vocación fue creciendo y comencé a visualizarme a futuro.
La UNCuyo me dio la posibilidad de estudiar (junto al esfuerzo inmenso de mis padres, que nunca hubieron podido costear una educación privada). Allí recibí consejos, anécdotas, experiencias y conocimientos de docentes de excelencia que, de manera gratuita, fueron sembrando en mi esa vocación que no tenía, o que desconocía y aprendí a encontrar.
Hoy es un orgullo cruzarme con colegas que comparten el sentimiento de haber salido de la misma cuna y que aquellos “profes” sean hoy los jueces frente a los que antes no me imaginaba.
En estos tiempos en que la universidad pública atraviesa un momento complicado, quiero reivindicarla, agradecerle, por el carácter que me forjó, por el sentido de pertenencia, porque hoy miro hacia atrás y tengo tantos recuerdos satisfactorios, que deseo que las próximas generaciones también puedan recordar su paso por la universidad como yo lo hice yo.
Colegas, si ustedes también sienten que allí adquirieron la vocación, el conocimiento y la excelencia, defendamos la educación que recibimos con la misma pasión con la que defendemos a nuestros clientes de una injusticia. Porque es justo el reclamo, es legítima la lucha docente y es un derecho que los estudiantes de nuestra casa de estudios puedan recibir la misma educación que recibimos nosotros. Aboguemos también por eso.
La educación nos hace libres. El derecho a la educación no puede verse coartado de ninguna manera.
Espero que hoy, en Día de la Abogacía, cuando recibimos saludos o felicitaciones, nos hayamos preguntado si ese estudiante de Derecho, que tuvo la suerte de formarse en la universidad pública, está orgulloso de ese abogado que hoy defiende su profesión y la institución que lo formó, desde su lugar.
Serás lo que debas ser… Por mi parte, yo debía ser abogada y aprendí que los derechos no sólo se ejercen, también se defienden ¿Y vos?
* La autora es abogada. UNCuyo.