Desde hace tres o cuatro décadas, las concepciones políticas y económicas del subcontinente se han estructurado a partir de dos referentes regionales situados en las antípodas: Cuba y Chile. Para los latinoamericanos preocupados por los problemas estructurales de la región, estos países muestran dos caminos opuestos. Dos modelos cuyos itinerarios se cruzan.
Cuba, sometido en régimen cuasi colonial a los EEUU, protagonizó la primera revolución socialista del hemisferio occidental, a pocos kilómetros de la costa de la Florida. Poco después Chile iniciaría un proceso revolucionario socialista con apoyo directo de Cuba. El fracaso de esa experiencia está en el origen del Chile contemporáneo, fundado en la institucionalidad liberal-democrática y la economía de mercado.
La simetría entre los modelos es solo aparente. Mientras que el socialismo cubano ha decaído sin pausa desde la desaparición de la URSS, su principal socio comercial y sostén político, Chile ha seguido un itinerario más corto pero ascendente, consolidando un modelo económico, social y político que se ha convertido en ejemplo y referencia para la región. Los otros países, no obstante, han tenido sentimientos encontrados y cambiantes respecto de estos dos referentes. Hacia fines de los ochenta estaban en condiciones de hacer un balance en torno a la “década perdida”, durante la que se combinaron procesos de transición democrática con un modelo económico inspirado en la socialdemocracia europea.
Chile apareció entonces como un caso exitoso de estabilidad política con desarrollo económico. Los noventa fueron los años del llamado “neoliberalismo” (adoptamos la denominación por mera comodidad). Mientras Cuba se asomaba al abismo y entraba en el oscuro “periodo especial”, los países de la región se miraban en el espejo chileno y encaraban procesos de recorte del gasto público y ajustes al Estado.
La ilusión duró poco. Las crisis que afectaron a la región, sumadas a la incapacidad de sostener la disciplina fiscal y maniobrar en entornos cambiantes y hostiles -una crisis provocada a la vez por la inconsecuencia y la falta de versatilidad- provocaron el derrumbe general del llamado “neoliberalismo”. Excepto en Chile.
El entresiglos mostró a Sudamérica moviéndose de derecha a izquierda, al encuentro de una nueva versión de los modelos populistas (“neopopulismos”) que han marcado su historia política. Naturalmente ninguno de estos países, excepto -con muchos matices- Venezuela, se propuso emular el maltrecho socialismo cubano. Pero la actitud ante Cuba y lo que representaba cambió. En los años siguientes no sería modelo, pero sí referencia para muchos.
Los deseos de igualdad, emancipación e integración regional que despertó el populismo tampoco se cumplirían. Promediando la década que termina, en medio de una declinación del precio de las commodities que los despojó de los notables recursos que derramara el crecimiento chino, los populismos entraron en un fuerte reflujo, perdiendo el poder en muchos países.
Así se llegó a la situación actual. Los gobiernos “neoliberales” que sucedieron a los populismos debieron hacerse cargo de los excesos y licencias con que aquellos manejaron recursos públicos y vulneraron las instituciones. Chile, que durante todo este tiempo se había mantenido casi impertérrito ante los violentos cambios de dirección de sus vecinos, volvía a ser el ejemplo a seguir.
Esas políticas dolorosas -sumadas a las torpezas en la gestión, el mal manejo de los efectos derivados de la crisis económica y un contexto de confrontación entre bloques- han puesto la región en una disyuntiva general, en la que cada país replica una disputa común: populismo contra democracia liberal y economía de mercado. Una grieta continental. Es lo que ha definido la disputa en los trascendentales procesos electorales casi simultáneos: presidenciales en Argentina, Bolivia y Uruguay. En ese contexto se produce el estallido de la crisis chilena, con una virulencia e intensidad inusitadas. ¿Existen razones objetivas para explicarlo? Por supuesto. A pesar de que en el conjunto de indicadores de estabilidad institucional, desarrollo económico y social de la región Chile posee los mejores números, pueden identificarse tres planos causales. Si bien la chispa que encendió la llama fue el aumento del boleto del metro, esta cayó en un material inflamable originado por el ajuste de inversión pública sensible, en un contexto de deterioro de las condiciones económicas internacionales en las que se mueve el país.
Pero la causa primera es más profunda. Las crisis se pueden producir por la insatisfacción o bien de necesidades básicas o bien de expectativas frustradas. Este es el caso de Chile: una sociedad con movilidad social en ascenso impaciente por obtener mejoras en su calidad de vida -legítimas y razonables en su mayoría- en función de un elemental razonamiento a partir de su propia experiencia reciente. Una crisis de crecimiento.
Sorprende la violencia de las protestas y la pervivencia del movimiento. El gobierno de Piñera se enfrenta, a la vez, a una contraparte sin aparente articulación institucional con quien entablar un diálogo y a una estructura insurreccional delineada con criterios estratégicos. El objetivo de la protesta no busca una respuesta del gobierno, sino su caída.
Se insiste con la presencia de agentes y agitadores extranjeros. Puede ser. No alcanza para descartar tal hipótesis la afirmación de que en virtud de su precaria situación, Cuba o Venezuela son incapaces de llevar a cabo una operación de tal magnitud. Es más fácil sembrar caos y destrucción que orden y paz. Se trata no obstante de un factor de escaso valor explicativo. Si lo que se buscaba era condicionar a los electores de los países vecinos contra el bando de la democracia liberal y el mercado, había que atacar al país que hoy constituye su inspiración y orientación. Chile constituía en un objetivo estratégico, el Rey adversario en el ajedrez regional. Una advertencia para quienes se propongan seguir su camino.
La izquierda populista latinoamericana celebra con regocijo “el fin del modelo neoliberal chileno”. Es vergonzoso el doble estándar que aplica en sus valoraciones: a Chile lo juzga como si fuera país escandinavo, sobre Venezuela ha suspendido el juicio crítico. Su inspiración, por otra parte, excede lo ideológico. Se advierte un fondo oscuro de envidia que es, según Unamuno, el vicio característico de los pueblos hispánicos. Su diagnóstico es a todas luces prematuro e infundado, pero muestra a las claras el pensamiento desiderativo que lo origina. Una perspectiva más realista y desapasionada muestra que Chile, con sus enormes problemas de integración social y sus dolores de crecimiento pero también con los recursos humanos, institucionales y materiales acumulados durante décadas de estabilidad y crecimiento, seguirá siendo un referente principal y dando lecciones a toda la región. Mal que les pese.