Hace exactamente un año, uno de los intelectuales kirchneristas más importantes, el aún director de la Biblioteca Nacional, Horacio González, definía con impresionante claridad, en una reunión de Carta Abierta, la opinión mayoritaria en las filas del progresismo K acerca del recién asumido Papa, el entonces cardenal Jorge Bergoglio. Recordar las frases principales de su larga charla-lamento no tiene ningún desperdicio:
“Me parece un retroceso político trascendente, inútil, criticable y riesgosísimo. Lleva el mito de la nación católica al límite de la estupidez electoralista... Estoy escandalizado por los carteles que hay en Buenos Aires y por las personas que inventaron un Papa peronista... No puede ser que compañeros nuestros entren en esa superchería, no puede ser de ninguna manera y hay que criticarla... Yo no me voy a dejar (engañar) por una persona, ¿cuántas pasaron por tu vida que eran flor de crápula y hablaban perfecto lunfardo?... El estilo Bergoglio lo conocemos bien. Es un estilo demagógico que, por la magnificencia del Vaticano, que custodia los tesoros de la humanidad, entonces no es cualquier cosa... Compañeros queridos, sepamos manifestar con madurez, esta difícil circunstancia de la Argentina. Se cerró un ciclo histórico y no se sabía quién había ganado la gran batalla cultural. Ahora por estos días ya sabemos, lo pone La Nación en la tapa y algunos de nuestros compañeros dicen ‘qué suerte’. Esto no puede ser” (el subrayado es nuestro).
De la cita lo más significativo no es que un hombre siempre tan moderado como González -ganado por la indignación y la ira- le diga crápula y demagogo al nuevo Papa. Lo trascendente es que el prominente intelectual admita que la “gran batalla cultural” la ganaron sus “enemigos” con la designación de Bergoglio. Y honestamente confiese: “Se cerró un ciclo histórico”. “Su” ciclo histórico. “Su” ilusión de que el kirchnerismo expresara su ideología y la llevara a la realización práctica.
Transcurrido un año desde esas palabras, hoy en su fuero íntimo -ya imposibilitado de expresar palabras similares en público ante un kirchnerismo ultrapapaficado- Horacio González debe recordarse a sí mismo cuánta razón tenía. Desde que asumió el Papa, el kirchnerismo marchó culturalmente a la defensiva y lo único que intentó -o que pudo intentar- fue la módica pretensión de Cristina Fernández queriendo hacerle decir al Papa lo que ella quiere escuchar. Total, Francisco jamás la desmentirá.
Lo cierto es que en la “batalla cultural”, la agenda política de la Argentina, mucho más por obra de la Iglesia que de los medios o las “corporaciones”, gira sobre tres temas centrales: pobreza, narcotráfico y corrupción. Tres temas que molestan profundamente al Gobierno nacional, porque los tres juntos hablan de un país en las antípodas del relato.
En síntesis, González fue profético en advertir que el kirchnerismo perdería la batalla cultural que dio sentido a la existencia del grupo Carta Abierta. Pero que la perdería no tanto porque libraría el combate y caería en su ley peleando la batalla sino porque entregaría todas sus banderas y se haría más papista que el Papa, cosa que González brillantemente intuía. Es que la histórica capacidad camaleónica del peronismo (y en eso Cristina es más peronista que kirchnerista) consiste en convertir lo opuesto en lo propio cuando la historia parece cambiar de rumbo demostrándonos -mal que le pese a González- que la lucha por el poder desnudo le interesa a Cristina bastante más que las celestiales batallas culturales, las que jamás se pierden si uno cambia de cultura cuando sea necesario.
Sin embargo hay, sí, una batalla cultural que el kirchnerismo está perdiendo por goleada: es la de la corrupción, esa palabreja que ni siquiera González y los suyos mencionan, excepto para considerarla una falsedad instalada por los medios.
La corrupción es un combate que se libra en el barro, no en las alturas del relato donde las manos se ensucian poco y nada. Se viene perdiendo porque cada día se desnudan más los mecanismos generales por los cuales la corrupción devino estos últimos años en el más colosal instrumento de redistribución económica entre las élites del poder. Como que hubiera surgido un salto cualitativo en la cuestión, donde ya más que desnudarse corruptos, se desnuda un sistema de corrupción.
