1 de octubre de 2015 - 00:00

Causas de la violencia

Independientemente de los criterios rigurosos de los psicólogos y psiquiatras, se puede afirmar que, en nuestra sociedad, se observan trastornos de conducta o, al menos, se evidencian cualitativa y cuantitativamente conductas insospechadas o reñidas con una vida apacible y más dedicada a la perfección del ser humano.

Éstas se presentan de manera individual y no nos referimos a la delincuencia, que ocupa un lugar visible como nunca. La violencia entre vecinos, en el tránsito -a veces con lesiones y hasta muerte-, alumnos contra docentes y compañeros en el santuario escolar, la violencia de género más visible que nunca. También como violencia social, de grupos, como los piquetes que obstruyen el libre desplazamiento de los ciudadanos, la violencia en el fútbol, como muestra de muchos intereses económicos obtenidos por la fuerza y fuera de la ley. Y hace décadas que para consensuar sueldos arrebatados por la inflación se manifiestan con reclamos callejeros ruidosos, paros, como que, sin algún tipo de violencia, los argentinos fuéramos incapaces de consensuar con la palabra y el fiel compromiso.

Definir cada uno de tantos episodios denigrantes es largo y tedioso. Por su repitencia y permanencia, estos acontecimientos se han convertido en el modus vivendi en nuestra sociedad. Surge naturalmente preguntarse por qué ocurre esto, cuál es el motivo de esta situación, qué elementos han intervenido para que nuestro país muestre este costado decadente donde la violencia, ira y crispación han ocupado tanto espacio ante la indiferencia de los responsables.

Es tan evidente que en la selección de un hombre que pretende dirigir la Nación y la vida de las personas se muestren en la más lamentable situación de limosnero amparado con una inmensa maquinaria publicitaria y marquetinera con dinero público sin mostrar verdaderos e innegables méritos por sobre cualquier vulgaridad mostrando en cambio una obsesiva y compulsiva ambición de poder.

Seguramente las causas son varias. Observemos algunas, por lo menos. La relacionada con nuestra formación como ser humano, con medios como la instrucción, educación, formación cultural e intelectual del niño, adolescente y joven adulto para, como mínimo, lograr internalizar el respeto hacia los otros, las leyes y reglamentos para obtener una sociedad más organizada cívica y pacíficamente. Para ello tenemos que remitirnos a nuestra formación como individuos con los derechos y obligaciones que tiene todo ciudadano respetable: ésa debería ser la mínima base de lo que llamamos civilización.

La ética es el compromiso inherente a todos. La ética se torna en moral (costumbre) y son las obligaciones de comportarse con el bien y contra el mal (fácilmente identificable) frente a todos los demás.

Jaime Barilko (filósofo y educador) dice: "No somos éticos, no somos malos, simplemente no somos". Si la ética es yo con el otro, la vida es la existencia compartida. Vivimos en una sociedad, o sea, somos todos socios de alguna manera. Se es ético consigo mismo, con la familia, en el trabajo, en la calle, en la comunidad o, por el contrario, somos los que heredamos, aquello tan nacional, "el pícaro, el vivo, el piola", aunque tan "bobo".

Cada uno funciona independientemente del otro, aun con los íntimamente ligados, pero siendo parte de un todo. Cada órgano no puede funcionar con prescindencia del otro órgano. Éste es el ser vivo y así funciona la comunidad. Parece que nadie está exento de actitudes no racionales. Quizás se cree, equivocadamente, que en democracia es posible la picardía de resguardar mezquinos intereses personales con una actitud confusa para una gran mayoría desprevenida. Una sociedad sin ética negocia cualquier cosa, como ocurre con el ejemplo público que dan los políticos y sus líquidas pertenencias ideológicas.

Ya la sabiduría oriental afirmaba que "el líder sabio habla sencilla y honestamente e interviene para arrojar luz y crear armonía" y que sin orden, disciplina y respeto, no hay un desarrollo natural y un futuro calmo.

No se nace con todas las condiciones y sabiduría pero se adquieren durante el desarrollo, naturalmente con la educación familiar y escolar. La formación del joven debe ser responsabilidad de la familia juntamente con la escuela. Pero está claro que esto muchas veces no ocurre, porque los padres también adolecen y la escolaridad ha perdido contenidos educativos. Los derechos del niño y la responsabilidad de los padres son el camino ineludible para mejorar al ser humano, respetar la vida y olvidar la violencia. La regularidad escolar y luego la cotidianeidad del trabajo son un formidable ejercicio para desarrollar la inclusión social con orden y respeto.

Observemos la sociedad contemporánea: los cambios rápidos y profundos, la variable realidad económica, social, cultural, la falta de previsión y el ostensible abandono de tantos jóvenes, son hechos que se manifiestan en trastornos de conducta, inestabilidad emocional, conflictividad, intolerancia, sentimientos de vacío, aburrimiento, desconcierto. Estas situaciones conforman un trastorno emocional que expresa a una sociedad en la que se instala la inmadurez, la banalidad, la ausencia de cohesión y de proyectos para la vida de tantos nuevos ciudadanos que, sin duda, serán el futuro de la Nación.

No sólo padres y escuela suelen fracasar en la educación del niño; los dirigentes y funcionarios supremos no hacen más que complicar, con sus ejemplos, la formación correcta del joven argentino del futuro.

Pensemos en Lao Tse cuando decía: "Como la creación es un todo, la separación es una ilusión. Guste o no, jugamos en equipo, el poder surge de la cooperación; la independencia, del servicio; y la grandeza, del desinterés."

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