Así fue el sorprendente rescate de un andinista brasileño en el Aconcagua, a 6.000 de altura
Rescates en altura, decisiones al límite y un sistema que funciona contra el tiempo en la montaña más alta de América. Desde un operativo sanitario a 6.000 metros hasta las historias mínimas que no figuran en los partes oficiales, la temporada del Aconcagua muestra la otra cara del ascenso: la de quienes trabajan para que otros puedan volver.
Historias de altura: Rescataron a un brasilero en el Aconcagua y ya son más de 100.
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A las 12.20 del jueves, en el campamento Cólera, el cuerpo de un hombre dijo basta. No fue una caída ni un grito. Fue algo más simple y más definitivo: ya no podía moverse. A 6.000 metros sobre el nivel del mar, en el Aconcagua, el mal agudo de montaña no necesita dramatismo. Se apaga. Lentamente, sin ruido.
Desde el refugio Nido de Cóndores llegó el aviso. Unturista brasileño, 36 años, identificado como M.A., estaba inmovilizado. No podía bajar por sus propios medios. El Aconcagua, otra vez, había marcado el límite.
La Patrulla de Rescate salió casi de inmediato. Mientras un equipo avanzaba por tierra, desde Plaza de Mulas se empezó a coordinar lo único que podía acortar tiempos: un helicóptero. La maniobra no era simple. La evacuación aérea con carga externa humana exige precisión absoluta, clima estable y una lectura fina de la montaña.
A las 13.50, la aeronave despegó rumbo a Cólera. El contacto fue rápido. El descenso, no tanto. El andinista y un rescatista fueron trasladados hasta Nido de Cóndores, a 5.500 metros. Ahí, el diagnóstico confirmó lo esperado: mal agudo de montaña. Atención inicial, oxígeno, estabilización.
Después, el resto del camino. El helicóptero volvió a acondicionarse. El brasileño fue llevado hasta Horcones. El rescatista regresó a Plaza de Mulas. La montaña quedó atrás, inmóvil, como si nada hubiera pasado.
Ese mismo día, en otro punto del cerro, alguien más dudaba entre seguir o bajar. Y, en temporadas como esta, ese instante —el momento exacto en que el cuerpo se detiene y la cabeza se resiste— es el que activa toda la maquinaria que sostiene al Aconcagua: los rescates, los descensos forzados, las historias que no figuran en los partes.
Porque arriba, a seis mil metros, no siempre se trata de llegar.
A veces, se trata de aceptar que hay que volver.
116 rescates
La radio suena distinta arriba. No hay urgencia en el tono, pero sí una precisión absoluta. Cada palabra pesa, como el cuerpo a esa altura. Más de seis mil metros sobre el nivel del mar, cualquier movimiento cuesta el doble y cada decisión es definitiva.
El Aconcagua está en temporada alta. Desde noviembre, miles de personas avanzan por sus laderas con la misma idea: llegar un poco más arriba. Algunas lo logran. Otras se detienen antes. Y un grupo reducido —el que casi no aparece en las fotos— se mueve en sentido contrario, bajando a quienes ya no pueden seguir.
Hasta ahora, esa tarea se repitió 116 veces.
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Historias de altura: Rescataron a un brasilero en el Aconcagua y ya son más de 100.
El llamado
La mayoría de los rescates no empieza con un accidente espectacular. Empieza con un cansancio que no se va, con un dolor de cabeza persistente, con una caminata que de pronto se vuelve imposible. La falta de oxígeno no avisa: simplemente apaga.
Cuando el aviso llega, la montaña ya marcó el ritmo. Los helicópteros esperan una ventana mínima de clima. Los rescatistas ajustan tiempos y cargas. Los médicos se preparan en los campamentos. Nadie corre: acá, correr es un error.
Esta temporada, el engranaje se activó una y otra vez. 20 rescatistas, 53 guardaparques, 9 médicos, 8 helicópteros. Más de 2.155 días-hombre acumulados en una geografía que no perdona distracciones.
