Así como el refrán dice que detrás de todo gran hombre siempre hay una gran mujer, podría decirse, dándolo vuelta, que detrás de toda gran mujer siempre hay un pequeño hombre. Ejemplos abundan en la historia.
Así como el refrán dice que detrás de todo gran hombre siempre hay una gran mujer, podría decirse, dándolo vuelta, que detrás de toda gran mujer siempre hay un pequeño hombre. Ejemplos abundan en la historia.
La zarina Alejandra, esposa del último zar de Rusia, Nicolás II, que ejerció el poder detrás del trono de su marido, tenía fe ciega en un mago esotérico y gran impostor llamado Grigori Rasputín, quien logró gran influencia en la política rusa hasta que un par de cortesanos del palacio real lo asesinaron dos años antes de que el zarismo fuera derrotado para siempre por la revolución soviética.
José López Rega fue un ex cabo y astrólogo delirante que de mayordomo de Perón, llegó a ser ministro de éste en su tercera presidencia, siendo ascendido de cabo a comisario general de la policía. Muerto Perón, López Rega, que manejaba a Isabelita, condujo en los hechos su presidencia durante algo más de un año, fortaleciendo en ese lapso al grupo exterminador parapolicial llamado Triple A y gestando la primera debacle hiperinflacionaria del país.
Fueron los propios sindicalistas peronistas quienes lo obligaron a renunciar y huir de la Argentina. Menos de un año después de su fuga, Isabel Perón caía por un golpe de Estado.
Rasputín y “Lopecito” fueron dos farsantes con ínfulas místicas que pretendieron ejercer el poder dominando la voluntad de la esposa del líder, desde una posición subalterna. Ofrecían algo en qué creer a quienes desconfiaban de todo y de todos, prometiéndoles una salvación mágica.
Los de su catadura son meros curanderos que se apoderan de la parte irracional que los líderes suelen maximizar en los momentos de crisis del poder político, cuando todo parece o está por caerse, puesto que el gobernante desorientado -que cae preso de su incapacidad para entender lo que está pasando- se refugia en quien le propone un milagro. Como cuando durante la sequía las tribus antiguas recurrían al brujo para hacer llover.
El brujo es atractivo porque ofrece una explicación absolutamente conspirativa de la vida. Nada nunca es culpa del afectado, sino que todo se debe a fuerzas ocultas que vienen a hacer el mal.
Pero lo mejor del brujo es que no sólo teoriza el advenimiento de los demonios, como un mero profeta, sino que también provee los remedios para ir solucionando cada uno de los hechizos que caen sobre el líder o la lideresa, a través de algún gualicho que sólo él es capaz de elaborar.
Guillermo Moreno forma parte de esa raza de impostores, aunque la situación histórica sea totalmente diferente, casi sin comparación con ninguno de los dos casos citados. Pero Moreno es por demás comparable, tanto con Rasputín como con López Rega, en su lógica de pensamiento mágico.
Cuando el gobierno K ya no pudo contener la inflación y ésta avanzaba sin solución de continuidad, el primero que se ofreció para detenerla fue Moreno, con una solución tan chiflada como imaginativa: apoderarse de los instrumentos estatales que medían la inflación y hacerlos mentir en cifras siderales los índices de precios. Se trató del brutal copamiento de una institución pública, propuesto por un curandero de cuarta categoría pero aceptado por un líder de primera categoría.
Martín Lousteau cuenta que se sorprendió cuando, siendo ministro de Economía de Cristina comprobó que ésta creía sinceramente las mentiras estadísticas de Moreno, mientras que Néstor sólo lo utilizaba, sin creerle.
Por eso para Kirchner nunca dejó de ser un mero curandero, pero la Cristina sin Néstor lo ascendió a médico en los temas económicos, lo convirtió en su ministro de Economía virtual, porque creyó en sus diagnósticos y le compró sus recetas, o gualichos.
La mentira del Indec, el blanqueo fiscal, el cepo cambiario, los viajes a Angola (como López Rega los hacía a Libia) con la esperanza de generar un comercio internacional “popular y revolucionario” que nos independice de los países capitalistas, son todos gualichos para curar una enfermedad provocada por el mismo poder.
Gualichos que agravan la enfermedad a mediano plazo, pero que en principio parecen calmarla como si fueran unos sedantes adictivos que al usarlos mucho tiempo pasan de dar placer a dolor, pero que sin embargo no pueden dejar de usarse, porque además de la adicción producen situaciones imposibles de volver atrás sin una gran y dura cura previa.
Así, borrar la mentira estadística o eliminar el cepo cambiario de golpe provocarían en lo inmediato una catástrofe peor que la de seguirlos manteniendo. Deben curarse paso a paso.
