La esperanza no es una opción sino una obligación en los profesionales de la educación. Por lo tanto debe sentir que es posible avanzar en la calidad educativa y poder reconstruir ese tejido de docente-alumno-familia-comunidad que sirva para curar las heridas que nuestra sociedad sufre.
Sin embargo lo vemos desesperanzado; al docente le pedimos que motive al alumno, que lo entretenga, lo culpamos de la falta de atención, pero la realidad con que se encuentra un maestro o profesor es con alumnos que no responden a sus expectativas, y alumnos que esperan un docente que no existe, al menos aún no. Lewkowicz llamará a esto desacople subjetivo: entre el estudiante supuesto por el docente y el estudiante real.
Estamos en una encrucijada educativa, con más recursos económicos, tecnológicos, visuales, y cada vez más baja la calidad educativa. Cada vez más alumnos en las escuelas, por suerte, pero con una educación que no los prepara para el ingreso a la universidad ni para el mundo laboral; ni siquiera logramos hábitos básicos como llegar a horario, no faltar a clase o llevar carpetas al día.
Hace muchos años supimos que el enciclopedismo (acumulación de datos) impartido con clases magistrales que tenían como protagonista al docente y receptor pasivo al alumno, no servía más. Pasamos al constructivismo y fue maravilloso ver el protagonismo del alumno, co-construyendo sus propios saberes a partir de lo ya sabido y experimentado.
Pero hoy faltan contenidos (basta ver programas de preguntas y respuestas de los chicos), y en el constructivismo es difícil construir sin una base. Los mendocinos tenemos claro lo esencial de la base a la hora de hacer una construcción que resista los sismos. Tengo entendido que se calcula dicha plataforma según lo que se ha pensado construir hacia arriba. ¿A dónde esperamos que lleguen nuestros alumnos? ¿Lo tenemos claro? Como decía magistralmente el Lic. Iaies hace unas semanas en una columna, citando a Séneca: "No hay vientos favorables para el que no sabe adónde va".
Y aquí estamos nosotros con un enchufe de tres patas intentando enchufarlo en un tomacorrientes de dos orificios redondos. Ambos sirven, ambos conviven pero no podemos hacerlos funcionar. Los docentes serán entonces, y por ahora, los adaptadores que solemos utilizar en esos casos.
Tomaremos lo mejor de antes como anclaje y lo nutriremos de elementos del futuro próximo (especialmente en lo tecnológico), pero deberemos aplicarlo con un sujeto real del aprendizaje, no el que nos enseñaron en la universidad ni el que fuimos nosotros; tampoco ese chico ideal ávido de saber y que abrirá la computadora sólo para investigar y jamás abriría un juego en red o entraría en faceboock hasta no terminar con las tareas que el docente solicita. Esto es de una ingenuidad extrema o en su defecto de alguien que hace demasiados años que no está frente a un curso. Un instrumento maravilloso, no siempre bien utilizado.
Debemos recuperar encuadres claros, ponernos metas cumplibles, pero diferenciar quién lo hace y quién no. Es absolutamente necesaria la inclusión, no debe haber ni un solo chico fuera del sistema educativo, pero deberíamos debatir qué es inclusión. ¿Es mantener a un alumno dentro de las aulas a como dé lugar, hasta que llegue a la madurez o abandone? ¿O es darle la oportunidad de saber pensar, darle herramientas que lo hagan independiente, a tener juicio crítico, para seguir estudiando o insertarse en el mundo laboral?
Creo que la verdadera inclusión es la que permite la movilidad social, la que coloca, gracias a la educación, en el mismo lugar a un alumno de una escuela pública, privada, urbana o rural, teniendo en cuenta las necesidades de cada alumno, de sus familias, de su barrio, pero con las mismas exigencias.
Porque creer que no se les puede pedir que estudien, hagan una tarea, o presten atención en clase es desconfiar de sus potencialidades; es peyorativo para aquellos que más necesitan confiar en sus propias capacidades. Rosenthal demostró en su investigación del "Efecto Pigmalión" cómo la convicción del adulto sobre las posibilidades del alumno generaba en éste un mejor rendimiento. Seguir flexibilizando la educación en el fondo es creer que nuestros alumnos no podrán con el desafío de aprender, y mal podremos enseñarles si pensamos esto.
Estamos en una bisagra de la educación y los artífices de esa conexión entre lo que servía de la educación anterior y la proyección de la futura, son los docentes. Es necesario apoyarlos para que puedan sentirse parte de este paso cualitativamente superior en lugar de percibir que están en un túnel de donde saldrán con su jubilación, pero sin poder volver atrás, tomar desvíos creativos o elevarse, simplemente seguir hacia adelante tal como está marcado. Los docentes deben confiar en lo que dejan en sus alumnos, aunque nunca lo vean. Para ello recuerden cuáles fueron los docentes que los marcaron tanto como para elegir esta bella profesión. Posiblemente ellos nunca lo supieron.
Permítanme recordar un diálogo: Le preguntaron a Alejandro Magno por qué a su maestro Aristóteles le mostraba, al parecer, más estima y agradecimiento que a su mismo padre, el rey Filipo. Alejandro contestó: "Porque Filipo, al darme la vida, me hizo bajar del cielo a la tierra mientras que Aristóteles, al instruirme, me hace subir de la tierra al cielo".
Que este espacio sea para la valoración de la profesión que nos permite tener esperanza en el futuro, ya que son quienes forman a futuros ciudadanos.