Hasta los más encarnizados adversarios de la Presidenta consideran que si el Gobierno hubiese hecho seis meses antes algunas de las cosas que está haciendo ahora, no sufriría por el resultado electoral que se avecina, y mucho menos por la disgregación de fuerzas que está adelgazando al oficialismo.
Lo dicen también muchos de los kirchneristas que ponen en juego su poder territorial en intendencias y gobernaciones, y más aún los candidatos que reman en la campaña contra una corriente que no esperaban.
Fueron el aumento del mínimo no imponible del impuesto a las Ganancias, los cambios en el régimen para monotributistas, los subsidios a las obras sociales sindicales, la llegada de la Gendarmería al territorio bonaerense por la inseguridad, el debate sobre la edad para imputar a los menores que delinquen y la estatización de las líneas Sarmiento y Mitre del ferrocarril. Eso conforma un apurado paquete de acciones con motivación electoral.
Ahora todos, oficialistas y opositores, se preguntan si alcanzan esas medidas para dar vuelta en sólo seis semanas la intención de voto que marcan las encuestas, y que en el distrito clave de la provincia de Buenos Aires le da a la lista de Sergio Massa una diferencia a favor cercana al 15 por ciento.
A esas decisiones anunciadas o impulsadas por el Gobierno hay que agregarles los retoques evidentes que los asesores de imagen le han hecho a las presentaciones públicas de Cristina Fernández. Modales más moderados, tonos de discursos menos agresivos, sonrisas a flor de labios, y frases como "que nadie tenga temor a decir lo que piensa, no me voy a comer a nadie". Es la interpretación de un libreto que, sostenido en estrategias de comunicación, apunta a hacer más amable lo que hasta ahora era pura confrontación.
Varios de los especialistas en comportamientos sociales vinculados a la política que se han expresado estos últimos días en los medios periodísticos afirman que en la intención de voto de las opciones opositoras hay un componente que no es fácilmente reversible, por más que las medidas adoptadas por el Gobierno sean deseables y positivas. Es la credibilidad.
Después de seis años de actuar llevándose todo por delante, haciendo oídos sordos a los reclamos y maltratando a quien osara elevar una crítica, ahora no resulta creíble una postura en las antípodas.
"Esta nueva actitud no está motivada por la autenticidad, sino por la urgente necesidad de achicar los inevitables costos electorales, y la gente se da cuenta", afirma, lamentándose, un legislador oficialista que ve venir el derrumbe en su provincia.
Tal vez si se hubieran implementado los cambios con más tiempo y de manera gradual, y se sinceraran de verdad las cuestiones más distorsionadas del relato oficial, los efectos podrían haber sido diferentes. Pero, ¿cómo creerle además a una administración que en el Presupuesto enviado al Congreso dice que la inflación de este año será de 10,8 por ciento y la de todo el año 2014 no superará el 10,5 por ciento?
Con la fotografía actual, la que registran las encuestas, todo conduce a una nueva derrota del Gobierno en las urnas. De lo que se trata ahora en el círculo más allegado a Cristina es cómo asimilar el impacto electoral y prepararse para los dos años que le restan en la jefatura del Estado.
La sucesión
El desbande en las filas del peronismo que sin demasiados compromisos apoyó la gestión de los Kirchner, parece indetenible. Pero no todos caminan hacia el liderazgo que comienza a construir Sergio Massa.
En una acción que tiene mucho de desesperada para conservar alguna chance hacia el 2015, Daniel Scioli recorre el espinel del PJ prometiendo que luego de las elecciones pasará como las ambulancias recogiendo heridos.
Por su parte el gobernador de Córdoba, José Manuel de la Sota, mantiene la esperanza de que su táctica de situarse a mayor distancia de Cristina le permita sumar otras adhesiones.
La partida en el peronismo se anticipa agitada, y ninguno de esos tres sectores imagina que el kirchnerismo duro estará sentado en esa mesa.
Como para hacer honor a una vieja tradición política sobre los finales de ciclos, han vuelto a aparecer los fantasmas de un supuesto golpe institucional. Lo curioso es que lo agitan una parte de la oposición no peronista -Elisa Carrió, entre otros-, y el propio Gobierno, para victimizarse ante la segura pérdida de poder.
Sería deseable que a la reciente frase “quiero llegar tranquila a 2015”, la Presidenta la haya dicho pensando en ella pero también en la República.