1 de diciembre de 2013 - 02:43

Aristocracia de la vanidad

Si hay un sector social que se mostró fascinado con las políticas K fue el de los intelectuales, a los cuales tanto Néstor como Cristina dedicaron muchos esfuerzos de seducción. Defender las políticas con las que uno se siente más identificado es legítimo

Lo malo no es que los intelectuales participen en política porque todo ciudadano tiene el derecho (y moralmente hasta la obligación) de intervenir en el debate público.

Sin embargo, no hay nada peor que los intelectuales oficialistas que pone sus ideas al servicio de los gobiernos, con la secreta ilusión de que -por su superior inteligencia- ellos terminarán conduciendo implícitamente a la sociedad desde sus teorías (educando al príncipe, o a la princesa), cuando esos intentos suelen terminar al revés, con los políticos usando el prestigio que los intelectuales se ganaron en tanto tales, para que los ayuden a justificar lo injustificable.
Por lo que quizá, estos intentos siempre fracasados de los intelectuales por influir en el poder político sean más una cuestión de vanidad que de ideología. Es que la ideología se puede cambiar, pero la vanidad no.

El intelectual consejero del príncipe. Cuentan sus biógrafos que después de la guerra civil española, el gran escritor José Ortega y Gasset regresó a España y se reunió con el "generalísimo" dictador Francisco Franco al cual le insinuó una propuesta: que Franco se dedicara a conducir el "cuerpo" de España, mientras que él, en tanto intelectual, se dedicaría a conducir el "alma" de España.
 
Una división del trabajo político de la cual Franco, apenas se retiró Ortega, rió con desprecio. Él sólo quería usar al intelectual como propaganda para lavar los desastres cometidos en la guerra, no para compartir el poder. Y como era de prever, la vanidad de Ortega se quedó esperando la llamada que jamás llegó.

El intelectual corporativo. Pierre Bourdieu, sociólogo francés productor de una obra impresionante, cuyo reconocimiento mundial lo ganó por ella y no por su adhesión política a nadie, intentó unificar a los intelectuales para que influyeran en las cuestiones públicas, definiéndolos casi como si fueran una clase social más.

La propuesta de Bourdieu es la de diferenciar al intelectual "autónomo" del intelectual "heterónomo", o sea del periodista, quiénes -según Bourdieu- es el caballo de Troya que se infiltra entre los intelectuales auténticos para destruir su autonomía y ponerlo al servicio de las fuerzas del mercado.

Que los universitarios quieran encontrar una identidad propia está bien, pero la forma en que Bourdieu propone diferenciarse es harto discutible. Él dice que su propuesta de organizar colectivamente a los intelectuales "estará expuesta a la sospecha de corporativismo. Pero le corresponderá demostrar mediante los fines al servicio de los cuales pondrá sus medios, duramente conquistados, de su autonomía, que se trata de un corporativismo de lo universal".

Traducido, lo que Bourdieu quiere decir es que si el intelectual se constituye en clase o sector social eso es corporativismo, pero la gran diferencia con todos los demás corporativismos es que éstos defienden intereses particulares, mientras que el corporativismo de los intelectuales está al servicio de intereses universales. Autoadjudicarse tamaña pretensión es, cuanto menos, un enorme exceso de vanidad, porque lo mismo podría decir el político o el sacerdote o el maestro o el obrero, entre tantos otros.

El intelectual que mira desde arriba, menos a Cristina. Una mezcla de soberbia pero a la vez de notable obsecuencia política la ofrece otro gran intelectual, esta vez argentino: Noe Jitrik, quizá nuestro mayor crítico literario. Sin embargo, pocos días atrás, la enorme distancia entre su genio intelectual y su ingenuidad política, lo llevó a escribir en el diario Página 12 un artículo donde expuso una teoría tan o más delirante que la del corporativismo de lo universal de Bourdieu.
 
La nota se llamó "Igualodontes" y a ella queremos referirnos sintéticamente.
Jitrik tiene posición política tomada en defensa de Cristina Fernández y en contra de los opositores y la prensa que la critican. Una posición tan legítima como cualquier otra, pero el modo en que la defiende es un aristocrático mirar desde arriba, inusual en un intelectual que se dice de izquierda.

