24 de agosto de 2013 - 21:05

Aturdidos y abrumados

De cara a octubre, el oficialismo aún no acuerda si seguir (y morir) con Cristina; revalorizarse (y no entusiasmar) con Pérez, o refugiarse en el poder localizado de los intendentes. Nada de eso asegura el éxito.

Con las heridas aún abiertas, el oficialismo no termina de digerir la derrota electoral del 11 de agosto. La desorientación y la reserva de sus dirigentes parecen marcar la contundencia que tuvo el impacto del triunfo de Julio Cobos en las PASO.

De allí que pese a los cónclaves más o menos ampliados que se han sucedido desde aquella fecha y hasta las últimas horas, el peronismo no puede terminar de acordar qué va a hacer (ni cómo) para revertir en octubre una ventaja de 16 puntos (17,61% si se suman los votos de Fernando Armagnague) que casi todos admiten que será irrevocable.

Enredo y confusión. Durante estos días -por el contrario- los mensajes tanto hacia afuera como hacia dentro del PJ siguen siendo confusos. Las posibles recetas mezclan todo tipo de ingredientes y las hay para todos los gustos, aunque probablemente sigan sonando repetidas para un electorado que claramente se expresó tanto contra el kirchnerismo nacional como contra sus predicadores vernáculos.

Es por ello que mientras algunos hablan de que la "falla" se produjo porque en Mendoza la presidenta Cristina Fernández no estuvo en el centro de la campaña, tal vez estén tan equivocados como aquellos que se quejan porque el gobernador Francisco Pérez tampoco tuvo un rol protagónico, pese a sus intensas recorridas por la provincia con anuncios e inauguraciones.

Mucho menos comprensible es que se haya pretendido nominar como primeros "culpables" de la debacle a algunos intendentes en cuyos departamentos la UCR logró porcentajes impensados. Si así fuera, Alejandro Abraham se lleva las palmas pues en "su" Guaymallén, Cobos también ganó con holgura.

En ese contexto, entonces, hay quienes predican que la campaña de cara a octubre debe ser "nacionalizada" y que el peronismo ha de jugar el todo por el todo a la defensa "del modelo" para, si fuera necesario, "morir con las botas puestas". Otros, menos tremendistas (y más pragmáticos), creen que el PJ local debe -en todo caso- defender su tarea provincial, "plebiscitar la gestión de Paco" y, si los pronósticos se cumplen y los radicales finalmente ganan, quedar liberados para encauzar la nave en el sentido nacional que indique el nuevo mapa.

Una realidad que probablemente despejará finalmente las chances de una re-reelección para Cristina, y servirá para poner proa detrás de los que queden en pie. ¿Daniel Scioli? No disgusta para nada a la gran mayoría de los dirigentes con Carlos Ciurca a la cabeza. Pero si la tormenta se transforma en perfecta, y si el kirchnerismo también declina en la provincia de Buenos Aires, las acciones sciolistas comenzarían a desvanecerse en todo el país.
 
Entre paréntesis: un dato que causó alarma fue el pase de Baldomero "Cacho" Álvarez, senador bonaerense, articulador de la agrupación La Juan Domingo y operador principal del sciolismo, a las filas del massismo. Álvarez, que visitó Mendoza varias veces este año, ve que la candidatura presidencial de Scioli quedará afectada por su activo rol en la campaña del kirchnerismo y que en su caída se diluirán las chances de éxito para su postulación, aún con el apoyo K.

Finalmente, en el PJ mendocino están los que creen que la única estrategia posible y efectiva, para achicar la brecha que dejó agosto, es apostar a los intendentes, mover los aparatos en el territorio generando  una sinergia de "abajo hacia arriba" que pueda hacer salvar la ropa. Probablemente ésta sea la mejor de las fórmulas, pensando en el mano a mano de los distritos y los barrios, donde el control del voto puede ser hasta casi personalizado.

Mucho más si se tiene en cuenta que ahora lo que también estará en juego son bancas en la Legislatura y en los Concejos Deliberantes donde nadie en el peronismo (más allá de sus profundas diferencias internas) pretende quedarse rengo. Eso implicaría, lisa y llanamente, situaciones casi de co-gobierno en el plano legislativo, tanto a nivel provincial como en algunas comunas.

