Si el cierre del gobierno nos ha enseñado algo, es que los más o menos 80 representantes republicanos que están impulsando la crisis han resultado ser la fuerza política más unida: estrechamente organizada, muy disciplinada e ideológicamente firme.
Pero, ¿su plan de hacer del presupuesto el vehículo para retirarle el financiamiento a la ley de seguro médico del presidente Barack Obama no estaba condenado al fracaso desde un principio? Y aunque esta pequeña banda cuenta con el apoyo de los votantes en sus distritos, cuidadosamente trazados para que sigan siendo republicanos, así como del movimiento de la Fiesta del Té, ¿acaso sus tácticas tan inflexibles no han puesto a la mayoría del pueblo en su contra?
De hecho, esta facción minoritaria, la "facción suicida" como la llamó el columnista conservador Charles Krauthammer, quizá sea menos miope y resulte menos contraproducente de lo que parece. En estos tiempos, cuando tantos funcionarios en ambos partidos siguen invocando las virtudes del compromiso y perpetuando el ideal del terreno en común en el que pueden reunirse los "conservadores pragmáticos" con los "demócratas moderados", estos republicanos combativos quizá estén a la vanguardia de una nueva política más allá del consenso.
Consideremos las advertencias, lanzadas incluso desde el interior del mundo conservador, de que el cierre redundará en contra del partido. Como evidencia citan el cierre de 1995. En ese entonces, el ganador fue el presidente Bill Clinton que, con mucha destreza, aprovechó el episodio para corregir su tambaleante presidencia y llegar a un segundo mandato en 1996.
Pero Ted Cruz, el senador texano que ayudó a decorar el escenario del conflicto, ofrece una interpretación diferente. Los que predicen la ruina del partido "necesitan regresar a leer con más atención sus libros de historia" acerca de 1995, aseguró en julio en el programa de radio de Laura Ingraham.
"En la siguiente elección, en 1996, los republicanos obtuvieron la mayoría en la Cámara de Representantes. Esa fue la primera vez que los republicanos la tuvieron desde 1930, en 66 años". Señaló Cruz. "Perdimos un total de nueve asientos en la Cámara baja y en el Senado ganamos dos."
En otras palabras, Cruz estaba calculando la posibilidad de éxito en términos de los resultados en el Congreso no de la presidencia. Esto es lógico pues él nació en 1970 y maduró en los años en que su partido luchaba por obtener una mayoría nacional (ha ganado el voto popular sólo una vez en las seis elecciones presidenciales celebradas de 1992 a 2012) y en cambio mostraba su fuerza en el legislativo.
Los cambios demográficos parecerían debilitar el atractivo de figuras antigubernamentales como Cruz (que nació en Canadá y tiene raíces cubanas). Es por eso que los conservadores tradicionales, como el columnista Michael Gerson, insisten en que los "republicanos pragmáticos" son la salvación del partido y que Cruz y sus aliados están organizando una "revuelta en contra de la realidad".
Pero conforme el país se diversifica, hay otro sector que está más claramente a la vista: los distanciados y los desencantados. Estas personas han adoptado una perspectiva libertaria y antigubernamental y no les interesa lo que consideran el conservadurismo de compromiso, impuro y de "gobierno grande" como el de los años de Reagan y de Bush.
Para estos electores, el republicano que llegue tan lejos como pueda -hacer el último intento de echar por tierra la reforma de salud de Obama o votar este mes para no elevar el tope del endeudamiento- no es un obstruccionista sino un político de principios, un rebelde con causa.
"El negocio de la oposición es oponerse", como dijera alguna vez Robert A. Taft, el senador republicano que encabezó el intento por frenar los programas del New Deal.
Las victorias que se han apuntado recientemente los republicanos, como por ejemplo en materia de control de armas, han resultado no del compromiso sino de superar a su oponente en organización y gasto. La idea sagrada del consenso y el sueño de forjar una mayoría han cedido su lugar a la estrategia de sobrevivencia.
El caso más contundente de oposición republicana es el resurgimiento de la doctrina de los derechos de los Estados, asociada históricamente con el esclavismo y Jim Crow. Hay matices inconfundibles de ese pasado en el movimiento en contra de la ley de seguro médico en algunos de los 26 Estados, especialmente en el sur profundo, que rechazaron la expansión de Medicaid.
Pero el argumento del derecho de los Estados tiene un pedigrí que antecede por mucho al esclavismo y que en muchos casos ha surgido de las disputas por los impuestos, empezando con la insurrección del whisky en 1791. El teórico más ingenioso de los derechos de los Estados, John C. Calhoun de Carolina del Sur, el gran defensor del esclavismo antes de la Guerra Civil, formuló originalmente sus argumentos de anulación no para apoyar el esclavismo, sino en contra de los aranceles protectores que favorecían al norte industrial por encima del sur agrícola.
En un artículo que se publicará en el Journal of Constitutional Law de la Universidad de Pensilvania, Stephen F. Ross, profesor de derecho, señala que "la perspectiva de los derechos de los Estados animó a muchos republicanos conservadores" de los años treinta a los sesenta, cuando los demócratas liberales dominaron el gobierno. Pero cambiaron de rumbo cuando los gobiernos de Reagan y de Bush implementaron políticas conservadoras políticamente populares".
Ross también observa que nuestro sistema constitucional cuenta con "un Senado efectivo para proteger los derechos de los Estados", junto con salvaguardas que "inhiben los esfuerzos federales por promulgar leyes objetables para los dirigentes estatales y locales".
La doctrina de los derechos de los Estados estuvo en el centro del escenario durante la Conferencia de Acción Política Libertad, celebrada en setiembre en Chantilly, Virginia, y patrocinada por la Campaña para la Libertad, un grupo creado en 2008 por Ron Paul, en cierto modo el padrino de la política más allá del consenso.
Los oradores y los asistentes alabaron la décima enmienda, como era de esperarse del texto que consagra la libertad de los Estados. Y algunos criticaron la décimo-séptima, que establece la elección directa de los senadores por voto popular, que antes eran designados por las legislaturas estatales.
¿Qué objeción le ponen los libertarios –muchos de ellos alineados con la Fiesta del Té– a darles a los ciudadanos voz y voto para elegir a sus senadores? Porque esa enmienda reduce la autoridad de los legisladores estatales, como me explicó durante el evento un joven profesor de derecho egresado de Harvard.
Ésta es la perspectiva de una minoría consciente de sí misma, que busca no crear consenso sino atraerse a quienes piensan como ella. La vemos también en las promesas contra los impuestos promovidas por grupos conservadores y en la selección de retadores de derecha a los republicanos de ideología sospechosa.
"Para prevalecer no se necesita una mayoría, sino más bien una minoría airada e incansable, dispuesta a prender hogueras de libertad en la mente de los hombres", afirmó Paul en el evento más importante de la conferencia citando a Samuel Adams.
Ése es el sentimiento que guía a los políticos de hoy, que ya no buscan el consenso y que miran atrás al prepararse para la próxima batalla.