Bajar también es extremo
Descender a una persona convaleciente desde los campamentos de altura es, muchas veces, más peligroso que subir. El cuerpo ya no responde, el terreno exige atención constante y las distancias son largas. Por eso, en cada operación, otros andinistas y guías se suman como apoyo. No por heroísmo, sino por necesidad.
En las rutas habilitadas, la Patrulla de Rescate cubre desde Plaza de Mulas hasta la cumbre. En otras, como la Pared Sur o el Glaciar de los Polacos, no hay red. Solo una escucha permanente por radio, las 24 horas, y la conciencia de que ahí arriba la ayuda puede no llegar.
Las muertes
La temporada también dejó dos silencios definitivos.
El 4 de enero, un montañista ruso de 55 años se desvaneció en el sector conocido como El Hombro, a más de 6.800 metros. El 19 de enero, un andinista francés de 33 años murió en la zona de La Cueva, a unos 6.700 metros, cuando ya estaba cerca de cumplir el objetivo.
En ambos casos, hubo intentos de reanimación. En ambos casos, no alcanzó. La altura, la deshidratación y la fatiga extrema cerraron cualquier posibilidad. En el Aconcagua, llegar tarde es no llegar.
El costo invisible
Cada rescate aéreo implica recursos caros y limitados. En los últimos meses, Mendoza avanzó en la recuperación de esos costos cuando se trata de extranjeros, a través del Reforsal, que gestiona el cobro a los seguros internacionales.
Un rescate reciente, el de un ciudadano suizo, demandó un traslado en helicóptero facturado en 4.500 dólares. El dinero vuelve al sistema de emergencias. No alcanza para cubrir el desgaste, pero permite que la estructura siga funcionando.
Saber cuándo frenar
Los rescatistas lo repiten sin dramatismo: no todo debería terminar en un operativo. La montaña exige una lectura honesta del propio cuerpo. Seguir más allá del límite no es una hazaña; es una carga que otros deberán asumir.
Arriba, la radio sigue abierta. 142.8 MHz FM. A veces, ese llamado llega a tiempo. Otras, solo confirma lo que la altura ya decidió.
Mientras tanto, el Aconcagua sigue ahí. Inmóvil. Y cada día, alguien empieza a subir, sin saber si también le tocará bajar acompañado.
Batman, Robin y la cumbre que no era
Fernando Colobini lo recuerda sin épica y sin solemnidad, como se recuerdan las cosas que podrían haber terminado mal. Habla de un español, casi en la cumbre del Aconcagua, cuando el cuerpo ya había dicho basta pero la cabeza seguía empujando.
No quería bajar.
No podía bajar.
Y, sobre todo, no estaba ahí.
Colobini dice que el tipo estaba fuera de sí. En otro espacio, en otro tiempo. La altura hace eso: desarma el presente, rompe la noción de peligro, convierte un objetivo en obsesión. El hombre estaba violento, enceguecido con subir, como si la cumbre fuera una deuda personal que había que saldar a cualquier costo.
Entonces apareció el recurso menos pensado. El último. El que no figura en los manuales.
Colobini y Mariano Galván —guía, rescatista, amigo, hoy ya fallecido— se miraron y entendieron que no alcanzaban las razones. Que ahí no servía explicar, ni ordenar, ni discutir. Había que entrar en el mundo del otro.
Le dijeron que venían a ayudarlo.
Que eran superhéroes.
Que uno era Batman y el otro Robin.
Le hablaron de una misión especial. No de bajar, no de rendirse. De cumplir algo importante. Algo que todavía no había terminado.
El español lo creyó. O quiso creerlo. En la altura, a veces, creer es la única forma de seguir vivo.
Y bajó.
Después, ya abajo, todo volvió a su lugar: el cansancio, la risa, la incredulidad. Se hicieron amigos. Como si nada extraño hubiera pasado, como si no hubiera sido necesario disfrazarse de superhéroes para salvar una vida.
Colobini lo dice sin énfasis, casi con pudor: en la montaña se usa todo lo que esté al alcance. Incluso una historia improbable, incluso Batman y Robin, si eso alcanza para que alguien vuelva.
Porque en el Aconcagua, a veces, la misión no es llegar a la cumbre.