Un refrán popular afirma: "No hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista". Los historiadores solemos observar diferentes medidas del tiempo: años, décadas, siglos y milenios en los que los hombres y las mujeres van configurando el mundo. Esa múltiple mirada nos permite comprender y verificar que las obras de la humanidad se realizan en conjunto. Lo quiera o no el individuo cada uno de sus pasos es señalado por los antecesores y transformado por las próximas generaciones. Los que fueron, los que son y los que vendrán comparten objetivos, tareas y sueños. Cien años es mucho para un hombre o una mujer y es muy poco para el desarrollo de los pueblos. Basta el siguiente ejemplo para comprobarlo.
Balbino Arizu vivía en Navarra, en el Valle de Orba, cerca de los Pirineos. A fines del siglo XIX los caseríos se distinguían por nombres tomados de la naturaleza. Unzué significaba lugar con hiedras y era la denominación del pequeño pueblo donde nació en 1858. Su apellido era Arizu que significaba roble o robledal.
Los inviernos eran crueles. En 1880 se murieron animales por el frío y al verano siguiente los fuertes vientos hicieron perder la cosecha. Sus padres junto a sus hijos - cuatro varones y tres mujeres - cultivaban olivos, almendros, castaños y vid. El cuidado de las gallinas, vacas y ovejas completaba la labor rural que Balbino y su familia realizaban.
El año 1882 también fue duro. La situación económica comenzó a ser motivo de preocupación. La producción era escasa, y no se podía vender aceite, vino, lana, ni vacas.
Las crisis siempre abren nuevos caminos. Balbino conoció en ese mismo año a Bernardino Izuel quien acababa de regresar de América con un buen hato de mulas. Contaba que era fácil prosperar en esas tierras. El joven de Unzué comenzó a pensar en la posibilidad de emigrar. Preguntó a Bernardino cuál sería el mejor país de América: "¡Argentina!" …"Y de este país el mejor lugar es Mendoza", contestó su amigo. Y agregó: "Mendoza es una provincia hermosa, más grande que Navarra y mucho más rica".
Balbino descubrió que en esa tierra al pie de la cordillera de los Andes se podía hacer lo mismo que ya sabía hacer en su tierra española: plantar vides y hacer vino. Pero todo en grande, en enormes proporciones. Soñaba con una gran bodega.
Con el permiso de sus padres, preparó la partida y vino directamente a Mendoza. Llegó en el invierno de 1883 a Villa Mercedes, que era el último punto que tocaba por entonces el ferrocarril Andino; desdé allí se trasladó a Mendoza en un carretón.
Balbino pasó por diferentes vicisitudes antes de llegar a la prosperidad. Sus hermanos Clemente, Jacinto y Sotero siguieron sus pasos, se instalaron en Mendoza y compartieron la labor vitivinícola.
En 1889 se constituyó la bodega y se compraron los terrenos de la calle San Martín en la villa Belgrano (actual Godoy Cruz). Fue un símbolo del auge vitivinícola en la provincia junto a otras como Barraquero, Tomba, Escorihuela, Filippini. Según la arquitecta Liliana Girini con esa construcción "se inauguró una nueva tipología edilicia que unida a la tecnología y equipamiento utilizados, fue considerada en su momento, como una de las más modernas de la provincia".
Hoy los tiempos han cambiado
Si supiera Balbino que su bodega dejó de funcionar hace más de treinta años y que una empresa la compró para demolerla y construir un centro comercial… Que entonces los vecinos y el gobierno municipal se opusieron y defendieron ese patrimonio arquitectónico y cultural….
Si supiera que el esfuerzo que significó construir esa bodega dio sus frutos y desde hace veinte años es Patrimonio Histórico Nacional por iniciativa de los vecinos…
Si supiera que el año pasado la comuna tomó la decisión de expropiar el edificio, que los concejales declararon de interés la expropiación y que senadores de Mendoza aprobaron la ley…
Si supiera que las instalaciones de su bodega serán puestas en valor y refuncionalizadas por la municipalidad local. Quizá en poco tiempo podamos recorrer ese espacio y recordar el auge vitivinícola mendocino, observar fotos y maquinarias antiguas, degustar varietales, asistir a conciertos o conferencias, deleitarnos con muestras audiovisuales o compartir con amigos comidas regionales.
Si supiera Balbino que hoy en este diario estamos recordando su paso por este mundo y su sueño cumplido de construir una gran bodega. Distantes de aquel tiempo, podríamos pensar que esa obra humana es una experiencia efímera que acaba con la partida física de su fundador. Sin embargo, arraigarse a una nueva tierra, comprometerse y ser parte de una comunidad trasciende nuestra vida y la de varias generaciones. Hace más de un año los vecinos se reunieron en el principal portón de acceso por calle San Martín bajo el lema: "Yo quiero la bodega Arizu para la comunidad". Otro sueño cumplido.