Un reciente informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), órgano que opera bajo la órbita de Naciones Unidas, alertó acerca del avance del cambio climático en el mundo y una persistente tendencia al aumento de las temperaturas promedio, que pueden causar en un futuro no muy lejano modificaciones importantes que traerán sequías en algunos lugares, lluvias torrenciales en otros y consecuencias sobre la vida de las personas, nuevas enfermedades y afectación de tierras actualmente dedicadas a la agricultura, de la cual depende la alimentación humana.
El martes pasado, por su parte, la Organización Meteorológica Mundial (OMM) publicó un informe en el cual da cuenta que el año 2012 fue el de mayor emisión de gases de efectos invernadero en el planeta, con alertas similares. El informe, publicado previo a la reunión anual sobre cambio climático que se desarrollará en estos días en Varsovia, revela que la emisión de CO2 (dióxido de carbono) creció en 2012 a un ritmo mayor que en el año anterior. Asimismo, afirma que el ritmo de crecimiento fue superior al del promedio de los últimos diez años.
Todos estos informes científicos deberían llamar la atención de las autoridades gubernamentales en todo el mundo, para lanzar programas que prevean la disminución progresiva de la emisión de gases de efecto invernadero, vinculado, fundamentalmente, a la utilización de combustibles fósiles. Esto hasta ahora ha sido imposible, tal cual quedó demostrado en el último intento en Qatar, donde China y Estados Unidos fueron los mayores opositores.
Ya es común ver imágenes en televisión acerca de las consecuencias de las tormentas de verano en Europa, donde grandes mareas de agua bajan en forma salvaje arrasando poblaciones y cobrando vidas en forma indiscriminada. De la misma manera, los incendios por efectos de sequías pronunciadas suelen afectar, incluso, a zonas de alto poder adquisitivo.
En nuestro continente, estos efectos también comienzan a percibirse y el efecto más impresionante fue el ocurrido en la ciudad de La Plata, hace poco, donde precipitaron 400 milímetros en menos de 3 horas, generando inundaciones y muertes. En la ciudad de Buenos aires ya es normal que una vez al año se produzcan tormentas donde caen 150 milímetros en una 1 hora.
Todavía nuestros desarrollos urbanos no han tomado nota de estas circunstancias y no se toman las debidas medidas de precaución ante hechos que ya no son aislados sino cuya posibilidad de ocurrencia es cada día más habitual.
Nuestro sector agrícola nacional viene experimentando tres años de sequías, parciales o totales que han afectado la producción de granos, aunque, dados los ciclos, es posible esperar temporadas de grandes lluvias, sobre todo en la cuenca brasileña del Río Paraná, que traería crecidas de los ríos e inundaciones en la zona del Litoral.
La previsión a futuro es que puede haber más lluvias en zonas secas y menos precipitaciones en zonas tradicionalmente húmedas, así como menores nevadas en la cordillera y un repliegue de los glaciares.
Mendoza ya lo siente
En nuestra provincia los efectos ya se sienten. Hace 4 años que estamos en emergencia hídrica, pero no se han tomado medidas ni existe un plan en ejecución para tecnificar el riego. Todos los años sabemos que vides y frutales necesitan agua cuando comienza a subir la sabia para asegurar los procesos de floración y fructificación, pero en esa época no han comenzado los deshielos y no se les proveer. Hay que cambiar las cosas.
El Departamento General de Irrigación planteó la posibilidad de planificar represas para contener el agua de lluvias, que según la previsión aumentará en forma progresiva y paralela a la disminución de nevadas, pero aún no hubo avances en materia de decisiones al respecto.
La provincia de San Juan, que no conocía la presencia de heladas y granizo, hace dos años que debe lidiar con la presencia de estos fenómenos climáticos que, al parecer, llegarán con mayor asiduidad.
En el caso de la vitivinicultura, sobre todo la que se practica en altura en los últimos diez años, han debido adaptar los viñedos debido al efecto de la abundancia de rayos infrarrojos y ultravioletas que generan efectos no deseados en las uvas. Antes se usaba tela antigranizo para evitar las precipitaciones, pero hoy la misma tela se usa para filtrar estos rayos. También se cambiaron conceptos como el deshoje.
El problema de cambio climático genera riesgos de que se avance sobre bosques nativos en busca de nuevas tierras cultivables, lo que puede acarrear efectos notables al afectar ecosistemas que sirven de filtros para muchos vectores de enfermedades.
La urbanización desordenada, así como la industrialización sin conceptos de sustentabilidad trae aparejados grandes riesgos. Hay que pensar que, naturalmente, Mendoza presenta riesgos aluvionales, por las lluvias que se producen en alta montaña. Si estas son más abundantes, los riesgos sobre zonas urbanizadas pueden tener más costosos en daños materiales y vidas humanas. La naturaleza nos está haciendo sentir su enojo y nos avisa.
Lo grave es que no tomemos conciencia y comencemos a diseñar los planes para hacer sustentables nuestros oasis en los próximos 100 años. Los expertos calculan que la temperatura promedio del planeta subirá dos grados para 2050. Solo restan 37 años para que eso se produzca. Los chicos que hoy están en la secundaria serán los dirigentes políticos, sociales y empresarios que deberán afrontar estas circunstancias. Lo que hagamos será para ellos, que serán nuestros hijos o nietos.
El futuro es ahora y las decisiones se deben tomar en forma urgente. Depende de las autoridades convocar al sector científico y empresario y planificar con previsiones para que el futuro, que ya se anuncia, no sorprenda a nuestra descendencia. No olvidemos que vivimos en un desierto.