La crisis global que desató el coronavirus perjudica a la Argentina. El valor de las empresas se hace trizas, caerán las exportaciones y sus precios, se retraerá la inversión y no habrá medidas de estímulo al mercado interno que alcancen para compensar. Todo esto se traducirá en más recesión económica.
Daños habrá. La profundidad dependerá de la prolongación de la pandemia. Pero hay un punto específico que genera debates: La nueva crisis ¿beneficia o perjudica en la negociación de la deuda externa? Ninguna crisis global ayuda a un país frágil y de defaults recurrentes que vive entre colapsos y cuya generación de riqueza está presa de una estanflación hace una década.
Hasta acá, el plan de Alberto Fernández era de muy corto plazo. Consistía en desaceleración inflacionaria y (lenta) reactivación de la demanda con aumento de exportaciones. La crisis de deuda a resolver era la bisagra. Pero el coronavirus cayó como un piano del cielo. El Gobierno definitivamente no lo esperaba y ahora intenta recalcular con cierto desconcierto.
Cuando Martín Guzmán, ministro de Economía, negocie la deuda, ofrecerá nuevos bonos a cambio de aquellos papeles que ya están en manos de los acreedores. El objetivo oficial es estirar plazos y bajar la tasa de interés. Como esta crisis está derrumbando los precios de los papeles, pensar en una quita podría resultar contraproducente para la ingeniería negociadora. ¿Quién va a aceptarla después de haber perdido ya por paliza? Sólo la certeza de una mayor pérdida podría tornar eso posible.
Si la crisis global no se detiene rápido, cada vez más acreedores buscarán desprenderse de los papeles argentinos para poder rescatar algo de lo que invirtieron y refugiarse en lugares más seguros. Y ésa es la sangre que tienta a los fondos buitres. Su negocio es comprar basura para luego litigar en Nueva York o Londres y pedir cobrar según las condiciones originales. Ya pasó y la Argentina perdió. Si ellos entran, todo termina ahí.
El riesgo país es un reflejo de esta olla a presión que silba fuerte. Esto indica que cada vez hay mayor desconfianza respecto de que la Argentina pueda cumplir. En este escenario, los inversores dejan de mirar el precio de los bonos y pasan a ver la paridad. Es decir, evalúan al instrumento por lo que podría valer el nuevo papel a ser entregado en canje o lo que ese bono les permitirá recuperar luego de la reestructuración.
Y las paridades de los bonos argentinos vienen para atrás. Como referencia: hace cinco días, Líbano anunció su primer default. Sus papeles tienen una paridad del 25%. Y los de Argentina están en 35%, por ahora. La línea de corte para que los inversores quieran desprenderse es del 30%. Si perforan ese piso, se los considera irrecuperables. Y ahí entran los buitres.
El Gobierno no parece estar subestimando la situación. Lo que no tiene es margen de maniobra. El escenario no podría ser peor. O sí: un nuevo y masivo default.