Así, el único modo en que finaliza cada tiempo histórico es mediante la violencia o el cansancio. Lo que lleva al tercer intento: el del borrón y cuenta nueva, la refundación del país para con el olvido tratar de exorcizar los males pasados, algo también imposible, por lo que esos males, en vez de morir, persisten ocultos en el subsuelo del país hasta que alguien los convoca nuevamente y renacen como muertos vivos.
Debemos empezar, para entender el tiempo que vivimos, por los viejos años convocados por la élite dirigente para inspirarse culturalmente en ellos: los ‘70 del siglo XX, que, en las décadas de los ‘80 y ‘90 quisimos olvidar a ver si así desaparecían. No obstante, bastó un par de aprendices de brujos para que regresaran con fuerza singular.
A una Argentina color rojo y negro; roja por la sangre, negra por el duelo. Primero, dentro del peronismo, como si ese movimiento hubiera sido penetrado por todos los bandos que desde 1810 guerrearon entre sí. Así, se exterminaron unos a otros bajo el grito, ambos, de “¡Viva Perón!”.
Luego, otra dictadura -la final- en la que los militares (y los civiles que los acompañaron) decidieron acabar a los tiros con toda la Argentina anterior. Y lo único que lograron fue exterminar físicamente a parte de sus “enemigos” a cambio de suicidarse históricamente ellos.
Luego de la década más violenta de la historia nacional, ingresamos a la “primavera democrática” de los ‘80, pero más por cansancio que por convicción. Aun así, el negro y el rojo empezaron a ser reemplazados por colores más matizados, bajo el interesante intento de sintetizar peronismo y radicalismo con socialdemocracia. Intento también fallido, derribado por el mismo pacto cuya denuncia le valió a Raúl Alfonsín su triunfo de 1983: el pacto “militar-sindical”, que con huelgas y motines se vengó de Alfonsín, derrotando el fugaz y noble intento socialdemócrata del nuevo radicalismo y de la renovación peronista.
Vendría, entonces, un caudillo populista que promocionándose como representante del pacto militar-sindical, apenas asumió hizo una voltereta de 180 grados y aniquiló tanto a sindicalistas como a militares a través de una nueva síntesis, quizá la más ambiciosa de nuestra historia: la de conciliar liberalismo con peronismo, las dos grandes hegemonías culturales de la nación.
Sin embargo, tal síntesis terminó estrepitosamente, entre otras cosas porque el nuevo peronismo liberal no se basó para hacerla en las figuras de Roca y Perón, sino en las de Isaac Rojas y Carlos Menem, por lo cual fusionó lo peor del liberalismo y lo peor del peronismo. Finalizando en un alvearismo de pacotilla con Fernando de la Rúa aliado a un progresismo cavallista con el Chacho Álvarez.
Entramos así al nuevo siglo, cuya primera década política se inició a fines de 2001 y prosigue aún hoy. En ella intentamos otra síntesis: la del peronismo en democracia con el setentista de la izquierda nacionalista, que ahora se denomina progresismo nac & pop. No obstante, a diferencia de las anteriores, esta síntesis no condujo a ningún encuentro, ni mejor ni peor, porque en su ideología estaba lo faccional como su principal política.
Así como en los ‘70 convocamos a todas nuestras violencias anteriores, con los Kirchner convocamos a todos nuestros desencuentros de dos siglos y al deseo de querer imponer unos sobre otros con los maniqueos colores del blanco y negro, que no admiten matiz alguno. Lo original de esta época no fueron los desencuentros, sino considerarlos -desde el gobierno- como positivos. Privilegiar conscientemente la facción por sobre la unión.
Se trata de una política conducida -por primera vez en la historia- en nombre del progresismo de izquierdas, pero cuyos representantes demostraron no ser mejores que ninguno de sus antecesores, al renunciar a su espíritu crítico, con el cual en los ‘90 le dieron nuevos colores a la democracia. Ahora, en nombre de la razón de Estado, dicho progresismo calló todo lo que antes denunciaba, en particular la corrupción que va transformando la democracia en una oligarquía de nuevo cuño.
