Por estos días, Argentina vive momento de extrema tensión. El punto de observación se ha puesto en el valor del dólar, pero no tanto en el paralelo sino en el oficial. Subas muy importantes que rompieron el gradualismo moderado pueden indicar dos cosas: o una decisión de dejar que el mercado vaya llevando su cotización más cerca del paralelo o la de proteger las reservas con mayor celo.
Más allá de estas especulaciones, lo real es que el gobierno sigue sin acertar en las decisiones macroeconómicas acertadas para ponerle fin a la inflación, actuando sobre las causas generadoras del problema. Y la causa puede ser un simple desconocimiento o la insistencia en concepciones que ya han fracasado muchas veces.
El anuncio del viernes, por el cual se permite volver a comprar dólares para ahorrar es una tibia flexibilización del cepo cambiario, pero si no se complementa con otras medidas más consistentes puede resultar contraproducente para el sostenimiento de las divisas del Banco Central.
El debate sobre la emisión de dinero
La corriente ideológica que domina en el gobierno sostiene que la emisión monetaria no es causal de inflación y ponen el ejemplo de Estados Unidos, que tiene una expansión monetaria muy grande y una inflación muy baja. Igual, se pone el caso de Chile, que tuvo una expansión monetaria del 15% y una inflación muy baja.
Todos los manuales de macroeconomía explican que la emisión monetaria, como parte de la política monetaria, debe estar acorde a las demandas del mercado. La emisión en Estados Unidos y Chile no es inflacionaria porque hay muy alta de demanda de su moneda. En el primer caso, por ser el dólar una moneda de transacción internacional que usan los países para sus reservas. En el caso de Chile está relacionado con la tasa de inversión y su comercio exterior.
En el caso argentino, el problema es el déficit fiscal, que tiene su raíz en muy elevado nivel de gasto público. Argentina tiene una de las tasas de presión fiscal más altas y, con fuertes volúmenes de recaudación, tiene déficit. Hoy hay quienes calculan que el déficit alcanza a 6% del PBI.
Esto no nuevo. Es parte de la historia de los últimos cuarenta años. En la época menemista, durante la convertibilidad, el déficit se financió por dos vías. Una, fue con los recursos obtenidos por la privatización de empresas públicas. La segunda vía, fue tomando deuda, ya que en esa época no se podía emitir moneda. El resultado ya lo sufrimos y fue la crisis de 2001 que terminó en el default de la deuda, parte de lo cual aún estamos intentando negociar.
En el gobierno kirchnerista, dado que por el default anterior no se podían financiar con deuda recurrieron, primero, a hacerse de los ahorros jubilatorios, estatizando el dinero que administraban las AFJP. Ahí comenzó el Anses en transformarse en financista del gobierno con la plata de los jubilados.
Luego se hizo la reforma de la carta Orgánica del Banco central para apoderarse de las reservas y ampliar la capacidad que el BCRA pueda tener para financiar al Tesoro. El déficit se fue dibujando contablemente con transferencias de ganancias del ente rector o transferencias del Anses. Pero, más allá del dibujo contable, el problema era que se creaba dinero que nadie demandaba para asistir al Tesoro, que tenía déficit.
En los últimos dos años, la inflación se hizo sentir con más fuerza y, entre los subsidios a los precios de los servicios públicos y el déficit energético, el gobierno se enfrentó a un problema de pinzas.
El déficit fiscal crecía a medida que crecían los costos de los servicios por la inflación y las reservas caían porque, al tener el dólar congelado, perdían competitividad las exportaciones, había mayor demanda para importaciones y se usaban reservas para pagar deuda.
Todo lo descripto es una combinación de voluntarismo político con ignorancia acerca del manejo de las herramientas de política económica. El problema argentino es el déficit fiscal. En los primeros tres años del gobierno de Néstor Kirchner no había déficit y la inflación no era un problema. El BCRA emitía para comprar dólares que le ofrecían, o sea, respondía a una demanda genuina de pesos que hacían crecer en forma genuina la economía.
El dólar desbocado
Los problemas con el dólar se aceleraron en 2010, pero el problema fue cuando el gobierno decidió usar su cotización como un ancla antiinflacionaria y congeló su valor. Ni siquiera se devaluaba la moneda al ritmo de la inflación ficticia del Indec.
En ese entonces, el gobierno agradecía a los que fugaban divisas porque le evitaba al BCRA tener que comprar dólares. Pero en momento advirtieron que había tomado una dimensión demasiado grande y se caían las importaciones, pusieron el cepo en 2011 e inventaron que el que compraba dólares para atesorar era un delincuente.
Con inflación creciente, se aceleraron los métodos para hacerse de billetes verdes, mientras el oficial seguía dormido. Así surgieron viajes, compras en el exterior, compra de autos importados y electrónica. Todo para fugarse del peso.
Con el cambio de gabinete, el gobierno calculó que era hora de recuperar el valor del dólar y comenzaron a devaluar el oficial, pero no tomaron ninguna medida tendiente a demostrar que se iba trabajar seriamente para bajar o eliminar el déficit fiscal bajando el gasto público. Con la perspectiva de más inflación, se aceleró la demanda de dólares, mientras el gobierno ponía nuevos cepos a los viajes, compras al exterior, autos importados etc. Al dejarlos sin refugio, los inversores e volcaron decididamente al dólar.
Desde el miércoles, el BCRA decidió cuidar reservas y casi no intervino en el mercado y se desbocó la cotización del dólar oficial, algo que se agudizó el jueves. No se sabe si están preparando un desdoblamiento del mercado cambiario o van a inventar otra medida. Hay una cosa cierta: si no anuncian medidas serias para combatir el déficit y bajar el gasto, el precio del dólar no tiene techo. Es cierto que ya hay muchos especuladores, pero han sido alimentados por el gobierno.
El fin de semana nos traerá la incertidumbre de las medidas complementarias que deberían acompañar la parcial liberación del mercado para que los particulares puedan comprar dólares para ahorrar. Y estas medidas deberían estar vinculadas a bajar el déficit y contener la emisión monetaria que termina acelerando la inflación.
El déficit y la emisión para financiarlo no son ninguna virtud. Son la causa del empobrecimiento de la mayoría de la población por el crecimiento de la inflación y la pérdida de valor de la moneda. El único responsable es el gobierno.
