El ecosistema en el cual el fútbol se ha desarrollado en la Argentina es pródigo en la entronización de figuras que encarnan valores que se asumen como paradigmáticos dentro de una comunidad de complejidad extrema como la nuestra. La proyección desde la faz inconsciente que se deposita en el futbolista estrella convierte a éste en un personaje al cual se le adosan características propias de la mitología griega.
Se tratará de quien descenderá del Olimpo para dar el golpe justo que defina la batalla y libere de las presiones contenidas hasta transformar el hecho en una dificultad dejada atrás. O, por el contrario, será sometido al escarnio y a la desvalorización pública si es que su toma de decisión ante una situación clave es errada y desemboca en la frustración ante una situación equis resuelta desfavorablemente.
No hay término medio entre los argentinos a la hora de medir el cómo, el cuándo y el porqué; todo lo contrario, en el inconsciente colectivo anida la percepción de que el éxito vale por sí mismo sin importar de qué manera fue conseguido. Pragmatismo puro, quizá. Realidad manifiesta y no virtual, en una palabra.
Carlos Tevez es hoy un reflejo del statu quo en el cual navega el imaginario masivo. Sus posturas son tan extremas como contradictorias, tal como si fuera un heredero natural de un rupturista motu proprio al estilo de Diego Maradona.
Si se midiera solamente este año que se va cómo fue oscilando el astro de Boca Juniors respecto de sus posiciones ante un escollo que le presentaba su presente bien podría adjudicársele cambios de postura sin una línea que se advirtiera como guía.
Su reacomodamiento a la vida cotidiana de este lado del planeta luego de una década ubicado en una zona de confort europeo -Inglaterra e Italia- le dejaron huellas que aún intenta desandar. Y una de éstas es la que denodadamente busca despejar: cuál es el camino correcto de transición para dejar atrás la estabilidad general de un fútbol de nivel de élite a otro en el que los valores están cruzados y en el que parece imponerse la lógica del canibalismo social dentro y fuera de la cancha.
Carlitos fue criado en un barrio de vulnerabilidad extrema, cuyo nombre inicial -“Ejército de los Andes”- mutó conforme a las clasificaciones estereotipadas de ciertos cronistas televisivos de los ’70, quienes lo denominaron “Fuerte Apache”. El enclave de monoblocks está ubicado en el conurbano bonaerense
-partido de Tres de Febrero- y surgió tras el intento de erradicar el espacio urbano marginal cercano a la zona de Retiro (hoy, Villa 31, pegado a la Terminal de Ómnibus de la CA BA), cuyo máximo referente desde el punto de vista social era el Padre Carlos Mugica, también conocido como el “Cura villero”.
La presunción de la época implicaba que esa modificación de hábitat iba a favorecer la socialización de los nuevos vecinos, con servicios como luz, agua, gas y cloacas, más escuelas y centros de salud dentro del predio. Sin embargo, la visión inicial fue mutando a partir de la cruda realidad: la proliferación de bandas que dirimían las internas del poder noche tras noche, la violencia intrafamiliar, las adicciones y la deserción escolar fueron instaurando el factor riesgo en la comunidad.
La personalidad del por entonces promisorio futbolista se fue fraguando a base de la resiliencia que parecía estar a prueba de todo. Y esta característica es la que lo acompaña hasta hoy. De tal forma, su reingreso al metro patrón cultural del fútbol argentino desde hace poco más de un año aún lo tiene en modo prueba. ¿Y qué lo sedujo para volver? El dinero, no; le sobra. La gloria deportiva, quizá; ningún deportista de alta competencia la desvaloriza.
Sin embargo, la causa quizás haya que buscarla en que el enigmático poder de atracción del fútbol argentino no se compara con nada. En él, el criterio de organización programada se tutea cara a cara con el desconcierto, ese símbolo del imprevisto que ya se ha mimetizado como parte de la identidad. La violencia es endémica y naturalizada a pesar de los sinfines de reuniones entre especialistas y funcionarios de turno. Los roces, codazos, planchas y golpes alevosos entre jugadores sin distinción de camiseta se encarnan en el modelo de la agresividad con premeditación y alevosía. La picardía mal entendida y el sacar ventaja a través de la simulación y de la instigación también se fusionan con la transgresión a la norma como si esto fuera un hecho cultural instituido.
Que Tevez se vaya o no a China -una fortuna lo espera- dependerá de su estado de ánimo y de cómo desee encarar su proyecto de existencia. Mientras, su condición de rebelde e inconformista lo seguirá manteniendo en el centro de la escena respecto de la mirada que sobre él tiene el imaginario social. Y sus fastidios usuales lo mostrarán tal cual es: un navegante en las aguas encrespadas de la volatilidad y los cambios de humor. Como si -metafóricamente hablando- se le preguntase qué opina de tal o cual situación urticante y él respondiera: “Yo, argentino”.