Así, de los incipientes pero crecientemente vivos colores de una democracia en ciernes, llegamos a una Argentina en blanco y negro con un maniqueísmo teatralizado, innecesario, que no expresa ninguna condición material ni espiritual de los argentinos del presente. Un mero invento para acumular poder bajo una coartada ideológica. Aunque, felizmente, muy diferente -a pesar de sus gestores- de los viejos maniqueísmos, porque aquéllos implicaron a toda la sociedad argentina, mientras que ahora involucran sólo a las elites. Aquéllos fueron violentos físicamente; éste es, por ahora, sólo violento en lo discursivo.
El gran drama del sistema político iniciado en 1983 es que la sociedad se fue democratizando pero su élite se fue oligarquizando, y de allí el desencuentro actual entre pueblo y política. Al no sentirse representada por nadie, la gente común se fue despolitizando, o repolitizando en contra de la política y los políticos en general.
Mientras que por arriba la politización ha renacido como en los ‘70, pero esta vez “de mentiritas” porque los que antes estaban dispuestos a matar y morir, ahora sólo quieren enriquecerse o mantener el poder a como dé lugar, inventando para eso enemigos hoy inexistentes en tanto expresiones sociales.
Mientras, por abajo, la ciudadanía permanece unida aunque oscilante por falta de conducción (en 2009 y 2013 votaron masivamente contra el gobierno y en 2011 lo plebiscitaron también en forma masiva), por arriba todo es maniqueo, sin opciones para ningún término medio. Tanto que los que dicen no estar ni con unos ni con otros, lo único que quieren es lucrar con las facciones, sacándole un poquito a cada una.
Se trata de oportunistas, no de “mandelistas”, ya que hoy no existe en el país ningún justo medio puesto que desde el gobierno no han dejado más opción que el enfrentamiento. Por ende, sólo desde el gobierno se podrá construir puntos de encuentro. Hoy no son los prescindentes quienes podrán plantear otro país, sino los moderados de cada bando que, en lucha contra los fundamentalistas de su sector, traten de eliminar todas las facciones, a ver si esta vez es posible lograrlo y tener un solo país, plural pero unido.
Ocurre que el actual oficialismo ha acumulado tanto rencor innecesario que él no se irá ni cuando termine este gobierno o su modelo. Es que el kirchnerismo abrió venas que parecían cerradas, que hoy -por arriba- hicieron renacer los bandos históricamente enfrentados.
El éxito del kirchnerismo se debe a que fue capaz de sacar del subsuelo viejos odios, aunque hayan culminado todas las razones reales que los mantenían vivos. Así, en vez de estimular las virtudes argentinas, este “modelo” nos tentó con nuestros grandes defectos.
En síntesis, aún siguen existiendo en el país dos grandes concepciones maniqueas que siempre vivieron en guerra real o simbólica, ya que jamás una se pudo imponer sobre la otra ni sintetizarse ambas. Frente a esas dos imposibilidades, la democracia -al menos- las estaba obligando a convivir.
Hasta que llegó el kirchnerismo y buscó dividir nuevamente al país a ver si esta vez una facción se podía imponer sobre la otra, intentando volver a un pasado que ya no puede volver y que además fue de todo menos idílico, por más que hoy se lo quiera idealizar en nombre de intereses del presente.
Sin embargo, si los Kirchner fueron capaces de abrir la herida es porque no estaba cerrada del todo, por lo que si queremos acabar con nuestros eternos males, ya no deberemos intentar ocultarlos sino enfrentarlos, asumirlos, hasta que desaparezcan.
Algo que será muy difícil, gobierne quien gobernare, pero no nos queda otro camino si queremos terminar, de una buena vez por todas, con la Argentina maniquea en blanco y negro.