El tweet que esta semana escribió el politólogo Andrés Malamud es de una contundencia explicativa impresionante. Raras veces con tan pocas palabras se entendieron tantas cosas de la política en la era Milei. El analista dice que, en su primer año legislativo, se produjeron 17 votaciones en el Congreso de las cuales 15 resultaron favorables al gobierno nacional. Mientras que en lo que va del segundo año, también se produjeron 17 votaciones, pero esta vez 16 resultaron en contra del oficialismo. La deducción de Malamud es clarísima: en la medida que la composición del Congreso Nacional fue la misma en estos dos años, no queda otra explicación que admitir que el daño fue autoinfligido por el propio mileismo. Lo que afirma el analista, además de describir un cambio copernicano de un año a otro, es a todas luces indiscutible. Lo único opinable son las explicaciones que se pueden hacer sobre tan singular evidencia. Nosotros daremos en esta nota, la nuestra.
En su primer año, el presidente Javier Milei necesitaba la ley bases, que no le anularan sus decretos de necesidad y urgencia, además de otras propuestas legislativas imprescindibles. Al principio el libertario pateó el tablero y se negó a negociar con las demás fuerzas que querían ayudarlo, pero no votándole cualquier cosa o todo lo que él quisiera. Luego, con el apoyo y los consejos que fundamentalmente le brindó Mauricio Macri, dio marcha atrás con su furia sectaria y entonces pudo superar con creces la ínfima cantidad de sus diputados y senadores propios (que en ninguno de los dos casos llegaba ni siquiera al tercio en ambas cámaras) constituyéndose una mayoría donde tanto los legisladores y gobernadores radicales como los del PRO que provenían de Juntos por el Cambio, más incluso varios gobernadores peronistas, al juntarse dejaron pagando al kirchnerismo. Por eso se aprobaron prácticamente todas las leyes. El momento cúlmine de la probable conformación de una nueva mayoría apoyada en el consenso, fue cuando se firmó en Tucumán el Pacto de Mayo. Allí podría haber comenzado políticamente un nuevo país. El único problema es que esa unión entre diferentes, a Milei jamás le interesó en absoluto. Solo toleró coyunturalmente una alianza de hecho para que le votaran las leyes que necesitaba.
Por eso, en su segundo año esto se dio vuelta ciento ochenta grados porque, a fines del proyecto político que el presidente imaginaba para sí mismo, le urgía cortarse solo. Sin embargo, a fin de lograrlo, no dejó error político por cometer, en particular el de creerse infinitamente más de lo que era, dilapidando precisamente en la “política política” (y en una surrealista "batalla cultural" que hasta intentó universalizar en Davos) el capital acumulado por su “política económica”. Tanto hizo, que llega al momento actual con una economía herida, en parte por algunos errores económicos, pero principalmente por errores políticos que le pasaron factura, sobre todo en la creciente pérdida de confianza que impidió tanto que vinieran inversores extranjeros como que los argentinos sacaran sus dólares de los “colchones”.
Una de las causas principales de estos desaguisados, sino la principal, fue la de querer constituir, en un año electoral, un partido nacional único, aprovechando la disgregación evidente de todo el sistema clásico de partidos políticos. Dejó de lado la idea de alianzas que le proponían los del ex Juntos por el Cambio y decidió pintar el país de “color violeta”, lo que implicaba enfrentarse con todos sus aliados del año anterior si no se subordinaban enteramente a sus caprichos políticos. La encargada de armar ese partido único fue su hermana Karina, apoyada por los primitos Menem, en particular por el apodado “Lule”. Así, por ejemplo, prefirieron pelearse con quien más los ayudó, Mauricio Macri, para ganarle en la Capital donde el PRO les ofreció aliarse una y otra vez, frente al rechazo, una y otra vez, de Karina Milei que los convirtió en enemigos declarados, como si fueran kirchneristas. Lo mismo hicieron en casi todas las provincias por lo cual la mayoría de sus ex aliados lo abandonaron. ¿Y todo para qué? Tras la utopía imposible de crear un Partido Único (Santiago Caputo hablaba de sustituir la república corrompida por un imperio mileista, adaptando a la época el modelo de la Roma imperial). Debido a eso, casi todos los que le dieron la mayoría legislativa el año pasado, ahora no le votaron ninguna ley, o se plegaron a leyes presentadas por la oposición más dura. Al final, al gobierno nacional ya ni le alcanzó para vetar porque ni a un tercio llegaba. Pero mientras “regalaba” un Congreso que tenía “regalado”, su hermana Karina recorría el país entero con la pintura violeta abriendo locales partidarios de La Libertad Avanza en todas las provincias y en todos los municipios. Su hermano la felicitó porque en menos que canta un gallo La Libertad Avanza se había convertido en el único partido nacional de una Argentina donde estaban atomizados peronistas, radicales, macristas y el resto del espectro político. Tan entusiasmados estaban los mileistas por un éxito tan rotundo y veloz que nadie se preguntó por el financiamiento de ese inmenso aparato político, organizado por la persona con menos experiencia política de todo el mileismo, la hermana Karina, junto con el primo “Lule”, miembro prominente de la casta ya que fue asesor principal de Eduardo, el hermano de Carlos Menem, durante todos los años 90. Una inexperta total se alió con los más expertos de toda la vieja casta en armar un partido nacional en tres meses, porque conocían todas las mañas para lograrlo. Por lo que, luego del audiogate, luego del affaire Spagnuolo, luego de los escándaletes del PAMI en varias provincias, más allá del debate necesario e inevitable sobre si hubo corrupción o no, lo que queda en tanto cuestión estructural es cómo se financia la política en la Argentina. Donde todo parece indicar que entre este gobierno y los anteriores, en esa cuestión no cambió nada en la “nueva” Argentina.