Cuando, años atrás, se descubrían las trapisondas de Ricardo Jaime, uno veía allí un estilo tradicional de la corrupción: el piojo muerto de hambre que, intermediando favores y estableciendo conexiones entre capitalistas amigos y funcionarios, aprovechando la influencia que logró por su cargo público y por ser uno de los que hacía los trabajos sucios que desde lo más alto del poder le encargaban, se compró yates, aviones, ropa de la más cara y su propia ostentación comenzó a delatarlo.
Pero desde un tiempo a esta parte, cada vez que se descubre un hecho de corrupción se descubre algo más que a un corrupto. Se desnuda todo un modo de funcionamiento del poder del cual el pícaro descubierto es apenas un exponente menor, aquél lo suficientemente torpe por no haberse sabido asegurar una eficaz gestión de la práctica corrupta, contratando impresentables para llevarla a cabo o gritando a los cuatro vientos su condición de nuevo rico. O sea, los que caen no lo hacen tanto por corruptos sino por estúpidos pero permiten intuir que ellos son apenas la punta del iceberg de una corrupción mucho más profunda.
El vicepresidente Amado Boudou fue el primer gran caso paradigmático. Apenas llegó al Ministerio de Economía, llamó a todos sus amigos de juventud (una impresentable armada Brancaleone de juerguistas buenos para nada, absolutamente inexpertos en las cosas de la política) para hacerse ricos con las migajas que desde el centro del poder les tiraban. Migajas con las que alcanzaba para tener pisos en Puerto Madero, motos de cincuenta mil dólares para empezar y livin’ la vida loca. Además fue tanta la necesidad de gritar al mundo la alegría de sus nuevas riquezas que los tránsfugas se cansaron de dejar huellas por todos lados, tanto que se hizo necesario echar a la mitad del Poder Judicial para diferir por un par de añitos el debidísimo proceso al que le sobran evidencias al por mayor.
Luego apareció Lázaro Báez, otro que fue descubierto más por tonto que por malo. Es que el pobre Lázaro era hasta hace poco un modesto cajero de banco logrando devenir un magnate de la obra pública en menos que cante un gallo por haber elegido buenos amigos, aunque en realidad no haya pasado nunca de ser un mero testaferro del poder. Y quizá por eso realizó sus trapisondas con testaferritos como el mediático Leo Fariña sobre el que cualquier chorro de alta clase con un poco de sentido común habría previsto que el muchacho tarde o temprano -cuando se le acabara el champán para sus festicholas- se quedaría con parte del botín que no le correspondía y si le exigían devolverlo, cantaría hasta lo que no le pedían que cantara.
Como efectivamente ocurrió. Cuando se escriban los libros de historia de este tiempo, las declaraciones hechas a Jorge Lanata por Fariña y Elaskar (antes de que se arrepintieran de arrepentirse) quedarán como un documento irremplazable de cómo se lavaba el dinero negro en la Argentina del poder y el tipo de personajes que contrataban para ello. Porque sólo una suma inestimable de impunidad y estupidez pudo dar tales responsabilidades non sanctas a personajes como Fariña. Por ende, así como para salvar a Boudou el gobierno descabezó a la mitad del Poder Judicial, ahora por Báez está intentando descabezar a la otra mitad. Pero siguen siendo tantas las huellas que ni un millón de Gils Carbó echando a los pocos Campagnoli que van quedando, podrán taparlas.
Ahora, como frutilla del postre, el juez del poder por excelencia, Norberto Oyarbide, desnuda brutalmente la concupiscencia y promiscuidad con la que el Poder Ejecutivo y el Poder Judicial manejan, juntos, el negocio de las cuevas financieras en la Argentina negra.
Boudou fue descubierto porque a diferencia de los expertos en estos chanchullos, creyó en la impunidad eterna y por eso se dedicó a mostrar sus nuevas riquezas como Oyarbide exhibió su anillo de 250 mil dólares. Porque para tipos como estos, de nada sirve ganarse el cielo si no es para mostrarles que han llegado así de alto a todos los pobres desgraciados que no podemos elevarnos de la tierra. En cambio, el bueno de Lázaro, que nunca se sintió con la pinta de Boudou u Oyarbide para ser un exhibicionista, cayó por el exhibicionismo de los que lo mexicanearon y quisieron quedarse con su platita. Mejor dicho con la platita que Lázaro sólo administraba, por cuenta y orden de otros.
En fin, que desaparecido el relato y perdida la batalla cultural, se van desnudando cada vez más los pilares del sistema, allí donde la corrupción viene reinando a sus anchas.