Esta semana visité Tokio y Hong Kong, y si tuviera que hacer una síntesis de lo que resonó en todas las conversaciones que tuve, sería algo como esto:
Esta semana visité Tokio y Hong Kong, y si tuviera que hacer una síntesis de lo que resonó en todas las conversaciones que tuve, sería algo como esto:
Los hombres de negocios y funcionarios de gobierno chinos expresaron mucha ansiedad: "¿Podrías decirme, por favor, qué quiere lograr el presidente Trump con esta guerra comercial? ¿Su objetivo es volver a equilibrar el comercio o contener el ascenso de China?". Combinada con bastante bravuconería: "Te das cuenta de que ustedes, los estadounidenses, reaccionaron muy tarde, ¿verdad? Ya somos demasiado grandes para ser intimidados. Debieron hacer esto hace una década".
Los japoneses mostraron gratitud: "Gracias a Dios por Donald Trump. ¡Por fin tenemos un presidente estadounidense que entiende la amenaza que China representa!"
Combinada con mucha ansiedad: "Por favor, por favor, tengan cuidado. No vayan a excederse con Pekín y luego estropear el sistema global de comercio".
Un astuto consultor europeo se mostró desconcertado: "Vaya que falló la inteligencia de los chinos. No tenían idea de cuánto querían, tanto los demócratas, como los republicanos y los europeos, ver que Trump aplastara a China en esas negociaciones comerciales. Pero por favor, en serio no empiecen una guerra fría con China que nos obligue a elegir un bando".
Por último, mi postura ante mis interlocutores chinos y japoneses: me alegra que Trump esté haciendo frente a China respecto de las barreras que puso para acceder a su mercado. Ese es el verdadero problema, no el desequilibrio del comercio bilateral. Esto debió haber sucedido desde hace mucho, pero el comercio no es un juego de suma cero.
China puede prosperar y ascender, y nosotros también podemos hacerlo, al mismo tiempo. Así ha sido durante los últimos 40 años. Sin embargo, a todos nos iría aún mejor si China les brindara a los productores estadounidenses el mismo tipo de fácil acceso a su mercado que el que goza en Estados Unidos. Es hora de recalibrar los lazos económicos entre Estados Unidos y China antes de que sea demasiado tarde.
Es por eso que este momento quizá sea tan trascendental como cuando Estados Unidos tomó la decisión de contener a la Unión Soviética hace 70 años. No sería conveniente contener a China, pero para evitar que llegue a eso, ambos países deben ser inteligentes y honestos acerca de cómo fue que llegamos aquí: China tiene que ser mucho más humilde respecto de la manera en que su economía creció tanto con tanta velocidad, y Trump debe ser mucho más sofisticado respecto de cómo Estados Unidos ha sido tan fuerte durante tanto tiempo.
¿Qué quiero decir con esto?
La fórmula china para el éxito tuvo tres pilares.
El primero fue mucho trabajo arduo; gratificación aplazada; niveles altos de ahorro; inversiones inteligentes en infraestructura, educación e investigación; y un sistema de capitalismo darwiniano. En el "capitalismo selvático" de China, 30 empresas dedicadas al mismo negocio emergen y compiten para ver cuál de ellas se convertirá en el macho alfa y obtendrá el respaldo del gobierno para lanzarse al mercado global. Este sistema ha producido altos niveles de innovación -Alibaba, Tencent, DJI- pese a un internet censurado, una prensa libre inexistente y un gobierno autoritario.
El segundo pilar fue el sistema para burlar las normas de la Organización Mundial del Comercio; las transferencias forzadas de tecnología; el robo de la propiedad intelectual de terceros; las reglas comerciales no recíprocas; y el apoyo masivo del gobierno para los ganadores tanto de sus competencias darwinianas como de sus industrias ineficientes propiedad del Estado.
El tercer pilar -que China nunca ha reconocido- fue un sistema estable de comercio global construido por estadistas estadounidenses y sustentado por la Armada de Estados Unidos. La Armada en el Pacífico ha sido la encargada de asegurarles a los socios comerciales de China ubicados ahí que el dominio económico del país oriental no resultaría en un dominio geopolítico sobre ellos, y de esta manera, los convenció de abrirse a la inversión y comercio chinos de manera masiva.
La fórmula estadounidense para el éxito, que data de su fundación, también tuvo varios componentes: siempre educamos a nuestros hijos con el fin de aprovechar al máximo la tecnología predominante de la época.
Durante la época de la desmotadora de algodón, eso significó educación primaria universal; cuando llegaron las fábricas, eso se tradujo en educación secundaria universal; cuando surgió la computadora, se requirió alguna forma de educación postsecundaria universal; y ahora que entran en escena los macrodatos y la inteligencia artificial, implicará aprendizaje de por vida.
Asimismo, siempre aspiramos a tener la mejor infraestructura (caminos, puertos, aeropuertos y telecomunicaciones), el mayor financiamiento gubernamental de investigación básica para expandir las fronteras de la ciencia a fin de que nuestras empresas pudieran innovar más con mayor velocidad, las mejores normas y regulaciones para incentivar la toma de riesgos y prevenir la imprudencia, y el sistema de inmigración más abierto para atraer a trabajadores poco calificados pero con mucha energía y a temerarios con coeficientes intelectuales elevados.
Finalmente, siempre defendimos los valores universales de la libertad y los derechos humanos, siempre invertimos de más para estabilizar el sistema global del cual éramos el mayor beneficiario y, por lo tanto, siempre mantuvimos aliados perdurables, no recurrimos únicamente a la intimidación de nuestros vecinos y clientes como lo hace China.
Además, todas nuestras fortalezas estaban respaldadas por un sistema democrático y una clase política que siempre encontró maneras en momentos clave para comprometerse a renovar los elementos de nuestro modelo de crecimiento. Aún no nos convertíamos en lo que somos ahora, lo que Francis Fukuyama llama una "vetocracia": un sistema en el que dos partidos políticos nacionales a menudo solo vetan las ideas del otro, lo cual hace que sea imposible reinvertir en nuestra fórmula para el éxito.
Esta guerra comercial puede terminar bien solo si China es honesta acerca de todos los pilares que conforman su fórmula para el éxito y si Trump es sincero respecto de todos los nuestros. Podemos obtener muchísimas concesiones comerciales de China, pero si nos alejamos de la fórmula que verdaderamente nos llevó a la grandeza, no gozaremos de un crecimiento sustentable e inclusivo.
Así que cuando observo esta guerra comercial descontrolada y escucho a ambas partes, quiero decirles a los chinos: no llegaron aquí meramente con trabajo arduo; las barreras que pusieron no fueron un derecho que podrán conservar para siempre, y el sistema económico global con el que crecieron no lo construyeron ustedes, lo hizo su mayor cliente y rival: Estados Unidos.
A Trump quiero decirle: Estados Unidos se volvió grandioso con una fórmula en la que todos los grandes presidentes estadounidenses reinvirtieron y renovaron. Usted no está haciendo eso. De hecho, está socavando e ignorando algunos de sus elementos fundamentales: la inmigración, los aliados, las normas y las regulaciones.
En suma, me preocupa que en Estados Unidos nos hayamos concentrado tanto en quiénes son los chinos y en qué intentan convertirse, que hemos perdido de vista quiénes somos y cómo llegamos aquí. Esa es la amenaza más grande para nuestra economía y nuestro futuro.