Según Milei, los kirchneristas se financiaban con la obra pública, pero su remedio fue peor que la enfermedad porque en vez de eliminar la corrupción de la obra pública, decidió eliminar la obra pública. Sin embargo, parece que había otros “nichos” de financiamiento, como el de los medicamentos. Una cuestión que se tornó pública no por la lucha del presidente contra la casta, sino por los primeros supuestos escándalos que aparecen en su gobierno, justo, además, cuando se había peleado con todos los que lo apoyaron el primer año. Puro daño autoinfligido, como dice Malamud. Claro que, de allí a que lo aprovechase el kirchnerismo puro y duro no había más que un paso. Bastaba tener la caradurez y el cinismo absoluto que a Cristina le sobran, por los cuales los corruptos más grandes de toda la democracia acusasen de corruptos a los demás, sin ponerse colorados. No obstante, el kirchnerismo en este momento es un efecto, no una causa, por más que el gobierno le quiere echar la culpa de todo lo que le está ocurriendo.
Además, haya habido o no “aportes no declarados” para financiar el partido único comandado por Karina, lo cierto es que ni aún con todo el oro del mundo, el mileismo podrá lograr ese objetivo en la Argentina. Porque en nuestro país el partido único ya existe y no puede haber dos partidos “únicos”. Lo creó Perón en 1946 y lo denominó partido justicialista. El cual no ha desaparecido ni mucho menos, lo que pasa es que hoy todo el sistema político está desperdigado y atomizado, pero la gran diferencia es que así como el radicalismo o el PRO volaron por los aires, el peronismo sólo se refugió en sus tribus locales, a la espera de encontrar un nuevo líder que se adapte a los nuevos tiempos abandonando las antiguallas cristinistas, y cuando ese conductor aparezca (y siempre aparece uno desde hace casi 80 años) en mucho menos de lo que le costó a Karina y Lule armar su imaginario partido único, el peronismo se transformará nuevamente en dominante, con todos sus vicios de siempre.
Es justamente la idea de Partido Único (o de “movimiento”, que es lo mismo) el defecto más grave que le impidió al peronismo (salvo contadas y minoritarias excepciones) ser un partido de alternancia republicana por más que siempre fuera votado legítimamente. Todos sus líderes buscan la reelección indefinida y una hegemonía absoluta que, de ser posible, coopte a todos los argentinos, porque el peronismo no tiene una ideología como el macrismo, el mileismo o incluso el radicalismo, sino que es de todas las ideologías, según la que convenga a cada época. Milei no aceptaría “zurdos” en su partido, salvo que se convirtieran, mientras que un peronista acepta a todo el que quiera ser peronista sin pedirle que cambie sus ideas anteriores. Se es peronista sólo con decirse peronista. Ese defecto o habilidad, según como se lo mire, le permitió una sobrevivencia que ningún otro partido hegemónico logró en el mundo. Y nada indica que esa característica haya desaparecido.
La única forma de lidiar contra quien siempre aspiró a ser un Partido único no es queriendo cambiar un partido único por otro partido único, sino aliándose todos los que quieren una alternancia democrática y republicana para gestar una opción de mayorías. Porque cuando una opción de mayorías se conforme entre todos los que rechazan la idea de partido único, logre acceder al gobierno, se mantenga el él con unidad entre todos sus integrantes un tiempo razonable y tenga relativo éxito en su gestión, allí, recién allí, comenzará a desaparecer, no el peronismo, sino su idea hegemonista y entonces, de a poco una sociedad acostumbrada culturalmente al populismo, comenzará a respaldar ideas más republicanas, e incluso obligará a reconvertirse al peronismo hacia esas ideas, el cual, con su camaleonismo ideológico, hasta podrá renovarse en el sentido correcto como lo intentó con escaso éxito en los años 80. Quizá se falle una y otra vez ese intento, pero es la única forma política para que la Argentina salga de su decadencia.
Es cierto que la primera condición es tener una política económica como la de los países exitosos (y eso por ahora sigue siendo el activo de Milei). Ahora bien, es la economía una condición necesaria pero no suficiente. El mileismo podrá ganar una o más elecciones gracias a ella, pero al menor traspié, el auténtico partido único argentino renacerá aún con más fuerza que antes y hará estallar cualquier esbozo de sistema de alternancia, cualquier intento de construir una mayoría entre distintos que comparten similares objetivos, que, reiteramos, es la única forma de disputar el poder en la Argentina mientras siga existiendo el peronismo de vocación hegemónica que en apenas dos décadas más festejará su centenario. Eso no se logrará jamás con otro Partido Único, aunque se busque que sea políticamente parecido al peronismo. Nadie es capaz de superar al original por más predominio coyuntural que tenga en un determinado momento.
Mientras tanto, más allá de si hubo o no coimas en su gobierno, cosa que deberá deslindar la justicia, Javier Milei tendría que ocuparse de transparentar el financiamiento de la política y comprender que no es sólo la obra pública el lugar donde anida la corrupción. Al menos mientras siga existiendo el Estado que Milei quiere destruir. Pero lamentablemente para él y su ideario libertario, esa división de tareas que se impuso con su hermana son dos misiones imposibles: ni Javier va a destruir el Estado ni Karina va a crear el Partido Único. Pero si se empecinan en ambos delirios, se arriesgan a perder, más temprano que tarde, el poder que el pueblo les prestó. Además de que sigan apareciendo Spagnuolos por doquier, porque la deserción del Estado dejando casi todo en manos privadas y la política en manos de un partido único, sólo garantiza la permanencia e incluso el crecimiento de la corrupción. Únicamente un país con pluralidad de ideas y con partidos competitivos que las representen, puede ser capaz de pelear contra ese mal estructural.
* El autor es sociólogo y periodista. [email protected]