Pero en lugar de aprovechar el fenómeno, los miles de “Me gusta” y los suspiros de las chicas, Benito decidió guardarse en un perfil bajo y continuar con su proyecto de manera silenciosa, tocando en lugares pequeños y recorriendo sin prisa el circuito independiente porteño. Era un momento sensible, tanto para él como para su familia y los seguidores de su padre tras el accidente del 2010. En noviembre pasado, sin grandes anuncios ni presentaciones, salió el disco debut de la banda: “Triptour” (producido por Tweety González, ex-colaborador de Soda Stereo y productor de discos como “El amor después del amor”, de Fito Páez), un collage armado de manera conceptual que atraviesa diferentes estilos relacionados con el rock más creativo de los últimos años.
“De chico me tenían que sacar a las patadas del estudio”, recuerda hoy Benito, quien alejado de sus personajes escénicos se deja ver como un chico sencillo, algo tímido y por demás amable. El próximo sábado, desde las 21.30, Zero Kill tocará por primera vez en Mendoza, en el Le Parc (Guaymallén): “Estuve en Mendoza un par de veces para acompañarlo a mi viejo en las giras, me encanta, la pasé bárbaro, tengo muchas ganas de volver”, cuenta sin demagogias y tan natural como se mostrará a lo largo de una charla en la que repasará su proyecto, el difícil momento que lo atravesó y las inevitables comparaciones con su padre.
–¿Cómo llegaste a este primer disco?
–Fueron dos años de gestación bastante intensos, de muchos cambios en cuanto a la música. Empecé a los 17 años y lo iba componiendo a medida que descubría música nueva. Y en el camino de ir componiendo y grabando fui encontrando gente y se fueron incorporando a la banda. El guitarrista, Juan Strambini, es compañero de la secundaria. Al batero, Oaky Castellani, lo conocí de tocar en una misma banda con él.
Y después está el dúo Ut Ut Ut en bajo y sintetizadores, que los conocí de ir a ver otras bandas. Otro punto clave fue cuando vino Tweety y se ofreció a ayudarme. Fue como empezar de nuevo, y ahí lo trabajamos hasta que en un momento dijimos “Bueno, basta, hasta acá”, si no íbamos a seguir por siempre. De pronto me volví muy obsesivo con todo eso, hasta entonces había sido como un juego. Me encanta experimentar con la música, es de esas cosas que siento que no me va a alcanzar el tiempo para hacer todo lo que quiero hacer.
–¿Y cómo trabajaste esa experimentación en la composición?
–El disco parte de samplers, de cosas diferentes que escuchaba: grababa una parte sobre la otra y quedaba una canción nueva. Después fue reemplazar todo por instrumentos, darle vida a la canción. Ese proceso fue fascinante... También ya había visto que las canciones podían hacerse así. O sea, mi viejo hacía eso, partiendo de 'Bocanada' era mucho así, collage de diferentes piezas y después trabajar sobre los arreglos. En una época hice canciones con la guitarra, pero creo que lo hice porque veía que mi viejo la tocaba y yo quería también. Después me agarró una época de dejar todo lo que tenía que ver con la música, sentía que lo hacía porque era lo que tenía que hacer. Hasta que terminé dándome cuenta de que lo mío sí era la música pero quizás iba por otro lado.
–¿Qué otros recuerdos tenés de tus primeros acercamientos a la música?
–Siempre me metía en el estudio, de chico me tenían que sacar a las patadas de ahí, era algo que me fascinaba. Y absorbí mucho de eso, hay temas que escucho de cuando tenía diez años que eran directamente melodías afanadas de un tema de Soda. Como que veía eso y quería hacer lo mismo. También grababa discos caseros. Las tapas generalmente eran hechas por mi mamá, que las pintaba, o con un experimento de Photoshop.