Bala de plata. Lo que está claro, en todo caso, es que lo que no puede hacer el PJ es aplicar todas las estrategias de manera simultánea. Debe elegir una y no fallar. No se puede, a la vez, nacionalizar, provincializar y municipalizar una misma campaña. Ello implicaría, como dejó al descubierto la reciente visita a Tunuyán del cuestionado jefe del Ejército, César Milani, que por más que se ponga la cara, defender el esquema nacional resulta demasiado incómodo y electoralmente peligroso. Lo que es peor: poco creíble. O si no, pregunten cómo la pasó en esa ocasión el intendente Martín Aveiro.

Tal posibilidad, la de armonizar los rigores del kirchnerismo puro con la profesión de fe que en su interpretación local hace Pérez, con el realismo de las demandas cara a cara con las que se enfrentan los intendentes, es de difícil concreción sin que nada cruja. Como tan increíble suenan ahora las declaraciones de los dirigentes justicialistas que, luego del 11 de agosto, recién parecen haberse dado cuenta de que existe la inflación, la inseguridad o el impuesto a las Ganancias que afecta en todo el país -según algunos especialistas- a más de dos millones y medio de personas y a casi cien mil jubilados.

Las tensiones oficialistas producidas esta semana con la presentación de algunos proyectos legislativos como la discusión de las PASO provinciales (impulsado, entre otros, por La Cámpora), o la derogación del impuesto a las Ganancias, no hacen más que confirmar que la interna local también da señales de rebeldía contra el verticalismo: ya sea de Cristina, de Pérez, de Ciurca o de Mazzón.

Justamente, el PJ depende de que la Casa Rosada revierta algunos de estos aspectos con los que la oposición batalló hasta transformar en argumentos. Pero no sólo eso sino, también, que sus candidatos mejoren sus performances (por más que haya quienes quieran circunscribir a Abraham sólo al Gran Mendoza y a Omar Félix al sur, al menos para no seguir cediendo votos en territorios que se sienten como propios). Finalmente, también esperan que el escenario y el clima nacional se reviertan lo suficiente como para que obre un milagro político: el que desean y en el que creen.

Como se ve, la alquimia oficialista es compleja, infinita y se potencia cuando, desde la vereda de enfrente, Cobos no hace más que (pese a mantener la guardia en alto) dejar pasar los días con parsimonia.

Sin plancha y con la escoba. En tanto, en el radicalismo no todos confían en hacer la plancha confiados en las encuestas y en los buenos augurios. El último de ellos: la renuncia de Roberto Iglesias, Mariana Juri y Víctor Fayad a seguir adelante con esa aventura inexplicable que significó competir por fuera de la UCR, bajo el sello del Partido Federal.

Los cobistas creen que la interna que no pudieron saldar puertas adentro la terminó juzgando el electorado que claramente creyó que era el radicalismo orgánico quien mejor podía encarnar el rol de opositor que  reclamaba. Y, como contrapartida, descreyó de un armado sin demasiados argumentos y siempre cuestionado por favorecer al oficialismo, así como por los destemplados ataques hacia Cobos y las tibias críticas a Pérez.

Ahora, incluso, los cobistas se ilusionan con captar mayoritariamente ese poco más del 4% que los iglesistas dejan huérfano.

Y van por más. En la misma tarde del 11 de agosto, cuando ya los resultados confirmaban la victoria radical, Alfredo Cornejo aseguraba a los periodistas que de cara a octubre irían "por los que no nos votaron". 

El objetivo de máxima para la nueva escala es lograr cuatro diputados nacionales, y lo sustentan en que la campaña será más polarizada aún que la anterior. Si bien asumen que el PJ puede también crecer algunos puntos, ven que si se incrementan 7 u 8 puntos, la referente de Libres del Sur, Graciela Cousinet estaría a las puertas del Congreso. Además, con el 50% concretarían una elección que pondría al partido en mejores condiciones para discutir las políticas públicas con el Ejecutivo provincial.

En el búnker radical estiman, optimistas, que Luis Rosales no podrá contener todos los votos que sumó el PD con sus tres candidatos, y que Alberto Montbrun tampoco podrá hacerlo con los que se volcaron al FAP.

Finalmente, hasta creen que una parte de las adhesiones que logró Nicolás del Caño también se repartirán en un porcentaje considerable para la UCR y el PJ. Pero también eso es provisorio y tentativo, aunque más estimulante que el desconcierto de los perdedores.

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