Los igualodontes son esos pedantes que, por ejemplo, se paran frente a Albert Einstein o cualquier genio similar y se ponen a hablar de ellos mismos para compararse con esos talentos. La igualación que ejercitan los mediocres. Tiene razón Jitrik, ejemplares así se los ve por todas partes y el nombre de igualodontes es tan adecuado como original.

Sin embargo, cuando Jitrik adapta este término a la realidad política argentina, califica como igualodontes, entre otros, a Nelson Castro porque "sin ninguna experiencia de gobierno le indica lo que debe ser un buen gobierno a la señora presidenta".  O a  Mauricio Macri, por ser "amante de comparar las virtudes de su ignorancia con los defectos de quienes han leído algunos libros más que él". Por razones similares incluye en esa categoría también a Lanata, Carrió, Clarín y La Nación.

Jitrik finaliza diciendo que todos estos igualodontes tienen algo en común: "Necesitan convulsivamente igualarse con quienes saben que de alguna manera y en algún sentido están en un nivel superior". O sea, no les discute sus ideas, ni siquiera sus intereses, les discute que tengan el tupé de pretender igualarse con un "ser superior"... como Cristina.

Que un intelectual de fuste desprecie con su indiferencia a un igualodonte que pretende compararse con él, podría considerarse algún tipo de aristocracia del espíritu frente a la chusma, pero decir que los que critican a Cristina Fernández no pueden igualarse con ella porque Ella está "en un nivel superior", es pura aristocracia de la vanidad, puesto que la persona política que yo admiro es superior porque yo la admiro mientras que sus críticos son todos igualodontes.
 
Quizá sin quererlo, creyendo que entiende de política más de lo que entiende, sólo por ser versado en letras, este brillante intelectual autónomo deviene con este artículo un intelectual orgánico al servicio del poder.

El intelectual hipnotizado por los Kirchner. Que el matrimonio Kirchner los haya escuchado y dado alguna participación en el poder, bastó para que muchísimos intelectuales dejaran de lado todas sus pretensiones de autonomía y se pusieran a disposición del poder de un modo acrítico e incondicional.
 
Olvidando que se puede ser defensor de una política dada sin caer en estas desmesuras que tienen mucho más que ver con la vanidad que con la ideología, algo de lo que ningún humano está exento y menos los intelectuales que se creen portadores de alguna verdad universal por tener más lecturas que el resto de la humanidad.

El intelectual chupamedias. José Pablo Feinmann empezó simpatizando con el gobierno de Néstor Kirchner pero atacando duramente sus alianzas non sanctas con políticos indefendibles del PJ y hablando incluso de corrupción. Pero cuando lo convencieron de que con sus críticas le estaba haciendo el "juego a la derecha", terminó diciendo por radio que las mujeres que atacaban a Cristina eran una manga de viejas gordas, feas y envidiosas.

Ernesto Laclau "bajó" desde Inglaterra a la Argentina para poner en práctica las teorías escritas en sus libros. Como una especie de Dr. Frankenstein, supone estar creando al monstruo ideal para aplicar sus fórmulas de laboratorio. El marxismo dice que la  historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases, o sea que el conflicto es consustancial a los hombres.

Pero con un marxismo trucho Laclau dice: "Creo que la división es necesaria". O sea, más que afirmar la existencia del conflicto lo que quiere es crearlo, que exista algún conflicto aunque sea artificial. Es una vulgarización extrema pero útil para venderse com el gurú intelectual del gobierno K. Él les proporciona la receta ideológica con la cual los Kirchner se la pasaron inventando enemigos en los cuales depositar sus propios errores.

Ricardo Forster, después de chuparle las medias de modo vergonzoso a Cristina ("ejerce como pocos el liderazgo. Decisión política y coraje, su marca") le da una explicación ideológica al perrito Simón y al pingüino de Peluche con que Cristina se mostró televisivamente luego de su convalecencia: "Entre el pingüino y Simón, claro y contundente modo de sostenerse en una herencia política". Pocas veces la dignidad de un intelectual debe haber caído tan bajo para justificar su adhesión a un amo -o ama- político, hallando poderes mágicos en un perro o un muñeco.

En síntesis, tanto vulgar oficialismo se hace en nombre de una supuesta superioridad espiritual, que en el fondo no es más que una expresión rebuscada de ese pecado que según el film “El abogado del diablo” es el único al que ningún hombre puede escapar: la vanidad. En este caso, la aristocracia de la vanidad.

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