Hubo un tiempo que muchos recordarán, en el que la política argentina necesitó referenciarse fuera del país, en el pensamiento, las ideas y las decisiones de un hombre inevitable para partidarios y opositores. Ese hombre fue Juan Domingo Perón y el lugar era la residencia madrileña de Puerta de Hierro, durante los años de su exilio.
Hasta allí peregrinaban para recibir un consejo, una desaprobación, una garantía de respaldo o una promesa de enfrentamiento, todos los que se sentían protagonistas de aquel tramo de la historia. Dirigentes de su movimiento, líderes de otros partidos, enviados secretos del gobierno de turno y mediadores internacionales eran recibidos por igual. En determinado momento Perón fue, a la distancia, "el gran titiritero" con una decisiva influencia sobre la realidad del país.
Salvando obvias diferencias, aquel espíritu abarcativo pero de fuerte opinión propia de Puerta de Hierro se reproduce hoy con procesiones similares al Vaticano, donde Jorge Bergoglio, el papa Francisco, imparte bendiciones no necesariamente relacionadas con el Evangelio.
Además de sorprender al mundo con las transformaciones que está produciendo en la Iglesia Católica, Bergoglio se ha convertido en el gran supervisor de la política argentina. Y aunque nunca será admitido oficialmente, Francisco -como Perón- no es neutral.
Desde hace seis meses, en la oficina de audiencias del Sumo Pontífice no sólo se trabaja con mayoría de nombres de argentinos que piden una cita, sino que deben evaluar de manera especial la repercusión política que tendrá. En la última semana, no pasó inadvertido el criterio de "compensación" utilizado para que el Papa recibiera el mismo día al jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Mauricio Macri, y al vicegobernador bonaerense, el kirchnerista Gabriel Mariotto. ¿Alguien supone que no se habló de la actualidad política nacional en esas entrevistas?
Macri quiere ser presidente en 2015 y Mariotto aspira a recuperar terreno en el oficialismo, que le ha quitado centralidad. En ese ambicioso afán de agregarle significado político a su foto con el Papa, Mariotto se excedió: dijo que Bergoglio apoya la controvertida Ley de Medios y se metió en un terreno pantanoso. La desmentida y el malestar de la cúpula vaticana no se hicieron esperar y el vicegobernador quedó, como un mal cristiano, cometiendo el pecado de la mentira.
Macri insistió en que se hablaron cuestiones personales, pero se fue de la reunión con una idea -¿consigna?- muy clara: el gobierno que suceda al kirchnerismo deberá gozar de un amplio consenso no solamente en las urnas, sino extenderse a dirigentes de otras fuerzas. ¿Una alianza con los peronistas Sergio Massa, Daniel Scioli o José Manuel de la Sota y quizás algún otro sector? Todos ellos pasaron ya, muy conmovidos, por la oficina del Papa.
En el gobierno de Cristina Fernández trataron de desviar el disgusto que causó el procesamiento del supersecretario de Comercio Guillermo Moreno, afirmando que el juez que lo dictó, Claudio Bonadio, es un hombre cercano a Sergio Massa. Lo que con prudencia evitan decir en voz alta es que el magistrado también tiene una vieja relación de amistad con Bergoglio.
Comentan en la Casa Rosada que a raíz de las visitas reservadas al Papa de personajes argentinos, el embajador en Roma, Torcuato Di Tella, y su ministro encargado de Política, Derechos Humanos y Cooperación, Carlos Cherniak, tienen orden de reportar las novedades a diario. Eso sin perjuicio de los informes de la Secretaría de Inteligencia.
Golpe duro
Por varias razones, el procesamiento de Moreno tuvo un efecto devastador en el Gobierno. Ante la sociedad, quedó afectada su principal sostenedora que es la Presidenta. El secretario no es un funcionario más, sino el hombre que maneja, con modales abusivos y por encima de mayores jerarquías, gran parte de la economía nacional. Por eso el impacto de la decisión judicial llegó también al interior del Gobierno y no fueron pocos los colegas de Moreno que celebraron la noticia.
En las propias filas cristinistas se admite que ante tanto desgaste político, la jefa del Estado ya tendría resuelta una serie de cambios en su equipo de ministros y secretarios. Lo que faltaría definir es cuándo, ya que hay en el oficialismo quienes se inclinan por hacerlo antes de las elecciones para sumar algunos votos más, y otros prefieren que sea después de los comicios. Ambas opiniones dan por hecho una fuerte derrota el 27 de octubre.
Las encuestas reafirman esa idea y los tiempos se acortan. La transición hasta el 2015 está en marcha, y en eso también se piensa desde el Vaticano.