O de la manteca tirada al techo como parábola de gastarnos en lujos y al cuete la plata que nos sobra, a fin de demostrarle al universo entero que somos distintos, mejores y superiores. O, en realidad, para demostrar ser lo que no somos. Que de eso se trata el medio pelo.
El medio pelo, tal como lo entendió Arturo Jauretche (hoy gran ídolo K), expresaba en los años ‘60 a esa pequeña burguesía en ascenso que copiaba los modos de vivir de los ricos tradicionales para formarse una prosapia familiar, sin saber que la vieja aristocracia los despreciaba, que se tapaba la nariz -luego de sonreírles fingidamente- cuando este medio pelo la quería imitar asistiendo a sus mismos lugares y adoptando sus mismos gustos en comida, vivienda y viajes, puesto que no podían disimular su origen de baja condición social, de “brutos con plata”, sin herencia, ni alcurnia, según los cánones de la clase alta.
Pero Jauretche además advertía: “Está claro que la expresión tiene un valor históricamente variable, según la composición de la sociedad donde se aplica”. Por eso el medio pelo de los ‘60 no es el de la actualidad, porque se trata de otra sociedad.
El medio pelo actual no busca parecerse culturalmente a las clases altas tradicionales como el de los ‘60, sino que las critica, pero, a la vez, quiere ser la nueva clase alta. Con la excusa de “acumular plata y poder” para hacer política “revolucionaria” a fin de que la “oligarquía mediática no nos pueda destruir al contar nosotros con sus mismas armas”, se han convertido en la nueva élite y en los nuevos ricos. Por lo que ahora deben construir su propia tradición que los legitime socialmente.
Lo que tienen en común con el viejo medio pelo es que desprecian a la clase media de la que forman parte, pero ahora no la desprecian imitando el estilo de los ricos tradicionales, sino en nombre de una abstracta ideología nacional y popular por la que suponen representar a los de abajo. Aunque lo único que buscan es ser los de arriba, desplazando a los que ahora están allí.
En vez de ocupar los palacios de la vieja clase alta, quieren tener sus propios palacios, siendo Puerto Madero su símbolo central, barrio cuya reconstrucción se debe al menemismo pero que los nuevos ricos K transformaron en el lugar más “pituco” de Buenos Aires. Puerto Madero es menemismo progre sin pizza pero con champán, donde el medio pelo K trata de elevarse por encima de la clase media de donde proviene, como todo medio pelo.
El medio pelo K tiene su propia oligarquía del dinero, que viene a competir con las otras (aunque cuando se vaya del poder el kirchnerismo, ambas se terminarán fusionando porque las personas se diferencian social y culturalmente pero el dinero no) a la que simboliza muy bien un ex empleado bancario, un ex chofer, un ex jardinero y un émulo de Isidoro Cañones, todos enriquecidos desde el poder, deseosos de ser -ellos y sus familias- lo que nunca fueron para olvidarse de lo que fueron.
Junto a esa oligarquía del dinero (lo más “mersa” del kirchnerismo, lo más parecido al menemismo) está también la “aristocracia del espíritu”, los que se creen superiores moralmente al resto de los argentinos, esos que “sienten asco” por la clase media a la que pertenecen.
En ese medio pelo no sólo reviste Cabandié (aunque éste está en la jerarquía más alta por ser hijo apropiado de desaparecidos) sino también la izquierda “paqueta”, que busca ser el faro ético-ideológico de la revolución que creen estar viviendo, precisamente por el lugar privilegiado que ocupan en la misma.
Sintiéndose neoplatónicos en versión “nac y pop” rescatan la vieja distinción griega entre “doxa” y “episteme”. En términos simples, doxa significa “un conocimiento superficial, parcial y limitado, vinculado a la percepción sensorial, primaria e ingenua”. Mientras que episteme hace referencia a “un conocimiento cierto, verdaderamente explicativo, bien fundamentado, organizado sistemáticamente y, a ser posible, riguroso y exacto”.
Eso es a lo que aspira “Carta Abierta” y la mayoría de los intelectuales K. Se creen una avanzada de la alta cultura que salió a la calle desde las universidades y las bibliotecas para, en nombre de su conocimiento “epistémico”, combatir contra la “doxa” de los opinadores, de los periodistas, que son expresiones de la baja cultura. Por eso se sienten superiores, llamando “derecha” (como insulto) o “destituyente” (golpista) a todo quien no piensa como ellos, ni venere sus mismos dioses.
Ese medio pelo intelectual desprecia incluso a los periodistas propios, a los oficialistas de 6,7,8 y similares. Los ven como la grasa necesaria para hacer funcionar el carro, pero no mucho más. A esos periodistas militantes los consideran “gomezfuentistas” K (Gómez Fuente fue el periodista preferido por la dictadura durante la Guerra de las Malvinas por ser el más chupamedias), porque en el fondo son también portadores del saber superficial, de la opinión sin profundidad.
Lo único que está por encima de la nueva oligarquía del dinero K y de la nueva aristocracia del espíritu K es la monarquía K, el gran padre o la gran madre de este original medio pelo peronista al cual todo le será concedido con sólo entrar a la corte del rey. Siendo cortesano.
Este nuevo medio pelo progre les enseña a sus hijos que se deben rebelar contra el maestro y la escuela, porque la vida sirve para luchar contra la injusticia del sistema en vez de aprender el conocimiento de la burguesía. Por eso van a sus tomas de colegios y los felicitan por sus “rateadas”.
Supieron ser los “soberbios armados” en los años ‘70, la mayoría “niños bien” que venían a enfrentar a sus padres burgueses en nombre de un General que jamás pensó como ellos y por eso, además de pelearse con los padres, después se pelearon también con el General.
Supieron ser la bronca en los años ’80 (“Somos la bronca” decía la JP en los años alfonsinistas).
En los ’90, creyendo que ya no les quedaba resto, se dividieron. Algunos ocuparon cargos en las áreas de cultura y educación del menemismo y luego en la Alianza para darle una pátina progre a los radichas. Y otros, como Galimberti, se hicieron empresarios porque si en los ‘70 se levantaban minas siendo guerrillero, en los ‘90 para levantarlas había que tener guita, decía el Galimba.
Hasta que llegaron los años más dichosos de su vida con el nuevo siglo, los que ya no se esperaban, en donde por primera vez fueron dueños absolutos del poder. Y si bien demostraron que no eran mejor que ninguno de sus antecesores, nunca nadie antes se creyó tan superior como ellos. No se acoplaron a la vieja oligarquía sino que crearon la propia.
Salieron de las universidades para apostrofar al resto de los mortales como monjes de la Edad Media que vienen a comunicarle a la plebe que ellos son los únicos representantes de Dios. Hicieron de los derechos humanos una bandera partidaria desde la cual difamar al adversario transformándolo en enemigo.
Dentro de ese clima político, social y cultural, se entiende por qué se usa la memoria de los padres para evadir una multa de tránsito. O por qué se exige que lo dejen ir, puesto que debe seguir luchando contra los h. de p. que arruinaron al país. O por qué botonea a una chica “boluda”, miente por cobardía, acusa a la Gendarmería de “coimera”, a la Bonaerense de h. de p. y, por supuesto, a Clarín, por las dudas. Todo para minimizar su culpa. Para eludir su responsabilidad.
Sin embargo, todo esto no es más que la consecuencia de lo que los mayores hicieron con los jóvenes en una Argentina donde algunos padres en busca de la fuente de la eterna juventud, la quisieron revivir en sus hijos, en vez de dejar que ellos pudieran disfrutar de su propia juventud.