Pasado el chubasco inicial de la devaluación de enero, cuando las propias "explicaciones" oficiales (Kicillof, Capitanich) sobre la medida sembraron desconcierto y los precios tomaron una dinámica peligrosa, el Gobierno parece haber logrado cierto margen para calafatear el "modelo" e intentar hacerlo navegar hasta 2015.
Ese margen lo logró gracias a la reciente quietud en el precio del dólar oficial, el retroceso en la cotización del paralelo, un amago de recuperación del nivel de reservas del Banco Central y el hecho de que el golpe inflacionario de los primeros días posteriores a la devaluación, aunque de amplio alcance, no llegó a espiralizarse.
Con sus teorías conspirativas, sus denuncias, sus programas de propaganda (por ejemplo, el ultraoficialista 6,7,8 fiscalizando los precios del limpiador "Mr. Músculo") y sus escraches neofascistas, el gobierno quiere hacer creer que la relativa estabilidad de los últimos días se debe a insignificancias como su plan de "Precios cuidados" y al efecto disuasivo de una población alerta y movilizada por la épica discursiva de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner (CFK).
En verdad, la pausa macroeconómica es producto de herramientas no sólo ortodoxas sino también básicamente monetarias: medidas sobre la integración de los activos bancarios, abrupta suba de las tasas de interés y ofensiva de colocación de bonos (Lebacs) que en los primeros cuarenta días del año permitió al Banco Central retirar del mercado nada menos que 41.000 millones de pesos y reducir la expansión de la base monetaria (que a fines de 2013 orillaba el 50% anual) a poco más de 20 por ciento.
Además, con la presentación del Índice de Precios al Consumidor Nacional-Urbano (IPC-Nu), Axel Kicillof se ganó unos puntos en materia de credibilidad. Al menos por el interés de poder endeudarse en el exterior y aliviar la presión recesiva del torniquete monetario como única herramienta anti-inflacionaria, el ministro de Economía insinuó que la necedad oficial tiene un límite práctico, aunque no discursivo. El "relato" es lo último que se pierde.
Las explicaciones macroeconómicas de la inflación emocionan menos que las denuncias indignadas sobre la malevolencia de los "poderes económicos concentrados" y las conductas de supermercados (y proveedores y almaceneros y verduleros y carniceros) "aprovechadores", pero es necesario insistir al respecto. El principal "formador de precios" en la Argentina es el propio Estado, cuyo gasto supera hoy el 40 por ciento del PBI y está en el núcleo de cualquier esquema de costos, ofertas y demandas. Al fin y al cabo, ese gasto se financia con impuestos, emisión y/o deuda.
Algunos datos pintan la cuestión. En abril de 2003, antes del inicio de la "era kirchnerista" el "gasto público primario" del Estado argentino era de 1.877 millones de pesos mensuales. En octubre de 2013, último mes para el cual la secretaría de Hacienda de la Nación publicó datos oficiales, era de 54.101 millones de pesos. Y hoy desborda cómodamente los 60.000 millones mensuales. Un aumento superior al 3.000 por ciento.
Puesto de otra forma: bajo la segunda presidencia CFK, el Estado gasta por día más de lo que hasta mediados de 2003 gastaba por mes. O en formulación alternativa: en lo que va de 2014 lleva gastado más de cuatro veces lo que gastó en todo 2003.
La emisión, claro, no podía ir muy a la zaga. El 26 de mayo de 2003, primer día hábil de gestión kirchnerista, la "base monetaria" que computa el Banco Central era de 33.750 millones de pesos. El 31 de diciembre de 2013 era de 377.197 millones y en enero desbordó los 400.000 millones. Hasta que el sensato presidente del Banco Central, el mendocino Juan Carlos Fábrega, mandó parar e inició el programa de retiro de liquidez que describimos hace unos párrafos.
Pocas cosas se mueven a ese ritmo y casi todas ellas se deben a políticas oficiales. Por ejemplo, la importación de energía. En enero de este año la Argentina importó de Uruguay 36 veces más de lo que había importado en enero de 2013, un aumento del 3.500% en un año. No hay ola de calor que lo explique.
La causa de fondo es allí una política energética insensata: que lleva ya demasiados años de declive de la producción de gas y petróleo (fuente primaria de cerca del 90 % de la energía que se consume en la Argentina), que hizo trizas la "soberanía energética" que tanto declaman los discursos oficiales, que saqueó las reservas de hidrocarburos del país y llevó a importarlos caro y mal por niveles que este año, a menos que la recesión sea mucho más profunda de lo que se espera, orillarán los 15.000 millones de dólares.
Con todo, como decíamos al principio, el Gobierno ganó una pausa. La clave ahora es lograr una desaceleración gradual de la inflación, evitar que las negociaciones salariales se desmadren, amarrocar una buena cantidad de agrodólares a partir de abril (la cosecha de soja, según los primeros reportes, bordearía las 55 millones de toneladas, y los precios internacionales siguen siendo buenos), reducir los subsidios a la energía y el transporte evitando un "tarifazo" de impacto macroeconómico y salir a tiempo de la trampa del "dólar a ocho" que, de prolongarse mucho, reavivaría la especulación cambiaria y multiplicaría la ganancia de los bancos con rentabilidad asegurada en dólares por seguro de cambio oficial, un esquema similar al de la "plata dulce" de Martínez de Hoz.
La crisis en Venezuela, único país latinoamericano que en 2013 tuvo una inflación superior a la Argentina, es otro aviso de los riesgos del populismo, ante el cual el gobierno de CFK puso las barbas en remojo.
No sólo porque al fin reconoció la inflación (aunque, para la tribuna, eche la culpa a terceros) y busca evitar que ésta le termine de quemar el "modelo", sino también por la solidaridad sin fisuras que exhibió con un régimen que no vacila en reprimir a sangre y fuego y responder con fascismo a quienes tilda de fascistas.
Hay solidaridades de las que no se vuelve.