Allá por inicio de la década del ‘90 Chuck Blazer, el “soplón” de los Estados Unidos para develar el escandaloso #FIFAgate, comenzaba su ascenso como “pillo” de los negocios del fútbol.
Allá por inicio de la década del ‘90 Chuck Blazer, el “soplón” de los Estados Unidos para develar el escandaloso #FIFAgate, comenzaba su ascenso como “pillo” de los negocios del fútbol.
Convenció por entonces al hoy detenido Jack Warner para ir por la presidencia de la Concacaf, a la que finalmente el oriundo de Trinidad y Tobago llegó. Éste, en reconocimiento a la labor prestada para tales fines, le dio a su ladero el cargo de secretario general de la entidad que nuclea al fútbol del Norte Centroamérica y Caribe y allí empezó todo.
Hoy, con la Justicia norteamericana metida a full en los sobornos de la FIFA, el nombre de Blazer saltó a la primera plana por aceptar trabajar para ellos a modo de “alivianar su culpabilidad” en el bochornoso episodio en el que estaba implicado por el impresionante crecimiento de su patrimonio en cuestión de un puñado de años.
¿Cómo lo hizo? Tan simple como cruzarse de vereda: entró al máximo organismo con micrófonos, grabó conversaciones clave para la avanzada contra los dirigentes hoy detenidos.
¿Pero qué tenía que ocultar Blazer? Nada menos que la explicación de esos millones y millones de dólares que había en algunos casos manejado, en otros gastado, y cuyo origen era nada mas y nada menos que la casa madre del fútbol. Es que los negocios de Chuck empezaron apenas tuvo poder en la Concacaf.
Arregló, según el New York Daily News, que por cada dólar ingresado al ente, él se quedaría con el 10% del mismo, sea de una entrada a un partido o de un llavero de merchandising. Sus cuentas en el exterior crecían exponencialmente con el no pago de impuestos de sus propiedades, vehículos y negocios.
Así, Chuck logró tener en poco menos de 20 años más de 22 millones de dólares en una sólo una de sus cuentas y gastos por 29 millones durante el período 1991-2011 en sus tarjetas de crédito.
En sus mejores épocas como dirigente de Concacaf, Chuck alquiló en la exclusiva torre Trump todo el piso de 17 que destinó para la resolución de los temas futbolísticos de Guatemala. También rentó el piso 49 que utilizó para vivir y, acaso lo más extravagante, también un departamento chico, contiguo al suyo, para que vivieran sus gatos. Sólo este último le costaba a la Concacaf que, claro, pagaba todo, 6 mil dólares mensuales.
Según Joseph Blatter, era muy difícil controlar a todos quienes hacían negocios, algunos demasiado extravagantes como para pasar tan inadvertidos, en nombre del buen fútbol.