9 de septiembre de 2016 - 00:00

China: a 40 años de su muerte, Mao sigue presente

La imagen del fundador de la China Comunista aparece aún en los billetes y hasta la plaza de Tiananmen.

Hace hoy 40 años que falleció pero la figura de Mao Tsé Tung sigue apareciendo por todas partes en China, desde los billetes hasta su enorme retrato en la plaza Tiananmen de Pekín, una herencia cuya gestión sigue resultándole molesta al Partido Comunista Chino (PCC).

Mao es “a la vez el Lenin y el Stalin del PCC”, declaró  Frank Dikötter, especialista del período maoísta de la Universidad de Hong Kong.

“Como Lenin, llevó al Partido Comunista al poder. Como Stalin, cometió espantosos crímenes contra la humanidad”.

Hijo de un agricultor acomodado, Mao aspiraba a transformar su país en un paraíso socialista, un sueño por el que no cedió en lo más mínimo.

Cofundador del PCC en 1921, llegó al poder 28 años después, tras haber luchado contra los japoneses y haber vencido al ejército gubernamental chino.

El 1 de octubre de 1949 proclamó la instauración de la República Popular frente a la plaza de Tiananmen.

Pero los abusos no tardaron en llegar.

Obsesionado por perseguir a los “contrarrevolucionarios”, Mao ordenó múltiples purgas, que dejaron cientos de miles de víctimas.

A finales de los años 1950, su “Gran salto adelante”, una campaña económica de objetivos irreales, acabó con la agricultura y provocó una hambruna que costó la vida a decenas de millones de chinos.

Durante la década anterior a su muerte, lanzó y dirigió la Revolución Cultural (1966-1976), una orgía de violencia física y psicológica que conmocionó al PCC y que traumatizó al país durante años.

Una vez que Mao había fallecido, el PCC hizo un balance de su gestión, llegando a la conclusión de que fue “un gran marxista y un gran revolucionario, estratega y teórico proletario”, pero que cometió “graves errores”.

“Lo más importante son sus logros. Luego vienen sus errores”, concluyó el partido en aquel momento, una postura “que no ha cambiado verdaderamente”, a pesar de las reformas emprendidas por su sucesor, Deng Xiaoping, que transformaron a China profundamente, según Dikötter.

“Uno no puede evocar la credibilidad, la reputación y la imagen de Mao sin socavar los cimientos del Partido Comunista Chino”.

El actual presidente chino, Xi Jinping, el dirigente más poderoso desde el antiguo Gran Timonel, denuncia tanto el “nihilismo histórico” como el “neoliberalismo”, apuntando tanto a los idólatras como a los detractores del período maoísta.

“Se constata una amnesia, suscitada por el poder, del balance real de Mao”, dijo Fei-Ling Wang, especialista de China en el Instituto Tecnológico de Georgia.

Cualquier crítica directa sigue siendo peligrosa: en 2015, un presentador de la televisión pública fue suspendido tras la difusión de un video en el que aparecía cantando una canción que ridiculizaba a Mao, durante una fiesta privada.

En cambio, algunos alaban la ideología maoísta para criticar el rumbo capitalista que ha tomado la economía china.

“Los ciudadanos, los artistas y los militantes deben navegar constantemente entre las fronteras difusas de lo que es políticamente aceptable”, estimó Jessica Chen Weiss, especialista en política china de la Universidad Cornell de Nueva York.

Sin embargo, la herencia de Mao sigue siendo muy subjetiva, destacó Jeff Wasserstrom, historiador y autor de una obra sobre la China moderna.

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