17 de octubre de 2013 - 01:05

Hay que cambiar hábitos alimentarios

Debido a la variación constante de los precios así como de la tendencia al alza de los alimentos, el consumidor debe estar preparado para atemperar estos cambios.

El tema de los hábitos en la alimentación es parte de un proceso educativo lanzado hace varios años a efectos de cambiar nuestra dieta para conseguir mejoras en la salud. Pero no es mi intención entrar en este campo sino en el que me corresponde. La necesidad de ajustar la dieta se base en los cambios abruptos experimentados en los precios de alimentos en los últimos años, generados, ya sea por regulaciones mal hechas o por fenómenos climáticos, como sequías o heladas.

Aunque parezca una paradoja, si se comparan precios actuales, encontraremos que un kilo de tomates vale más que un kilo de asado, y que una parrillada de vegetales (con pimientos, zapallitos, berenjenas y otras) puede costar más que una parrillada vacuna.

Pero no solo en estos rubros aparecen las diferencias. Harina ha sido el producto que más aumentó en los últimos dos años y el precio de un kilo de pan hoy casi está igualando al de un kilo de paltas. Silenciosamente, los precios de las frutas también crecieron y aquellas que pueden venderse todo el año no cambian sus valores cuando aparecen las cosechas nuevas. Aunque hay casos en los que se siguen respetando las reglas de mercado. No es fácil conseguir un kilo de frutillas a menos precio que un kilo de zapallitos.

Así, podremos recorrer distintos barrios o negocios y encontraremos diferencias que antes no aparecían. Los consumidores ya estaban acostumbrados a estándares de precios que hoy aparecen alterados. Lo que es una constante es que, en materia de frutas y verduras frescas, los precios más altos suelen estar en los súper e hipermercados.

Los enigmas de la carne

Los sistemas regulatorios del precio de la carne bovina hicieron que se alteraran los precios ya que muchos productores decidieron liquidar sus stocks y dedicar sus campos al cultivo de soja. Mientras vendían animales, entre ellos gran cantidad de madres, los precios bajaron mucho, pero cuando esto terminó los valores se fueron a las nubes. Cuando se liquidó stock, faenando gran cantidad de hembras, el consumo creció.

Según datos oficiales, el consumo de carne vacuna, que estaba en 64 kilos por habitante por año en 2004, pasó a 69,4 en 2009 pero cayó fuertemente hasta 54,9 en 2011. Actualmente, se ha recuperado el consumo y está en 62 kilos, por efecto de otro proceso de liquidación, pero partiendo de un stock vacuno menor.

Diversos estudios privados revelan que  la canasta básica alimentaria creció entre 2011 y 2013 69% (muy contrario a los datos del Indec. Pero ese es un promedio, en el que computan subas del 260% en las harinas; 100% lo hicieron huevos, manzanas y naranjas, pero las carnes solo subieron un 40% promedio en ese período. Puede decirse que el precio de la carne ayudó a que la canasta no creciera más.

De todos modos, el precio actual de la carne es de liquidación. Nuevamente, y ante la imposibilidad de exportar y los altos costos, muchos productores comenzaron nuevamente a liquidar hacienda y es probable que, en un año o dos, volvamos a penar por los precios del asado y de los bifes.

Algunos dirigentes empresarios ya están vaticinando costos siderales pero más que apostar a precios preocupa cómo se desintegra un sistema productivo, llevándolo a concentrarse en soja, y perdiendo una riqueza de variedad productiva que nos caracterizó durante muchos años. Hoy para comer, hay que tener a mano todo tipo de recetas porque los precios cambian en forma súbita.

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