El curandero devenido médico tiene remedios mucho más baratos que los “ortodoxos”, de efectos inmediatos notables, y aunque sean desastrosos en el largo plazo, esos brujos crecen en países donde el largo plazo no le importa a nadie. Además, cuando el remedio fracasa, ya tiene otro en la manga, diciendo que el anterior falló por las conspiraciones de la “corpo” y seres malignos similares.
Ahora bien, si la comparación entre todos los brujos de la historia es factible en su lógica de acción, los líderes son muy diferentes en todos los casos, aunque los una algún tipo de desesperación para requerir los servicios del curandero. Pero lo cierto es que, por ejemplo, entre Cristina e Isabelita no existe comparación alguna.
Cristina tiene voluntad propia y no se apoya en Moreno, como Isabelita -por su incapacidad y falta de voluntad- se apoyaba en López Rega.
Cristina cree en Moreno porque ve en él la expresión más práctica de cómo ella ve la vida. Por eso hoy es tan poderoso, aunque paradójicamente en ese poder está su debilidad, ya que el propio PJ cristinista comienza a odiarlo porque le adjudica a él casi todos los males y cree que si desaparece, con él desaparecerá la irracionalidad que les está haciendo perder elecciones.
No obstante, los del PJ se equivocan porque Moreno es el brujo que busca hacer llover cuando no llueve, pero el que lo maneja es Cristina, mientras que “Lopecito” manejaba a Isabelita. Cristina tiene ideas propias, es mucho más inteligente que Isabel, ejerce el poder y no ha perdido su voluntad, pero está desorientada, por eso ha comprado un remedio menor y lo aplica en ligas mayores. Mientras, el brujo se las creyó.
Otra diferencia es que Isabelita dudaba de todos y necesitaba quién la protegiera de lo que no entendía y de los que desconfiaba, mientras que Cristina no duda de nada y se protege sola, pero está absolutamente convencida de que una inmensa conspiración se está abatiendo sobre ella, una conspiración que más crece mientras peor le va.
Al estar Cristina Kirchner persuadida de ser víctima de una conspiración global, Moreno materializa esas creencias y le ofrece respuestas concretas para que ella pueda luchar contra el enemigo.
Cristina encontró el mecánico ideal para su auto que ya empieza a envejecer, porque con alambres Moreno parece hacerlo funcionar mejor que uno nuevo, pero no por eso le ha cedido un ápice de su poder ni de su voluntad.
Ella sigue siendo la patroncita, pero ve a Moreno como un obrero lúcido, quien más la comprende. En el fondo es un chirolita pero sumamente valorado, porque es el que traduce en formas concretas y prácticas la ideología conspirativa que ambos comparten, pero Cristina aún más que él.
Moreno, a su modo, es un peronista de toda la vida pero cavernícola, que no ve al peronismo como una ideología sino como una religión esotérica. Y ahora que por una serie de circunstancias casuales llegó a las ligas mayores, pretende manejar la economía del país como lo hacía con su ferretería; en ambas ocasiones, según su particular interpretación mística de la doctrina peronista.
El imaginario utópico de Moreno es convertir a todo el país en una gran La Salada. Sus empresarios favoritos son gente como el actual jefe de la CGE, Ider Peretti, el ex menemista Carlos Spadone (ese de la leche trucha) y, precisamente, el dueño de La Salada, Jorge Castillo. El secretario sueña con un país autosuficiente, aislado, xenófobo. Tan pequeñito como su mente y los seudoempresarios que lo acompañan.
Néstor Kirchner quiso construir su propia burguesía nacional, que le respondiera política y económicamente, a fin de que esos empresarios amigos del poder se adueñaran del país entero, pero como meros testaferros del líder. La ambición de Moreno es bastante menor, pero tiene la misma lógica que la de Kirchner: él quiere ser el mandamás de una lumpenburguesía hecha a su imagen y semejanza.
Cristina, por su parte, tiene un imaginario menos “materialista” que ambos, por eso a la influencia que tiene de Néstor y de Moreno, le suma la que le aporta el idealismo abstracto de Axel Kicillof, ese muchachito teórico que enuncia las grandes políticas del gobierno, pero que sólo formula ideologías generalistas que contienen una sola medida programática ante cualquier dificultad: ¡exprópiese! Así, cuando una empresa anda mal, se la expropia y anda peor.
Mientras que si la empresa anda bien, también se la expropia para que comience a andar mal. Allí es cuando aparece el brujo de la tribu para emparchar el desastre mayor con una serie de desastres menores. Y, mientras tanto, la nave va.