Era como un juego, creo que la obsesión de tener todo calculado hasta el más mínimo detalle salió a la luz cuando me di cuenta de que iba a hacer un disco y lo iba a sacar, salió esa parte de mí que no la tenía tanto. Antes era grabar cualquier cosa de cualquier manera, pero esto era más como decir “Bueno, acá están mis canciones”. Y a la vez soy una persona muy ansiosa, que enseguida quiere cambiar y hacer otra cosa, medio batalla la obsesión con esa ansiedad, son dos contrapuestos...
–¿Esa obsesión puede haber surgido también por las comparaciones que iban a surgir con tu papá?
–No sé... Es una obsesión pero tampoco... O sea, la música cuando la hago es muy personal, crecí con eso y para mí es como estar caminando: no me preocupo por cómo camino, tampoco me preocupo por cómo hago la música. Pensé en el afuera cuando ya había salido y me di cuenta de que había gente escuchando el disco. Antes fue como totalmente algo muy mío... Fue totalmente a mi gusto, y no me guardé nada...
–En ese sentido las letras mismas suenan confesionales, con mucho dolor...
–Sí, fue así. Es que más allá de lo de mi viejo estaba viviendo también otras cosas. Ahora que me siento mejor y tengo que cantar esos temas, a veces es poner el automático y cantar sin pensar demasiado en eso, si no me deprimo y no sigo más (risas)...
Explotar la burbuja
–¿Siempre supiste que te querías a dedicar a la música?
–No, hubo ese momento en que no quise saber nada y abandoné la música. Me había decidido por la antropología. De hecho ahora me anoté en la carrera porque sé que es algo que me gusta. No sé, me negaba, me sentía un poco inútil. Pero después volví y sentí que no debería haberla abandonado, que había perdido un año. Era adolescente, no quería tener nada que ver con nada. Pero en el momento en que volví me dije: “lo hago con todo”. Y saqué el disco.
–¿Y cómo vas con la universidad? ¿Sentís eso de ser el hijo de alguien tan famoso?
–Al principio un poco sí, me preguntaba qué iría a pasar. Pero la verdad es que estoy muy cómodo. Me hice amigos, y la carrera me abrió la cabeza a un montón de cosas, a un montón de experiencias. Mi vida era un poco una burbuja en ese sentido: hasta los 15, los 16, tenía poca independencia, demasiada sobreprotección. Era tipo 'Llevalo a tal lugar, traelo, sacalo, ponelo'. Y en un punto medio que luché contra eso y me fui para el otro lado, terminé yéndome de casa a los 18 años... Bueno, el disco también refleja un poco todo eso, toda esa movida familiar medio encerrada, y creo que ahora con la experiencia que armé las letras ya son distintas también.
–¿Y qué cosas sentís que comparten y en cuáles se diferencian en lo musical con tu papá?
–Creo que hay mucha similitud en cuento a las influencias que tenemos, la música que escuchamos. Lo único es cómo lo plasmamos, él lo plasma de una manera y yo de otra. Pero básicamente es el mismo riel, los dos tenemos la misma pasión. Mis bandas favoritas son muchas de las suyas, eso no es tan distinto. Sí cambia la forma de canalizar todo eso, incluso en la escritura: a mí me encanta escribir y a él no le gustaba tanto, lo hacía bien pero no le gustaba mucho.
Supongo que por eso me habrá ofrecido escribir algunas letras. Me parece que no es tan diferente en ese sentido. Por ahí lo que hago es algo que él no haría pero sí escucharía... No te sé decir bien, pero me siento contento con lo que hago, me siento a gusto. Siento que pude expresarme bien. Siempre siento que lo puedo mejorar, pero con Tweety también aprendí que los discos no se terminan, se abandonan. Y es cierto, porque uno puede arriesgar algo que está bien si lo sigue. Pero creo que al final es un lindo disco.
–¿Ya tenés pensado el próximo?
–Sí, seguramente salga a principios del año que viene, ya estamos hablando de entrar a grabarlo, están las canciones, el concepto del disco. Creo que que el próximo disco va a ser un poco más tranquilo, menos sobrecargado de información. Es más guitarrero, sigue por el lado de los noventa pero más crudo. Y con el sabor de lo nuevo, por supuesto.