El voto de estas segundas primarias realizadas en la Argentina obedece a la misma lógica de las primeras pero con los resultados exactamente opuestos.
El voto de estas segundas primarias realizadas en la Argentina obedece a la misma lógica de las primeras pero con los resultados exactamente opuestos.
En 2011, Cristina Fernández les ganó -arrasando- a todos sus opositores y fue la responsable de arrastrar hacia arriba a los que ganaron con ella. Ahora, perdió con todos sus opositores (hasta en su “lugar en el mundo”) y arrastró hacia abajo a todo el peronismo oficial.
El argumento de que el Frente para la Victoria es la primera minoría a nivel nacional es algo abstracto, una mera excusa que no dice nada ya que está conformada apenas por el piso histórico más bajo del peronismo, al cual contribuyeron incluso impresentables como los gobernadores de Tucumán o Formosa que siguen ganando bien en sus provincias más como señores feudales que como otra cosa.
Si a eso le sumamos los poquitos votos que le puede haber agregado Daniel Scioli es posible decir que casi todo, si no todo, el peso de la derrota cae sobre las exclusivas espaldas de la Presidenta, la gran piantavotos de ayer. Y no se puede decir que no tuvo méritos para ello.
Ahora se entienden las tramoyas que hizo u ordenó hacer en los últimos días cuando debe haberse enterado de lo mal que iba la cosa.
¿Qué hizo? De todo y todo mal. Cuando vio que estaba perdiendo, en vez de replantearse lo que debía comunicarle a la sociedad, decidió redoblar la apuesta como siempre hace.
Luego de quemar un cajón a lo Herminio Iglesias con su desfachatez de realizar una inauguración por día en plena veda electoral, como vio que no le alcanzaba siguió quemando más, y más grandes, cajones.
Por eso cometió la desvergüenza de llevar a su candidato principal, como si se tratara de un pichicho, a fotografiarse con el Papa Francisco y luego usar la foto como material de campaña. Lo obligó, además, al pobre Insaurralde (o si se obligó él solo es aún más indigno) a vender un cáncer que superó, como amarillista publicidad electoral. Creyó que el pueblo era tonto.
Pero como todas esas fantochadas no alcanzaban, reiteró la miserabilidad que siempre aparece cuando existe algún competidor con posibilidades. Pasó en 2005 con Francisco Olivera, el candidato de Carrió. En 2009 con Francisco de Narváez.
Y ahora con Sergio Massa, al cual le armaron una operación de inteligencia para acusarlo de autorrobo (o “robo pactado”) de una manera tan burda que superó en ridiculez a las andanzas del super agente 86, aunque en vez de gracioso fue patético.
Y por si todos esos desmanes no bastaran, Scioli fue obligado a dar su prueba de fe si quería dejar de ser el hereje que hasta hace muy poco todo el kirchnerismo lo consideraba. Esa prueba de fe fue entregar a Massa insinuando que era cierto lo del autorrobo
. Para formar parte del reinado CFK, Scioli, que sabía mejor que nadie que lo que le hicieron a Massa era una burda mentira puesto que cosas parecidas cientos de veces se las hicieron antes a él, no tuvo más remedio que jugarla de delator. Así, de un Poncio Pilatos que no sabe decir “no”, pasó a ser un alcahuete de marca mayor.
En síntesis, hay que reconocer que Cristina más no puede haber hecho para perder. Esta vez la política de duplicar la apuesta e ir por todo la llevó a una derrota estrepitosa por más que en su discurso de anoche la vendiera como un triunfo.
Sería de esperar, entonces, que la señora presidenta rectifique esta concepción con la que ejerce el poder, aunque su historial y las palabras que pronunció después de esta derrota que denominó triunfo, indiquen que no lo hará jamás.
Ayer nomás le echó la culpa de la derrota a la Justicia por no haberla aún podido democratizar, a los medios porque todavía quedan algunos pocos independientes y a que Insaurralde fuera un desconocido (¡!).
Cajones y más cajones.
Lo que pasó en la provincia de Buenos Aires es para meditarlo. La suma de las dos personas que manejan las dos estructuras más grandes y más poderosas de la Argentina (la Nación y la provincia de Buenos Aires) más casi todos los intendentes bonaerenses menos una veintena, fue derrotada por unos seis puntos por un candidato también peronista que empezó queriendo quedar bien con unos y con otros pero que, oliendo el clima social, terminó diciendo ayer, en su discurso triunfal, que se necesita unir a los argentinos divididos, que la clase media es grandiosa, que hay que olvidarse de reformar la Constitución y casi todas las consignas que en las multitudinarias manifestaciones populares que empezaron en setiembre del año pasado se le peticionó a un gobierno que mientras más se las pedían, más hacía lo contrario.
Mendoza fue también una reiteración al revés de las elecciones de 2011. El Gobernador se siguió atando al carro de Cristina con lo cual ganó muy bien hace dos años y perdió duramente ahora, con una añadidura en su contra: que hace mucho tiempo la sociedad mendocina en las calles y en las encuestas le venía diciendo que estaba demasiado pegado al Gobierno nacional y que eso no gustaba en una provincia cuyo mendocinismo no es cinismo sino ansias de formar parte de una grande y gloriosa nación, pero desde su identidad, desde la lucha inclaudicable por sus intereses, desde su autonomía.
Sin atacar a ninguno de sus compañeros derrotados, ayer el intendente de San Rafael, uno de los pocos lugares donde el peronismo salvó la ropa, nos dijo que el secreto de su triunfo era haber subordinado la campaña a enfatizar la defensa de los intereses locales, tradición histórica mendocina un tanto olvidada.
En fin, será atractivo -si el 27 de octubre se verifican estos guarismos- ver a una Mendoza gobernada por peronistas pero a la vez convertida en la Meca radical.